JEAN-PAUL SARTRE
LA NUSEA

HOJA SIN FECHA
Lo mejor sera escribir los acontecimientos
cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos.
No dejar escapar los matices, los hechos menudos,
aunque parezcan frusleras, y sobre todo clasificarlos.
Es preciso decir cmo veo esta mesa, la calle, la gente,
mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha
cambiado. Es preciso determinar exactamente el
alcance y la naturaleza de este cambio.
Por ejemplo, sta es una caja de cartn que
contiene la botella de tinta. Habra que tratar de decir
cmo la vea antes y cmo la ahora. Bueno! Es un
paraleleppedo rectngulo; se recorta sobre... es
estpido, no hay nada que decir. Pienso qu ste es el
peligro de llevar un diario: se exagera todo, uno est al
acecho, forzando continuamente la verdad. Por otra
parte, es cierto que de un momento a otro y
precisamente a propsito de esta caja o de otro objeto
cualquiera, puedo recuperar la impresin de ante
ayer. Debo estar siempre preparado, o se me escurrir
una vez ms entre los dedos. No nada, sino anotar
con cuidado y prolijo detalle todo lo que se produce.

Naturalmente, ya no puedo escribir nada claro
sobre las cuestiones del mircoles y de anteayer; estoy
demasiado lejos; lo nico que puedo decir es que en
ninguno de los dos casos hubo nada de lo que de
ordinario se llama un acontecimiento. El sbado los
chicos jugaban a las tagitas y yo quise tirar, como
ellos, un guijarro al agua. En ese momento me detuve,
dej caer el guijarro y me fui. Deb de parecer chiflado,
probablemente, pues los chicos se rieron a mis
espaldas.
Esto en cuanto a lo exterior. Lo que sucedi en
m no ha dejado huellas. Haba algo que vi y que me
disgust, pero ya no s si miraba el mar o la piedrecita.
La piedra era chata, seca de un lado, hmeda y
fangosa del otro. Yo la tena por los bordes, con los
dedos muy separados para no ensuciarme.
Anteayer fue mucho ms complicado. Y hubo
adems esa serie de coincidencias y de quid pro quo
que no me explico. Pero no me entretendr poniendo
todo esto por escrito. En fin; lo cierto es que tuve miedo
o algo por el estilo. Si por lo menos supiera de qu
tuve miedo, ya sera un gran paso.
Lo curioso es que no estoy nada dispuesto a
creerme loco; hasta veo con evidencia que no lo estoy:
todos los cambios conciernen a los objetos. Por lo
menos quisiera estar seguro de esto.
Las diez y media
Acaso despus de todo, fue una ligera crisis de
locura. Ya no quedan rastros. Hoy los extraos
sentimientos de la otra semana me parecen muy

ridculos: ya no me convencen. Esta noche estoy muy
a mis anchas, burguesamente, en el mundo. ste es
mi cuarto, orientado hacia el noreste. Abajo la calle
des Mutils y el depsito de la nueva estacin. Desde
mi ventana veo, en la esquina del bulevar Victor-Noir,
la luz roja y blanca del Rendez-vous des Cheminots.
Acaba de llegar el tren de Pars. La gente sale de la
antigua estacin y se desparrama por las calles. Oigo
pasos y voces. Muchas personas esperan el ltimo
tranva. Han de formar un grupito triste alrededor del
pico de gas, justo debajo de mi ventana. Bueno, todava
tienen que esperar unos minutos: el tranva no pasar
antes de las diez y cuarenta y cinco. Con tal de que
esta noche no lleguen viajantes de comercio; tengo
tantas ganas de dormir y tanto sueo atrasado. Una
buena noche, una sola, barrer con todas estas
historias.
Las once menos cuarto; no hay nada que temer,
ya estaran aqu. A menos que sea el da del seor de
Rouen. Viene todas las semanas; le reservan el cuarto
N 2 del primero, el que tiene bid. Todava puede llegar;
muchas veces toma un bock en el Rendez-vous des
Cheminots antes de acostarse. Por otra parte, no hace
demasiado ruido. Es muy bajito, y muy limpio, con
bigote negro, encerado, y peluca. Aqu est.
Bueno; era tan tranquilizador orlo subir la
escalera, que el corazn me dio un saltito: qu puede
temerse de un mundo tan regular? Creo que estoy
curado.
Y ah viene el tranva 7 Mataderos-Grandes

Diques. Llega con gran ruido de hierro viejo. Arranca.
Ahora se hunde, cargado de valijas y nios dormidos,
en direccin a los grandes diques, a las fbricas, al
este negro. Es el penltimo tranva; el ltimo pasar
dentro de una hora.
Voy a acostarme. Estoy curado, renuncio a
escribir mis impresiones da por da, como las nias,
en un lindo cuaderno nuevo.
En un solo caso podra ser interesante llevar un
diario: si

DIARIO
Lunes 29 de enero de 1932.
Algo me ha sucedido, no puedo seguir dudndolo.
Vino como una enfermedad, no como una certeza
ordinaria, o una evidencia. Se instal solapadamente
poco a poco; yo me sent algo raro, algo molesto, nada
ms. Una vez en su sitio, aquello no se movi,
permaneci tranquilo, y pude persuadirme de que no
tena nada, de que era una falsa alarma. Y ahora crece.
No creo que el oficio de historiador predisponga
al anlisis psicolgico. En nuestro trabajo slo tenemos
que habrnoslas con sentimientos a los cuales se
aplican nombres genricos, como Ambicin, Inters.
Sin embargo, si tuviera una sombra de conocimiento
de m mismo, ahora debera utilizarlo.
Por ejemplo, en mis manos hay algo nuevo, cierta
manera de tomar la pipa o el tenedor. O es el tenedor
el que ahora tiene cierta manera de hacerse tomar; no
s. Hace un instante, cuando iba a entrar en mi cuarto,
me detuve en seco al sentir en la mano un objeto fro
que retena mi atencin con una especie de
personalidad. Abr la mano, mir: era simplemente el
picaporte. Esta maana en la biblioteca, cuando el

Autodidacto vino a darme los buenos das, tard diez
segundos en reconocerlo. Vea un rostro desconocido,
apenas un rostro. Y adems su mano era como un
grueso gusano blanco en la ma. La solt en seguida y
el brazo cay blandamente.
Tambin en la calle hay una cantidad de ruidos
turbios que se arrastran.
Por lo tanto se ha producido un cambio durante
estas ltimas semanas. Pero dnde? Es un cambio
abstracto que no se apoya en nada. Soy yo quien ha
cambiado? Si no soy yo, entonces es este cuarto, esta
ciudad, esta naturaleza; hay que elegir.
Creo que soy yo quien ha cambiado; es la
solucin ms simple. Tambin la ms desagradable.
Pero debo reconocer que estoy sujeto a estas sbitas
transformaciones. Lo que pasa es que rara vez pienso;
entonces sin darme cuenta, se acumula en m una
multitud de pequeas metamorfosis, y un buen da se
produce una verdadera revolucin. Es lo que ha dado
a mi vida este aspecto desconcertante, incoherente.
Cuando sal de Francia, por ejemplo, muchos dijeron
que haba partido por capricho. Y cuando regres
bruscamente despus de seis aos de viaje, todava
se hubiera podido hablar muy bien de capricho. An
me veo en la oficina de aquel funcionario francs que
renunci el ao pasado a consecuencia del asunto
Ptrou. Marcel se diriga a Bengala con una misin
arqueolgica. Yo siempre haba deseado ir a Bengala
y Marcel me apremiaba para que me uniera a l. Ahora
me pregunto por qu. Pienso que no estaba seguro

del Portal y contaba conmigo para no perderlo de vista.
Yo no tena ningn motivo para negarme. Y aunque en
aquella poca hubiese presentido la pequea tramoya
contra Portal, era una razn ms para aceptar con
entusiasmo. Bueno, pues estaba paralizado y no poda
decir una palabra. Miraba fijo una pequea estatuita
kmer, sobre una carpeta verde, al lado de un aparato
telefnico. Me senta lleno de linfa o leche tibia. Mercier
me deca, con cierta irritacin velada por una paciencia
anglica:
Claro, yo necesito estar seguro oficialmente.
S que acabar usted por decir que s; sera preferible
aceptar en seguida.
Marcel tiene una barba de un negro rojizo, muy
perfumada. A cada movimiento de su cabeza, yo
respiraba una bocanada de perfume. Y de pronto me
despert de un sueo de seis aos.
La estatua me pareci desagradable y estpida,
y sent que me aburra profundamente. No lograba
comprender por qu estaba yo en Indochina. Qu
haca all? Por qu hablaba con esa gente? Por qu
iba vestido de una manera tan rara? Mi pasin estaba
muerta. Me haba arrebatado y arrastrado: en la
actualidad me senta vaco. Pero esto no era lo peor;
delante de m, plantada con una especie de indolencia,
haba una idea voluminosa e inspida. No s muy bien
qu era, pero no poda mirarla, tanto me repugnaba.
Todo esto se confunda para m con el perfume de la
barba de Mercier.
Me sacud, exasperado y colrico contra l;

respond secamente:
Se lo agradezco, pero creo que be viajado
bastante; ahora tengo que volver a Francia.
A los dos das tomaba el barco para Marsella.
Si no me equivoco, si todos los signos que se
acumulan son precursores de una nueva conmocin
en mi vida, bueno, tengo miedo. No es que mi vida sea
rica, ni densa, ni preciosa.
Pero tengo miedo de lo que va a nacer, de lo que
va a apoderarse de m, y arrastrarme a dnde? Ser
necesario una vez ms que me vaya, que deje todo lo
proyectado, mis investigaciones, mi libro? Me
despertar dentro de algunos meses, dentro de algunos
aos, roto, decepcionado, en medio de nuevas ruinas?
Quisiera ver claro en m antes de que sea demasiado
tarde.
Martes 30 de enero.
Nada nuevo.
He trabajado de nueve a una en la biblioteca. Dej
listo el captulo XII y todo lo concerniente a la estada
de Rollebon en Rusia, hasta la muerte de Pablo I. Es
trabajo terminado; queda as hasta pasarlo en limpio.
Es la una y media. Estoy en el caf Mably, como
un sandwich, todo es casi normal. Adems, en los cafs
todo es siempre normal, y especialmente en el caf
Mably, gracias al encargado, M. Fasquelle, que ostenta
en su cara un aire canallesco muy positivo y
tranquilizador. Pronto ser la hora de la siesta y tiene
los ojos rosados, pero su porte sigue siendo vivo y
decidido. Se pasea entre las mesas y se acerca

confidencialmente a los parroquianos:
Est bien as, seor?
Sonro al verlo tan vivaz; a las horas en que su
establecimiento se vaca, tambin su cabeza se vaca.
De dos a cuatro el caf queda desierto; entonces M.
Fasquelle da unos pasos con aire estpido, los mozos
apagan las luces y l se desliza en la inconsciencia;
cuando este hombre est solo, se duerme.
Todava hay unos veinte clientes, clibes,
modestos ingenieros, empleados. Almuerzan
rpidamente en pensiones de familia que ellos llaman
ranchos, y como necesitan un poco de lujo, vienen
aqu, despus de la comida, toman un caf y juegan al
poker de ases; hacen un poco de ruido, un ruido
inconsistente que no me molesta. Tambin ellos
necesitan ser muchos para existir.
Yo vivo solo, completamente solo. Nunca hablo
con nadie; no recibo nada, no doy nada. El Autodidacto
no cuenta. Est Franoise, la patrona del Rendez-vous
des Cheminots. Pero acaso le hablo? A veces,
despus de la cena, cuando me sirve un bock, le
pregunto:
Tiene usted tiempo esta noche?
Nunca dice que no, y la sigo a una de las grandes
habitaciones del primer piso, que alquila por hora o
por da. No le pago; hacemos el amor de igual a igual.
A ella le gusta (necesita un hombre diariamente, y tiene
muchos otros, adems de m), y yo me purgo as de
ciertas melancolas cuya causa conozco demasiado
bien. Pero cambiamos apenas unas palabras. A santo

de qu? Cada uno para s; por lo dems, a sus ojos
contino siendo ante todo un cliente del caf. Me dice,
quitndose el vestido:
Dgame, conoce usted el aperitivo Bricot?
Porque dos clientes lo han pedido esta semana. La
chica no saba, vino a avisarme. Eran viajeros; lo habrn
bebido en Pars. Pero no me gusta comprar sin saber.
Si no le molesta, me dejar las medias.
En otra poca aun mucho despus de que me
dej pensaba en Anny. Ahora ya no pienso en nadie;
ni siquiera me cuido de buscar palabras. La cosa se
desliza en m ms o menos rpido; no fijo nada, la dejo
correr. La mayor parte del tiempo, al no unirse a
palabras, mis pensamientos quedan en nieblas. Dibujan
formas vagas y agradables, se disipan; enseguida los
olvido.
Esos jvenes me maravillan; mientras beben el
caf cuentan historias claras y verosmiles. Si se les
pregunta qu han hecho ayer, no se turban: os enteran
en dos palabras. En su lugar, yo farfullara. Es cierto
que desde hace mucho nadie se ocupa de cmo empleo
el tiempo. El que vive solo ni siquiera sabe qu es
contar; lo verosmil desaparece al mismo tiempo que
los amigos. Tambin deja correr los acontecimientos;
ve surgir bruscamente gentes que hablan y se van; se
sumerge en historias sin pies ni cabeza; sera un
execrable testigo. Pero, en compensacin, no pasa
por alto todo lo inverosmil, todo lo que nadie creera
en los cafs. Por ejemplo, el sbado, a eso de las
cuatro de la tarde, en el caminito de tablas del depsito

de la estacin, una mujercita de celeste corra hacia
atrs, riendo, agitando un pauelo. Al mismo tiempo,
un negro con impermeable crema, zapatos amarillos y
sombrero verde, doblaba la esquina y silbaba. La mujer
tropez con l, siempre retrocediendo, bajo una linterna
suspendida en la empalizada, que se enciende a la
noche. Haba, pues, all, al mismo tiempo, el cerco
que huele a madera mojada, la linterna, la mujercita
rubia en los brazos del negro, bajo un cielo de fuego.
De haber sido cuatro o cinco, supongo que hubiramos
notado el choque, todos aquellos colores tiernos, el
hermoso abrigo azul que pareca un edredn, el
impermeable claro, los vidrios rojos de la linterna; nos
hubiramos redo de la estupefaccin que manifestaban
esos dos rostros de nios.
Es raro que un hombre solo tenga ganas de rer;
el conjunto se anim para m de un sentido muy fuerte
y hasta hosco, pero puro. Despus se disloc; slo
qued la linterna, la empalizada, el cielo; todava era
bastante bello. Una hora despus la linterna estaba
encendida, soplaba el viento, el cielo en negro; ya no
restaba absolutamente nada.
Todo esto no es muy nuevo; nunca he negado
estas emociones inofensivas; al contrario. Para sentirlas
basta estar un poquitito solo, justo lo necesario para
desembarazarse de la verosimilitud en el momento
oportuno. Pero me quedaba cerca de las gentes, en la
superficie de la soledad, decidido a refugiarme, en
caso de alarma, en medio de ellas; en el fondo era
hasta entonces un aficionado.

Ahora, en todas partes hay cosas como este vaso
de cerveza, aqu, sobre la mesa. Cuando lo veo me
dan ganas de decir: pido, no juego ms. Comprendo
muy bien que he ido demasiado lejos. Supongo que
uno no puede prever los inconvenientes de la soledad.
Esto no quiere decir que mire debajo de la cama antes
de acostarme, ni que tema ver abrirse bruscamente la
puerta de mi cuarto en mitad de la noche. Pero de
todos modos, estoy inquieto; hace una media hora que
evito mirar este vaso de cerveza. Miro encima, debajo,
a derecha, a izquierda; pero a l no quiero verlo. Y s
muy bien que todos los clibes que me rodean no
pueden ayudarme en nada; es demasiado tarde, ya
no puedo refugiarme entre ellos. Vendran a palmearme
el hombro, me diran: Bueno, qu tiene este vaso de
cerveza? Es como los otros. Es biselado, con un asa,
lleva un escudito con una pala y sobre el escudo una
inscripcin: Spatenbru. S todo esto, pero s que
hay otra cosa. Casi nada. Pero ya no puedo explicar
lo que veo. A nadie. Ahora me deslizo despacito al
fondo del agua, hacia el miedo.
Estoy solo en medio de estas voces alegres y
razonables. Todos esos tipos se pasan el tiempo
explicndose, reconociendo con felicidad que
comparten las mismas opiniones. Qu importancia
conceden, Dios mo, al hecho de pensar todos juntos
las mismas cosas. Basta ver la cara que ponen cuando
pasa entre ellos uno de esos hombres con ojos de
pescado que parecen mirar hacia adentro, y con los
cuales nunca pueden ponerse de acuerdo. Cuando yo

tena ocho aos y jugaba en el Luxemburgo, haba
uno que iba a sentarse en una silla junto a la verja que
costea la calle Auguste Comte. No hablaba, pero de
vez en cuando extenda la pierna y se miraba el pie
con aire espantado. En ese pie llevaba un botn, en el
otro una pantufla. El guardin dijo a mi ta que era un
antiguo celador. Lo haban jubilado porque fue a clase
a leer las notas trimestrales con frac de acadmico. Le
tenamos un miedo horrible porque sabamos que
estaba solo. Un da sonri a Robert tendindole los
brazos desde lejos; Robert estuvo a punto de
desvanecerse. No era el aire miserable de aquel tipo lo
que nos daba miedo, ni el tumor que tena en el
pescuezo y que el borde del cuello postizo rozaba;
sentamos que elaboraba en su cabeza pensamientos
de cangrejo o langosta. Y nos aterrorizaba que pudieran
concebirse pensamientos de langosta sobre la silla,
sobre nuestros aros, sobre los arbustos.
Es eso lo que me espera? Por primera vez me
hasta estar solo. Quisiera hablar a alguien de lo que
me pasa, antes de que sea demasiado tarde, antes de
inspirar miedo a los chiquillos. Quisiera que Anny
estuviese aqu.
Es curioso: acabo de llenar diez pginas y no he
dicho la verdad, por lo menos no toda la verdad. Cuando
escrib, debajo de la fecha: Nada nuevo, tena la
conciencia intranquila por esto: en realidad una pequea
historia, que no es ni vergonzosa ni extraordinaria, se

negaba a salir. Nada nuevo. Me admira cmo se
puede mentir poniendo a la razn de parte de uno.
Evidentemente, no se produjo nada nuevo, si se quiere:
esta maana, a las ocho y cuarto, cuando sal del hotel
Printania para ir a la biblioteca, quise levantar un papel
que haba en el suelo y no pude. Esto es todo, y ni
siquiera es un acontecimiento. S, pero para decir toda
la verdad, me impresion profundamente: pens que
ya no era libre. En la biblioteca trat de librarme de
esta idea, sin conseguirlo. Quise huirle en el caf Mably.
Esperaba que se disipara con las luces. Pero se qued
all, en mi interior, pesada y dolorosa. Ella me dict las
pginas anteriores.
Por qu no la mencion? Ha de ser por orgullo
y tambin un poco por torpeza. No tengo costumbre
de contarme lo que me sucede, por eso me resulta
difcil encontrar la sucesin de los acontecimientos,
no distingo lo que es importante. Pero ahora se acab;
he reledo lo escrito en el caf Mably y me ha dado
vergenza; no quiero secretos, ni estados de alma, ni
cosas indecibles; no soy ni virgen ni sacerdote para
jugar a la vida interior.
No hay gran cosa que decir: no pude levantar el
papel, eso es todo.
Me gusta mucho recoger las castaas, los trapos
viejos, sobre todo los papeles. Me resulta agradable
cogerlos, cerrar mi mano sobre ellos; por poco me los
llevara a la boca como los nios. Anny montaba en
clera cuando me vea levantar por una punta papeles
pesados y untuosos, pero probablemente sucios de

excrementos. En verano o a comienzos del otoo se
encuentran en los jardines pedazos de peridicos que
el sol ha cocinado, secos y quebradizos como hojas
muertas, tan amarillos que se diran pasados por cido
pcrico. En invierno hay montones de papeles
aplastados, sucios; vuelven a la tierra. Otros nuevos, y
hasta lustrosos, blancos, palpitantes, se posan como
cisnes, pero la tierra ya los deshace por debajo. Se
retuercen, escapan al fango, para ir  aplastarse un
poco ms lejos, definitivamente. Es lindo recoger todo
eso. A veces los palpo simplemente, mirndolos de muy
cerca; otras los rompo para or su larga crepitacin, o
bien, si estn muy hmedos, les prendo fuego con no
poco trabajo; despus me limpio las palmas de las
manos embarradas en una pared o en el tronco de un
rbol.
Pues bien, hoy estaba mirando las botas leonadas
de un oficial de caballera que sala del cuartel. Al
seguirlas con la mirada, vi un papel junto a un charco.
Cre que el oficial iba a hundir con el tacn el papel en
el barro; pero no: de un tranco pas por encima del
papel y del charco. Me acerqu: era una hoja rayada,
sin duda de un cuaderno de escuela. La lluvia la haba
empapado y retorcido; estaba llena de granitos e
hinchazones como una mano quemada. La lnea roja
del margen, desteida, haba dejado una sombra color
de rosa; la tinta estaba corrida en algunos lugares. La
parte inferior de la hoja desapareca bajo una costra
de barro. Me inclin; ya me regocijaba pensando en
tocar la pasta tierna y fresca que formara entre mis

dedos bolitas grises... No pude.
Me qued agachado un segundo; le: Dictado:
El bho blanco, despus me incorpor con las manos
vacas. Ya no soy libre, ya no puedo hacer lo que
quiero.
Los objetos no deberan tocar, puesto que no viven.
Uno los usa, los pone en su sitio, vive entre ellos; son
tiles, nada ms. Y a m me tocan; es insoportable.
Tengo miedo de entrar en contacto con ellos como si
fueran animales vivos.
Ahora veo; recuerdo mejor lo que sent el otro
da, a la orilla del mar, cuando tena el guijarro. Era
una especie de repugnancia dulzona. Qu
desagradable era! Y proceda del guijarro, estoy
seguro; pasaba del guijarro a mis manos. S, es eso,
es eso; una especie de nusea en las manos.
Jueves por la maana, en la biblioteca.
Hace un rato, al bajar la escalera del hotel, o a
Lucie que por centsima vez se quejaba a la patrona
mientras enceraba los peldaos. La patrona hablaba
con esfuerzo, usando frases cortas porque an no se
haba puesto la dentadura postiza; estaba casi desnuda,
con una bata rosada y babuchas. Lucie sucia, como
de costumbre; de vez en cuando dejaba de frotar y se
ergua sobre las rodillas para mirar a la patrona. Hablaba
sin interrupcin, con aire razonable.
Preferira mil veces que la corriera deca;
a m me dara lo mismo puesto que no le hara dao.
Hablaba de su marido: al frisar los cuarenta aos
esta negrita consigui, con sus economas, un joven

maravilloso, ajustador en las fbricas Lecointe. Es
desgraciada en el matrimonio. Su marido no le pega,
no la engaa; bebe, vuelve borracho todas las noches.
Anda de mal en peor; en tres meses lo he visto ponerse
amarillo y consumido. Lucie piensa que es la bebida.
Yo creo ms bien que est tuberculoso.
Hay que tomarlo con calma deca Lucie.
Esto la corroe, estoy seguro, pero lenta,
pacientemente; ella lo toma con calma, no es capaz de
consolarse ni de abandonarse a su mal. Piensa en l
un poquitito, muy poquitito, de vez en cuando. Sobre
todo cuando est acompaada, porque la consuelan,
y tambin porque le alivia Un poco poder hablar del
asunto en tono pausado, como si diera consejos.
Cuando est sola en las habitaciones oigo cmo
canturrea para no pensar. Pero vive todo el da
taciturna; en seguida se cansa y se enfada:
Es aqudice, tocndose la garganta, no
pasa.
Parece como una avara. Tambin ha de ser avara
con sus placeres. Me pregunto si a veces no desea
verse libre de ese dolor montono, de ese masculleo
que vuelve no bien deja de cantar; me pregunto si no
desea sufrir un buen golpe, hundirse en la
desesperacin. Pero de todos modos, sera imposible:
est atada
Jueves por la tarde.
M. de Rollebon era muy feo. La reina Mara
Antonieta lo llamaba por lo general su querida mona.
Sin embargo, tena todas las mujeres de la corte, no

porque hiciera bufonadas, como Voisenan, el macaco,
sino por un magnetismo que impulsaba a sus bellas
conquistas a los peores excesos de la pasin. Rollebon
intriga, desempea un papel bastante turbio en el asunto
del collar y desaparece en 1790, despus de mantener
relaciones continuas con Mirabeau-Tonneau y Nerciat.
Aparece en Rusia, donde asesina en cierto modo a
Pablo I, y desde all viaja a los pases ms lejanos, a
las Indias, a China, al Turquestn. Trafica, maquina,
espa. En 1813 vuelve a Pars. En 1816 ha alcanzado
todo su poder: es el nico confidente de la duquesa de
Angulema. Esta vieja caprichosa, obstinada en horribles
recuerdos de infancia, se apacigua y sonre cuando
lo ve. Gracias a ella Rollebon hace y deshace en la
corte. En marzo de 1820 casa con Mlle. de Roquelaure,
muy bella, de dieciocho aos. M. de Rollebon tiene
setenta; ha llegado a la cumbre de, los honores, al
apogeo de su vida. Siete meses ms tarde, acusado
de traicin, es apresado y arrojado a un calabozo donde
muere despus de cinco aos de cautiverio, sin
habrsele instruido proceso.
He reledo con melancola esta nota de Germain
Berger. A travs de estas escasas lneas conoc a M.
de Rollebon. Qu seductor me pareci, y cmo me
gust en seguida por estas pocas palabras! Por l, por
este buen hombre estoy aqu. Cuando regres de viaje,
hubiera podido igualmente radicarme en Pars o
Marsella. Pero la mayora de los documentos que
conciernen a las largas estadas del marqus en Francia,
figuran en la biblioteca municipal de Bouville. Rollebon

era castellano de Marommes. Antes de la guerra an
quedaba en este villorrio uno de sus descendientes,
un arquitecto llamado Rollebon-Campouyr, quien, a
su muerte, en 1912, hizo un importante legado a la
biblioteca de Bouville: cartas del marqus, un fragmento
de diario, papeles de todas clases. An no lo hurgu
todo.
Me alegra haber encontrado estas notas. Hace
diez aos que no las releo. Me parece que mi letra ha
cambiado; antes escriba ms prieto. Cmo me
gustaba M. de Rollebon aquel ao! Recuerdo una noche,
un martes a la noche; haba trabajado todo el da en la
Mazarine; acababa de adivinar, por su correspondencia
de 1789-1790, su manera magistral de envolver a
Nerciat. Estaba oscuro; yo descenda por la avenida
del Maine y en la esquina de la calle de la Gat compr
castaas. Qu feliz era! Me rea solo pensando en la
cara de Nerciat cuando regres de Alemania. El rostro
del marqus es como esta tinta; ha palidecido mucho
desde que me ocupo de l.
Ante todo, a partir de 1801 no comprendo nada
ms de su conducta. No es que escaseen documentos:
cartas, trozos de memorias, informes secretos, archivos
de polica. Al contrario, casi tengo demasiados. Lo que
falta en todos esos testimonios es firmeza, consistencia.
No se contradicen, no, pero tampoco concuerdan; no
parecen concernir a la misma persona. Y, sin embargo,
los otros historiadores trabajan sobre noticias del mismo
tipo. Cmo hacen? Soy ms escrupuloso o menos
inteligente? Adems, planteado de esta manera, el

asunto me deja completamente fri. En el fondo, qu
busco? No s. Durante mucho tiempo el hombre,
Rollebon, me interes ms que el libro por escribir.
Pero ahora el hombre... el hombre comienza a
aburrirme. Me apego al libro, siento una necesidad
cada vez ms fuerte de escribirlo a medida que
envejezco, se dira.
Evidentemente, puede admitirse que Rollebon tom
parte activa en el asesinato de Pablo I; que acept en
seguida una misin de alto espionaje en Oriente por
cuenta del zar, y traicion constantemente a Alejandro
en provecho de Napolen. Al mismo tiempo pudo
mantener una activa correspondencia con el conde de
Artois, envindole informes de poca importancia para
convencerlo de su fidelidad; nada de todo esto es
inverosmil; en la misma poca Foucb representaba
una comedia mucho ms compleja y peligrosa. Acaso
tambin el marqus hiciera por su cuenta trfico de
fusiles con los principados asiticos.
Bueno, s, pudo hacer todo esto, pero no est
probado; comienzo a creer que nunca se puede probar
nada. Estas son hiptesis juiciosas que explican los
hechos; pero veo tan bien que proceden de m, que
son simplemente una manera de unificar mis
conocimientos. Ni una chispa viene del lado de Rollebon.
Lentos, perezosos, fastidiados, los hechos se acomodan
en rigor al orden que yo quiero darles; pero ste sigue
siendo exterior a ellos. Tengo la impresin de hacer un
trabajo puramente imaginativo. Adems estoy seguro
de que los personajes de una novela pareceran ms

verdaderos; en todo caso, seran ms agradables.
Viernes.
Las tres. Las tres, siempre es demasiado tarde o
demasiado temprano para lo que uno quiere hacer.
Momento absurdo de la tarde. Hoy es intolerable.
Un sol fro blanquea el polvo de los vidrios. Cielo
plido, borroneado de blanco. El agua de las
alcantarillas estaba helada esta maana.
Digiero con pesadez, cerca del calorfero; s de
antemano que es un da perdido. No har nada bueno,
salvo, quiz, cuando haya cado la noche. Es por el
sol; dora vagamente sucias brumas blancas,
suspendidas en el aire sobre el depsito; se escurre
en mi cuarto, muy rubio, muy plido; pone sobre mi
mesa cuatro reflejos desteidos y falsos.
Mi pipa est embadurnada con un barniz dorado
que primero atrae la mirada por su aparente alegra;
uno la mira, el barniz se derrite, slo queda una gran
huella descolorida sobre un pedazo de madera. Y todo
es as, todo, hasta mis manos. Cuando hay este sol, lo
mejor sera ir a acostarse. Slo que dorm como una
bestia anoche y no tengo sueo.
Me gustaba tanto el cielo de ayer, un cielo
estrecho, negro de lluvia, que se apretaba contra los
vidrios como un rostro ridculo y conmovedor. Este sol
no es ridculo, al contrario. Sobre todas las cosas que
me gustan, sobre la herrumbre del depsito, sobre las
tablas podridas de la empalizada, cae una luz avara y
razonable, semejante a la mirada que, despus de una
noche insomne, echamos a las decisiones tomadas

con entusiasmo la vspera, a las pginas escritas sin
tachaduras, de un tirn. Los cuatro cafs del bulevar
Victor-Noir, que resplandecen de noche, juntos, y que
son mucho ms que cafs acuarios, navos, estrellas
o grandes ojos blancos, han perdido su gracia
ambigua.
Da perfecto para volver sobre uno mismo: las
fras claridades que el sol proyecta, como un juicio sin
indulgencia, sobre las criaturas, entran en m por los
ojos; me ilumina por dentro una luz empobrecedora.
Me bastaran quince minutos, estoy seguro, para llegar
al supremo hasto de m mismo. Muchas gracias, no
hay inters. Tampoco releer lo que escrib ayer sobre
la estada de Rollebon en San Petersburgo. Me quedo
sentado, con los brazos colgando, o bien trazo algunas
palabras, sin nimo; bostezo, espero que caiga la
noche. Cuando est oscuro, los objetos y yo saldremos
del limbo.
Particip o no Rollebon en el asesinato de Pablo
I? sta es la pregunta del da; he llegado hasta aqu y
no puedo continuar sin decidirlo.
Segn Tcherkoff, estaba pagado por el conde de
Pablen. La mayora de los conjurados, dice Tcherkoff,
se hubieran contentado con deponer al zar y encerrarlo
(dicen que Alejandro era, en efecto, partidario de esta
solucin). Pero parece que Pahlen quiso concluir con
Pablo I. Rollebon habra sido el encargado de inducir
individualmente a los conjurados al asesinato.
Hizo una visita a cada uno de ellos y mim la
escena que se producira con una soltura incomparable.

As inculc o desarroll en ellos la locura del crimen.
Pero desconfo de Tcherkoff. No es un testigo
razonable; es un mago sdico y medio loco; todo lo
vuelve demonaco. No veo para nada a M. de Rollebon
en este papel melodramtico. Habr mimado la escena
del asesinato? Vamos, hombre! Es fro; de ordinario
no arrebata a nadie; no muestra: insina, y su mtodo,
plido y sin colores, slo puede dar resultado con
hombres de su especie, intrigantes accesibles a las
razones, polticos.
Adhmar de Rollebon escribe Mme. de
Charrires, no accionaba al hablar, no haca gestos,
no cambiaba de entonacin. Mantena los ojos
semicerrados, y apenas si sorprenda uno entre sus
pestaas, el borde de las pupilas grises. Hace pocos
aos me atrevo a confesar que me aburra ms all de
lo posible. Hablaba un poco como escriba el padre
Mably.
Y este hombre, con su talento de mimo... Pero
entonces, cmo seduca a las mujeres? Y adems,
hay esta curiosa historia que cuenta Segur, y que me
parece cierta:
En 1787, en una posada cerca de Moulins, mora
un viejo amigo de Diderot, formado por los filsofos.
Los sacerdotes de los alrededores estaban extenuados:
lo haban intentado todo en vano; el buen hombre no
quera ltimos sacramentos, era pantesta. M. de
Rollebon, que pasaba por all y no crea en nada,
apost al cura de Moulins que le bastaran dos horas
para convertir al enfermo. El cura acept la apuesta, y

perdi: la tarea empez a las tres de la maana, el
enfermo se confes a las cinco y muri a las siete. 
Es usted tan hbil en el arte de la disputa? pregunt
el cura. Aventaja a los nuestros! No he disputado
respondi M. de Rollebon. Le he hecho temer el
infierno.
Ahora bien, particip efectivamente en el
asesinato? Aquella noche, a eso de las ocho, un oficial
amigo suyo lo acompa hasta la puerta. Si volvi a
salir, cmo pudo cruzar San Petersburgo sin
molestias? Pablo, medio loco, haba dado orden de
detener, despus de las nueve de la noche, a todos los
transentes, salvo las parteras y los mdicos. Hay
que creer la absurda leyenda segn la cual Rollebon
tuvo que disfrazarse de partera para llegar al palacio?
Despus de todo, era muy capaz. En fin, no estaba en
su casa la noche del asesinato; esto parece probado.
Alejandro deba de tener fuertes sospechas, pues uno
de los primeros actos de su reinado fue alejar al
marqus con el vago pretexto de una misin en Extremo
Oriente.
M. de Rollebon me harta. Me levanto. Me muevo
en esta luz plida; la veo cambiar sobre mis manos y
sobre las mangas de mi chaqueta; no puedo decir hasta
qu punto me disgusta. Bostezo. Enciendo la lmpara
sobre la mesa; quiz su claridad pueda combatir la del
da. Pero no: la lmpara forma alrededor de su pie un
charco lastimoso. Apago; me levanto. En la pared hay
un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. S que
voy a dejarme atrapar. Ya est. La cosa gris acaba de

aparecer en el espejo. Me acerco y la miro; ya no
puedo irme.
Es el reflejo de mi rostro. A menudo en estos das
perdidos, me quedo contemplndolo. No comprendo
nada en este rostro. Los de los otros tienen un sentido.
El mo, no. Ni siquiera puedo decidir si es lindo o feo.
Pienso que es feo, porque me lo han dicho. Pero no
me sorprende. En el fondo, a m mismo me choca que
puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si
llamaran lindo o feo a un montn de tierra o a un bloque
de piedra.
Sin embargo hay algo agradable a la vista, encima
de las regiones blandas de las mejillas, sobre la frente:
la hermosa llamarada roja que me dora el crneo, mi
pelo. Es agradable de mirar. Por lo menos es un color
definido: estoy contento de ser pelirrojo. Ah, en el
espejo, se hace ver, resplandece. Tengo suerte: si mi
frente llevara una de esas cabelleras que no llegan a
decidirse entre el castao y el rubio, mi cara se perdera
en el vaco, me dara vrtigo.
Mi mirada desciende lenta, hastiada, por la frente,
por las mejillas; no encuentra nada firme, se hunde.
Evidentemente, hay una nariz, ojos, boca, pero todo
eso no tiene sentido, ni siquiera expresin humana.
Sin embargo Anny y Vlines opinaban que tena una
expresin vivaz; es posible que est demasiado
acostumbrado a mi cara. Cuando era chico, mi ta
Bigeois me deca: Si te miras largo rato en el espejo,
vers un mono. Deb de mirarme ms todava: lo que
veo est muy por debajo del mono, en los lindes del

mundo vegetal, al nivel de los plipos. Vive, no digo
que no; pero no es la vida en que pensaba Anny; veo
ligeros estremecimientos, veo una carne insulsa que
se expande y palpita con abandono. Sobre todo los
ojos, de tan cerca, son horribles. Algo vidrioso, blando,
ciego, bordeado de rojo; como escamas de pescado.
Me apoyo con todo mi peso en el borde de loza,
acerco mi cara al espejo hasta tocarlo. Los ojos, la
nariz y la boca desaparecen, ya no queda nada
humano. Arrugas morenas a cada lado del abultamiento
febril de los labios, grietas, toperas. Un sedoso vello
blanco corre por los grandes declives de las mejillas;
dos pelos salen por los agujeros de la nariz; es un
mapa geolgico en relieve. Y a pesar de todo, este
mundo lunar me resulta familiar. No puede decir que
reconozco sus detalles. Pero el conjunto me da una
impresin de algo ya visto que me embota: me deslizo
dulcemente hacia el sueo.
Quisiera recobrarme: una sensacin viva y
decidida me libertara. Aplico mi mano derecha contra
la mejilla, tiro de la piel; me hago una mueca. Toda una
mitad del rostro cede, la mitad izquierda de la boca se
tuerce y se hincha descubriendo un diente, la rbita
se abre sobre un globo blanco, sobre una carne rosada
y sanguinolenta. No es lo que yo buscaba; nada fuerte,
nada nuevo; es algo suave, esfumado, ya visto! Me
duermo con los ojos abiertos, el rostro crece, crece en
el espejo, es un inmenso halo plido que se desliza en
la luz ...
Lo que me despierta bruscamente es que pierdo

el equilibrio. Me encuentro a horcajadas sobre una silla,
aturdido todava. A los otros hombres les cuesta tanto
trabajo juzgar sus rostros? Me parece que veo el mo
como siento mi cuerpo, mediante una sensacin sorda
y orgnica. Pero y los dems? Rollebon, por
ejemplo? Tambin se dorma mirando en los espejos
lo que Mme. de Genlis llama su carita arrugada, limpia
y definida, picada de viruelas, donde haba una malicia
singular que saltaba a los ojos, por esfuerzos que hiciera
para disimularla? Cuidaba mucho dice Mme. de
Genlis, de su peinado, y nunca lo vi sin peluca. Pero
sus mejillas eran de un azul tirando a negro porque
tena la barba espesa y quera afeitarse solo, cosa
que haca muy mal. Acostumbraba embadurnarse con
albayalde, a la manera de Grimm. M. de Dangeville
deca que con todo ese blanco y azul, semejaba un
queso Roquefort.
Me parece que deba de ser muy agradable. Pero
despus de todo, no fue as como lo vio Mme. de
Charrires. Creo que lo encontraba ms bien apagado.
Tal vez sea imposible comprender el propio rostro. O
acaso es porque soy un hombre solo? Los que viven
en sociedad han aprendido a mirarse en los espejos,
tal como los ven sus amigos. Yo no tengo amigos; por
eso es mi carne tan desnuda? S, es como la naturaleza
sin los hombres.
Ya no tengo ganas de trabajar; lo nico que me
resta es aguardar la noche.
Las cinco y media.
La cosa anda mal, muy mal! Otra vez la suciedad,

la Nusea. Y una novedad: me dio en un caf. Los
cafs eran hasta ahora mi nico refugio porque estn
llenos de gente y bien iluminados; ni siquiera me
quedar este recurso; cuando me vea acosado en mi
cuarto, no sabr adnde ir.
Iba a hacer el amor, pero apenas empuj la puerta,
Madeleine, la sirvienta, me grit:
La patrona no est; sali por unas diligencias.
Sent una viva decepcin en el sexo, un largo
cosquilleo desagradable. Al mismo tiempo, senta que
la camisa me rozaba la punta de los pechos, y la
impresin de que un lento torbellino encendido me
rodeaba, me llevaba, un torbellino de bruma, de luces,
en el humo, en los espejos, en las banquetas que
brillaban en el fondo, y no vea por qu estaba all, ni
por qu pasaba eso. Me haba detenido en la puerta,
no saba si entrar, y entonces se produjo un remolino,
pas una sombra por el techo y me sent empujado
hacia adelante. Flotaba, me aturdan las brumas
luminosas que me penetraban por todas partes a la
vez. Madeleine vino flotando a quitarme el sobretodo, y
observ que se haba estirado el pelo y llevaba
pendientes: no la reconoc. Yo miraba sus grandes
mejillas, que corran interminables hacia las orejas. En
el hueco de las mejillas, bajo los pmulos, haba dos
manchas color de rosa, bien aisladas, que parecan
aburrirse en esa carne pobre. Las mejillas corran,
corran hacia las orejas, y Madeleine sonrea:
Qu toma usted, seor Antoine?
Entonces me dio la Nusea: me dej caer en el

asiento, ni siquiera saba dnde estaba; vea girar
lentamente los colores a mi alrededor; tena ganas de
vomitar. Y desde entonces la Nusea no me ha
abandonado, me posee.
He pagado. Madeleine se llev el platillo. Mi vaso
aplasta contra el mrmol un charco de cerveza amarilla
donde flota una burbuja. La banqueta se hunde en el
sitio donde estoy sentado, y para no resbalarme debo
apoyar fuertemente las suelas contra el piso; hace fro.
A la derecha, algunos juegan a las cartas sobre un
tapete de lana. No los vi al entrar; sent simplemente
que haba un paquete tibio, mitad sobre la banqueta,
mitad sobre la mesa del fondo, con pares de brazos
que se agitaban. Despus Madeleine les llev naipes,
el tapete y fichas en una escudilla. Son tres o cinco,
no s, me falta nimo para mirarlos. Tengo un resorte
roto: puedo mover los ojos, pero no la cabeza. La
cabeza es blanda, elstica; parece puesta justo sobre
el cuello; si la muevo se me caer. A pesar de todo,
oigo un aliento corto, y de vez en cuando veo, con el
rabillo del ojo, como un relmpago, una cosa colorada,
cubierta de pelos blancos. Es una mano.
Cuando la patrona hace diligencias, su primo la
reemplaza en el mostrador. Se llama Adolphe. Al
sentarme, comenc a mirarlo, y segu hacindolo
porque no poda volver la cabeza. Est en mangas de
camisa, con tirantes malva; se arremang hasta arriba
del codo. Los tirantes apenas se ven sobre la camisa
azul; estn borrados, hundidos en el azul, pero es una
falsa humildad; en realidad no permiten el olvido, me

irritan con su terquedad de carneros como si,
dirigindose al violeta, se hubieran detenido en el
camino sin abandonar sus pretensiones. Dan ganas
de decirles: Vamos, vulvanse violeta, y no se hable
ms Pero no, permanecen en suspenso, obstinados
en su esfuerzo inconcluso. A veces el azul que los
rodea se desliza sobre ellos y los cubre del todo; me
estoy un instante sin verlos. Pero es una ola; pronto el
azul palidece por partes y veo reaparecer islotes de un
malva vacilante, que se agrandan, se juntan y
reconstruyen los tirantes. El primo Adolphe no tiene
ojos; sus prpados hinchados y recogidos se abren
apenas un poco sobre el blanco. Sonre con aire
dormido; de vez en cuando resopla, gae y se debate
dbilmente, como un perro soando.
Su camisa de algodn azul se destaca
gozosamente sobre una pared chocolate. Tambin eso
da la Nusea. O ms bien es la Nusea. La Nusea no
est en m; la siento all, en la pared, en los tirantes, en
todas partes a mi alrededor. Es una sola cosa con el
caf, soy yo quien est en ella.
A mi derecha el paquete tibio se pone a zumbar,
agita sus pares de brazos.
Toma, ah tienes tu triunfo.
Qu triunfo?
Gran espinazo negro curvado sobre el juego:
Ja, ja, ja!
Qu? Ah est el triunfo, acaba de jugarlo.
No s, no he visto ...
S, ahora acabo de jugar triunfo.

Ah, bueno, entonces, triunfo de corazones.
Canturrea: Triunfo de corazones, triunfo de
corazones, triun-fo-de-co-ra-zo-nes. Hablando: 
Qu pasa, seor? Qu pasa, seor? Alzo!
De nuevo el silencio en la faringe el gusto a
azcar en el aire. Los olores. Los tirantes.
El primo se levanta, da unos pasos, pone las
manos detrs de la espalda, sonre, alza la cabeza y
se echa hacia atrs, sobre las puntas de los talones.
En esa posicin se duerme. Est all, oscilante, y sigue
sonriendo; le tiemblan las mejillas. Se va a caer. Se
inclina hacia atrs, se inclina, se inclina dando la cara
al techo, y en el momento de caer, se agarra
diestramente del borde del mostrador y restablece el
equilibrio. Despus de lo cual vuelve a empezar. Ya
estoy harto; llamo a la sirvienta:
Madeleine, ponga algo en el fongrafo, sea
buena. Eso que me gusta, sabe?: Some of these
days.
S, pero tal vez moleste a los seores; no les
agrada la msica cuando estn jugando. Ah, voy a
preguntarles.
Hago un gran esfuerzo y vuelvo la cabeza. Son
cuatro. Ella se inclina sobre un viejo color prpura que
lleva en la punta de la nariz lentes de aro negro. El
viejo oculta el juego contra el pecho y me echa una
mirada desde abajo.
Cmo no, seor.
Sonrisas. Tiene los dientes podridos. No es l el
dueo de la mano roja, sino su vecino, un tipo de bigotes

negros. El tipo de los bigotes posee una nariz de
agujeros inmensos, que podran bombear aire para
toda una familia, y que le comen la mitad de la cara,
pero sin embargo, respira por la boca jadeando un
poco. Tambin est con ellos un muchacho de cabeza
perruna. No distingo al cuarto jugador.
Las cartas caen sobre el tapete de lana, girando.
Luego manos de dedos enjoyados las recogen,
raspando el tapete con las uas. Las manos ponen
manchas blancas en el tapete, parecen infladas y
polvorientas. Siguen cayendo otras cartas, las manos
van y vienen. Qu ocupacin absurda: no parece un
juego, ni un rito, ni una costumbre. Creo que lo hacen
para llenar el tiempo, simplemente. Pero el tiempo es
demasiado ancho, no se deja llenar. Todo lo que uno
sumerge en l se ablanda y se estira. Por ejemplo, ese
ademn de la mano roja que recoge las cartas
tropezando, es flojo. Habra que descoserlo y cortar
por dentro.
Madeleine mueve la manivela del fongrafo. Con
tal de que no se haya equivocado, con tal de que no
haya puesto, como el otro da, el aria de Caballera
Rusticana. Pero no, est bien, lo reconozco desde los
primeros compases. Es un viejo rag-time con estribillo
cantado. Lo o en 1917 a soldados americanos en las
calles de La Rochelle. Ha de ser anterior a la guerra.
Pero el registro es mucho ms reciente. Con todo, es
el disco ms viejo de la coleccin, un disco Path para
pa de zafiro.
En seguida vendr el estribillo: es lo que ms me

gusta, sobre todo la manera abrupta de arrojarse hacia
adelante, como un acantilado contra el mar. Por el
momento, toca el jazz; no hay meloda, slo notas, una
mirada de breves sacudidas. No conocen reposo; un
orden inflexible las genera y destruye; sin dejarles
nunca tiempo para recobrarse, para existir por s.
Corren, se apian, me dan al pasar un golpe seco y se
aniquilan. Me gustara retenerlas, pero s que si llegara
a detener una, slo quedara entre mis dedos un sonido
canallesco y languideciente. Tengo que aceptar su
muerte; hasta debo querer esta muerte; conozco pocas
impresiones ms speras o ms fuertes.
Comienzo a calentarme, a sentirme feliz. Todava
no es nada extraordinario, es una pequea dicha de
Nusea: se despliega en el fondo del charco viscoso,
en el fondo de nuestro tiempo el tiempo de los tirantes
malva y de las banquetas desfondadas; est hecha
de instantes amplios y blandos, que se agrandan por
los bordes como una mancha de aceite. Apenas nacida,
es vieja; me parece que la conozco desde hace veinte
aos.
Hay otra dicha: afuera est esa banda de acero,
la estrecha duracin de la msica, que atraviesa nuestro
tiempo de lado a lado, y lo rechaza y lo desgarra con
sus pumitas secas; hay otro tiempo.
El seor Randu juega corazn; t echas el as.
La voz se desliza y desaparece. Nada hace mella
en la cinta de acero: ni la puerta que se abre, ni la
bocanada de aire fro que se cuela sobre mis rodillas,
ni la llegada del veterinario con su nieta: la msica

horada esas formas vagas y las traspasa. No bien se
sienta, la nia queda suspensa; permanece rgida, con
los ojos muy abiertos; escucha frotando la mesa con el
puo.
Unos segundos ms y cantar la negra. Parece
inevitable, tan fuerte es la necesidad de esta msica;
nada puede interrumpirla, nada que venga del tiempo
donde est varado el mundo; cesar sola, por orden.
Esta hermosa voz me gusta sobre todo, no por su
amplitud ni su tristeza, sino porque es el acontecimiento
que tantas notas han preparado desde lejos, muriendo
para que ella nazca. Y sin embargo, estoy inquieto;
bastara tan poco para que el disco se detuviera: un
resorte roto, un capricho del primo Adolphe. Qu
extrao, qu conmovedor que esta duracin sea tan
frgil. Nada puede interrumpirla y todo puede
quebrantarla.
El ltimo acorde se ha aniquilado. En el breve
silencio que sigue, siento fuertemente que ya est, que
algo ha sucedido.
Silencio.
Some of these days
Youll miss me honey.
Lo que acaba de suceder es que la Nusea ha
desaparecido. Cuando la voz se elev en el silencio,
sent que mi cuerpo se endureca; y la Nusea se
desvaneci. De golpe; era casi penoso ponerse as de
duro, de rutilante. Al mismo tiempo la duracin de la

msica se dilataba, se hinchaba como una bomba.
Llenaba la sala con su transparencia metlica,
aplastando contra las paredes nuestro tiempo
miserable. Estoy en la Nusea. En los espejos ruedan
globos de fuego; anillos de humo los circundan, y giran,
velando y descubriendo la dura sonrisa de la luz. Mi
vaso de cerveza se ha empequeecido, se aplasta
sobre la mesa; parece denso, indispensable. Quiero
tomarlo y sopesarlo, extiendo la mano... Dios mo! Esto
es, sobre todo, lo que ha cambiado: mis ademanes.
Este movimiento de mi brazo se ha desarrollado como
un tema majestuoso, se ha deslizado a lo largo del
canto de la negra; me pareci que yo bailaba.
El rostro de Adolphe est ah, apoyado contra la
pared chocolate; parece muy prximo. En el momento
en que mi mano se cerraba, vi su cabeza; tena la
evidencia, la necesidad de una conclusin. Oprimo mis
dedos contra el vidrio, miro a Adolphe: soy feliz.
Ah est!
Una voz se lanza sobre un fondo de rumores. Es
que habla mi vecino, el viejo. Sus mejillas ponen una
mancha violeta sobre el cuero pardo de la banqueta.
Una carta restalla contra la mesa. Malilla de oros.
Pero el muchacho de cabeza perruna sonre. El
jugador coloradote, curvado sobre la mesa, lo acecha
de soslayo, pronto a asaltar.
Y ah tiene!
La mano del muchacho sale de la sombra, planea
un instante, blanca, indolente; luego cae de improviso
como un milano y aprieta un naipe contra el tapete. El

gordo colorado salta por el aire:
Mierda! ste alza.
La silueta del rey de corazones aparece entre
dedos crispados despus alguien la vuelve de narices
y el juego contina. Hermoso rey, venido de tan lejos,
preparado por tantas combinaciones, por tantos gestos
desaparecidos. Ahora desaparece a su vez, para que
nazcan otras combinaciones y otros gestos, ataques,
rplicas, vueltas de la fortuna, multitud de pequeas
aventuras.
Estoy emocionado, siento mi cuerpo como una
mquina de precisin en reposo. Yo he tenido
verdaderas aventuras. No recuerdo ningn detalle, pero
veo el encadenamiento riguroso de las circunstancias.
He cruzado mares, he dejado atrs ciudades y be
remontado ros; me intern en las selvas buscando
siempre nuevas ciudades. He tenido mujeres, he
peleado con individuos, y nunca pude volver atrs, como
no puede un disco girar al revs. Y a dnde me llevaba
todo aquello? A este instante, a esta banqueta, a esta
burbuja de claridad rumorosa de msica.
And when you leave me
S, yo que tanto gust de sentarme en Roma a
orillas del Tber; de bajar y remontar cien veces las
Ramblas de Barcelona, a la noche; yo que cerca de
Angkor, en el islote de Baray de Prah-Kan vi una
baniana que anudaba sus races alrededor de la capilla
de los nagas, estoy aqu, vivo en el mismo instante que

los jugadores de malilla, escucho a una negra que
canta mientras afuera vagabundea la noche dbil.
El disco se ha detenido.
La noche entra dulzona, vacilante. Es invisible,
pero est ah, vela las lmparas; en el aire se respira
algo espeso: es ella. Hace fro. Uno de los jugadores
empuja las cartas en desorden hacia otro que las
recoge. Un naipe ha quedado atrs. No lo ven? Es el
nueve de corazones. Por fin alguien lo entrega al joven
de cabeza perruna.
Ah! Es el nueve de corazones.
Est bien. Voy a irme. El viejo violceo se inclina
sobre ana hoja chupando la punta de un lpiz.
Madeleine lo mira con ojos claros y vacos. El
muchacho da vueltas entre sus dedos al nueve de
corazones. Dios mo ...!
Me levanto penosamente; en el espejo, sobre el
crneo del veterinario, veo deslizarse un rostro
inhumano.
Dentro de un rato ir al cinematgrafo.
El aire me hace bien; no tiene el gusto a azcar
ni el olor vinoso del vermut. Pero Dios mo, qu fro
hace.
Son las siete y media, no tengo hambre y el cine
no empieza hasta las nueve; qu har? Necesito
caminar ligero para calentarme. Dudo; a mis espaldas,
el bulevar lleva al corazn de la ciudad, a los grandes
aderezos de luces, de las calles centrales, al palacio

Paramount, al Imperial, a las grandes tiendas Jahan.
No me tienta nada: es la hora del aperitivo; por el
momento ya he visto bastantes cosas vivas, perros,
hombres, todas las masas blandas que se mueven
espontneamente.
Doblo hacia la izquierda, voy a hundirme en aquel
agujero, all, al final de la hilera de picos de gas;
caminar por el bulevar Noir hasta la avenida Galvani.
Por el agujero sopla un viento glacial: all slo hay
piedras y tierra. Las piedras son algo duro, y que no
se mueve.
Hay una parte aburrida del camino: en la acera
de la derecha, una masa gaseosa con regueros de
fuego hace un ruido de caracola: es la vieja estacin.
Su presencia ha fecundado los cien primeros metros
del bulevar Noir desde el bulevar de la Redoute hasta
la calle Paradis, ha engendrado unos diez reverberos,
y cuatro cafs juntos, el Rendez-vous des Cheminots
y otros tres que languidecen todo el da, pero se
iluminan de noche y proyectan rectngulos luminosos
en la calzada. Tomo tres baos ms de luz amarilla,
veo salir de la tienda y mercera Rabache a una vieja
que se levanta la paoleta sobre la cabeza y echa a
correr; ahora se acab. Estoy en el borde de la acera
de la calle Paradis, junto al ltimo farol. La cinta de
asfalto se interrumpe en seco. Del otro lado de la calle
estn la oscuridad y el barro. Cruzo la calle Paradis.
Meto el pie derecho en un charco de agua, me empapo
el calcetn; el paseo comienza.
Esta regin del bulevar Noir no est habitada. El

clima es demasiado riguroso, el suelo demasiado
ingrato para que la vida se instale y desarrolle aqu.
Los tres aserraderos de los Hermanos Soleil (los
Hermanos Soleil hicieron la bveda artesonada de la
iglesia Sainte-Ccile-de-la-Mer, que cost cien mil
francos) se abren al oeste, con todas sus puertas y
ventanas, sobre la dulce calle Jeanne-Berthe-Coeuroy,
llenndola de rumores. En el bulevar Victor-Noir
presenta sus tres espaldas unidas por una pared. Estos
edificios bordean la acera izquierda durante
cuatrocientos metros: ni la ventana ms pequea, ni
siquiera un tragaluz.
Esta vez met los dos pies en el agua. Cruc la
calzada; en la otra acera un solo pico de gas como un
faro en el confn de la tierra, ilumina un cerco hundido,
arruinado en parte.
Fragmentos de carteles se adhieren an a las
tablas. Un hermoso rostro lleno de odio gesticula sobre
un fondo verde, con un desgarrn en forma de estrella;
debajo de la nariz alguien ha dibujado un bigote
retorcido. En otro girn todava puede descifrarse la
palabra depurador en caracteres blancos de los que
caen gotas rojas, quiz gotas de sangre. Puede que el
rostro y la palabra hayan formado parte del mismo
cartel. Ahora el cartel est roto, los lazos simples y
deliberados que los unan desaparecieron, pero se ha
establecido espontneamente otra unidad entre la boca
torcida, las gotas de sangre, las letras blancas, la
desinencia dor; se dira que una pasin criminal e
infatigable trata de expresarse mediante estos signos

misteriosos. Entre las tablas pueden verse brillar las
luces de la va frrea. Un largo muro contina la
empalizada. Un muro sin aberturas, sin puertas, sin
ventanas, que se detiene doscientos metros ms lejos,
contra una casa. He dejado atrs el campo de accin
del farol; entro en el agujero negro. Al ver mi sombra
que se funde a mis pies en las tinieblas, tengo la
impresin de hundirme en un agua helada. Delante de
m, en el fondo, a travs de espesores de negro, distingo
una palidez rosada: es la avenida Galvani. Me vuelvo;
detrs del reverbero, muy lejos, hay un atisbo de
claridad: la estacin con los cuatro cafs. Detrs de
m, delante de m, gentes que beben y juegan a las
cartas en las cerveceras. Aqu slo hay negrura. El
viento me trae con intermitencias un campanilleo
solitario que viene de lejos. Los ruidos domsticos, el
ronquido de los autos, los gritos, los ladridos, no se
alejan de las calles iluminadas, permanecen en el calor.
Pero ese campanilleo horada las tinieblas y llega hasta
aqu: es ms duro, menos humano que los otros ruidos.
Me paro a escucharlo. Tengo fro, me duelen las
orejas; han de estar rojas. Pero yo no me siento; me
ha ganado la pureza de lo que me rodea; nada vive; el
viento silba, lneas rgidas huyen en la noche. El bulevar
Noir no tiene la facha indecente de las calles burguesas,
que hacen gracias a los transentes. Nadie se ha
preocupado de adornarlo; es exactamente un revs. El
revs de la calle Jeanne-Berthe-Coeuroy, de la avenida
Galvani. En los alrededores de la estacin, los
Bouvilleses todava lo vigilan un poco; lo limpian de vez

en cuando, por los viajeros. Pero en seguida lo
abandonan, y corre derecho, ciego, para chocar con
la avenida Galvani. La ciudad lo ha olvidado. A veces
un camin grande, de color terroso, lo cruza a toda
velocidad, con ruido atronador. Ni siquiera hay
asesinatos, por falta de asesinos y de vctimas. El
bulevar Noir es inhumano. Como un mineral. Como un
tringulo. Es una suerte que haya un bulevar as en
Bouville. Por lo general slo se los encuentra en las
capitales, en Berln del lado de Neuklln o todava hacia
Friedrichshain, en Londres detrs de Greenwich.
Corredores rectos y sucios, en plena corriente de aire,
con anchas aceras sin rboles. Casi siempre estn en
los alrededores, en esos barrios extraos donde se
fabrican las ciudades, cerca de los depsitos de
mercancas, de las estaciones tranviarias, de los
mataderos, de los gasmetros. Dos das despus del
chaparrn, cuando toda la ciudad est mojada bajo el
sol e irradia calor hmedo, an siguen fros, an
conservan el barro y los charcos. Hasta tienen charcos
que nunca se secan, salvo un mes en el ao, en agosto.
La Nusea se ha quedado all, en la luz amarilla.
Soy feliz, este fro es tan puro, tan pura la noche; no
soy yo mismo una onda de aire helado? No tener ni
sangre, ni linfa, ni carne. Deslizarse por este largo
canal hacia aquella palidez. Ser slo fro.
Llega gente. Dos sombras. Qu necesidad tenan
de venir aqu?
Es una mujercita que tira a un hombre de la
manga. Habla en voz rpida y menuda. No comprendo

lo que dice, por el viento.
Quieres cerrar la boca, eh? dice el hombre.
Ella signe hablando. Bruscamente, el hombre la
rechaza. Se miran, vacilantes; despus l hunde las
manos en los bolsillos y se va sin volverse.
El hombre ha desaparecido. Apenas tres metros
me separan ahora de la mujer. De pronto unos sonidos
roncos y graves la desgarran, arrancan de ella y llenan
toda la calle con una violencia extraordinaria:
Charles, por favor, sabes lo que te he dicho?
Charles, ven, estoy harta, soy muy desgraciada!
Paso tan cerca de ella que podra tocarla. Es...
pero cmo creer que esa carne ardida, ese rostro
resplandeciente de dolor...? Sin embargo, reconozco
la paoleta, el abrigo y el gran antojo borra de vino que
tiene en la mano derecha; es ella, Lucie, la criada. No
me atrevo a ofrecerle mi ayuda, pero conviene que
pueda pedirla en caso de necesidad; paso delante de
ella lentamente, mirndola. Sus ojos se clavan en m,
pero no demuestra verme; es como si sus
padecimientos le hubieran hecho perder el juicio. Doy
unos pasos, me vuelvo...
S, es ella, Lucie. Pero transfigurada, fuera de
s, sufriendo con loca generosidad. La envidio. Est
all, erguida, con los brazos separados, como si
esperara los estigmas; abre la boca, se ahoga. Tengo
la impresin de que las paredes han crecido a cada
lado de la calle, de que se han acercado, de que ella
est en el fondo de un pozo. Espero unos instantes;
temo que caiga rgida; es demasiado enclenque para

soportar este dolor inslito. Pero no se mueve; parece
mineralizada, como todo lo que la rodea. Por un
momento me pregunto si no me habr equivocado, si
no es su verdadera naturaleza la que se me ha revelado
de improviso...
Lucie lanza un leve gemido. Se lleva la mano a la
garganta abriendo grandes ojos asombrados. No, no
hay en ella fuerzas para padecer tanto. Le vienen de
afuera... de este bulevar. Habra que tomarla por los
hombros, llevarla a las luces, entre la gente, a las calles
dulces y rosadas; all no se puede sufrir tanto; se
ablandara, recuperara su aire positivo y el nivel
ordinario de sus padecimientos.
Le vuelvo la espalda. Despus de todo, tiene
suerte. Yo estoy demasiado tranquilo desde hace tres
aos. Ya no puedo recibir de estas soledades trgicas
hada ms que un poco de pureza vaca. Me voy.
Jueves, once y media.
Trabaj dos horas en la sala de lectura. Baj al
patio de las Hipotecas para fumar una pipa. Plaza
pavimentada con ladrillos rosados. Los bouvilleses se
enorgullecen de ella porque data del siglo XVIII. A la
entrada de la calle Chamade y de la calle Suspdart,
viejas cadenas impiden el acceso a los coches. Seoras
de negro, que sacan a pasear a sus perros, se deslizan
bajo las arcadas, a lo largo de las paredes. Rara vez
se adelantan hasta la luz del da, pero echan juveniles
miradas, de soslayo, furtivas y satisfechas, a la estatua
de Gustave Imptraz. No han de saber el nombre de
ese gigante de bronce, pero bien ven por su levita y su

chistera, que perteneci al gran mundo. Tiene el
sombrero en la mano izquierda y apoya la derecha en
una pila de infolios; es en cierto modo como si el abuelo
estuviera all, sobre ese zcalo, modelado en bronce.
No necesitan mirarlo largo rato para comprender que
pensaba como ellas, exactamente como ellas sobre
todos los asuntos. Ha puesto su autoridad y la inmensa
erudicin extrada de los infolios que aplasta con su
mano pesada, al servicio de sus pequeas ideas
estrechas y slidas. Las seoras de negro se sienten
aliviadas, pueden entregarse tranquilamente a las
preocupaciones de la casa, a pasear el perro; ya no
tienen la responsabilidad de defender las santas ideas,
las buenas ideas de sus padres; un hombre de bronce
se ha erigido en defensor de ellas.
La gran Enciclopedia dedica unas lneas a este
personaje; las le el ao pasado. Haba apoyado el
volumen en el alfizar de la ventana; a travs del vidrio
poda ver el crneo verde de Imptraz. Supe que
floreci hacia 1890. Fue inspector de academia.
Pintaba exquisitas bagatelas y escribi tres libros: De
la popularidad entre los antiguos griegos (1887), La
pedagoga de Rollin (1891) y un Testamento potico
en 1899. Muri en 1902, en medio del pesar
emocionado de sus subordinados y de la gente de
gusto.
Me he apoyado en la fachada de la biblioteca.
Chupo la pipa que amenaza apagarse. Veo a una vieja
seora que sale temerosa de la galera con arcadas y
mira a Imptraz fina y obstinadamente. De pronto cobra

nimos, cruza el patio a toda la velocidad de sus piernas
y se detiene un momento delante de la estatua moviendo
las mandbulas. Despus huye, negra sobre el
pavimento rosado, y desaparece en una grieta de la
pared.
Tal vez esta plaza era alegre hacia el 1800, con
sus ladrillos rosa y sus casas. En la actualidad hay en
ella algo seco y maligno, una delicada pizca de horror.
Procede del monigote que est ah arriba, sobre el
zcalo. Al vaciar en bronce a ese universitario, lo han
convertido en un brujo.
Miro a Imptraz de frente. No tiene ojos, apenas
nariz, una barba carcomida por esa lepra extraa que
cae a veces, como una epidemia, sobre todas las
estatuas de un barrio. Saluda; el chaleco luce una
mancha verde claro en el lugar del corazn. Tiene un
aspecto dolorido y malo. No vive, no, pero tampoco es
inanimado. Una sorda potencia emana de l: es como
un viento que le rechaza; Imptraz quisiera echarme
del patio de las Hipotecas. No me ir antes de acabar
esta pipa.
Una alta sombra magra surge bruscamente detrs
de m. Me sobresalto.
Perdneme, seor, no quera molestarlo. Vi que
mova usted los labios. Sin duda repeta frases de su
libro.  Re. Andaba a la caza de alejandrinos?
Miro al Autodidacto con estupor. Pero l parece
sorprendido de mi sorpresa:
No hay que evitar cuidadosamente los
alejandrinos en la prosa, seor?

He descendido ligeramente en su estima. Le
pregunto qu hace aqu a esta hora. Me explica que
su patrn le ha dado permiso, y que ha venido
directamente a la biblioteca; no almorzar y leer hasta
que cierren. Ya no lo escucho, pero ha de haberse
apartado de su tema primitivo pues oigo de pronto:
...tener como usted la dicha de escribir un libro.
Debo decir algo.
Dicha... digo con aire dubitativo. No entiende
el sentido de mi respuesta y corrige rpidamente:
Seor, hubiera debido decir: mrito.
Subimos la escalera. No me dan ganas de trabajar.
Alguien ha dejado Eugnie Grandet sobre la mesa; el
libro est abierto en la pgina veintisiete. Lo tomo
maquinalmente, me pongo a leer la pgina veintisiete,
luego la veintiocho; no tengo nimos para empezar por
el principio. El Autodidacto se dirige a los estantes de
la pared con paso vivo; trae dos volmenes que deja
sobre la mesa, con la expresin del perro que ha
encontrado un hueso.
Qu lee usted?
Me parece que le repugna decrmelo; vacila un
poco, revuelve sus grandes ojos extraviados, y me tiende
los libros como con violencia. Son: La turba y las
turberas de Larbaltrier, e Hitopadesa o la instruccin
til de Lastex. Pues bien? No veo qu es lo que le
molesta; estas lecturas me parecen muy decentes. Para
tranquilizar mi conciencia hojeo Hitopadesa, y slo
veo cosas elevadas.

Las tres.
He dejado Eugnie Grandet. Me he puesto a
trabajar, pero sin entusiasmo. El Autodidacto, que me
ve escribir, me observa con respetuosa concupiscencia.
De vez en cuando levanto un poco la cabeza, veo el
inmenso cuello postizo, recto, de donde sale su
pescuezo de gallina. Lleva un traje rado pero la camisa
es de una blancura deslumbradora. Acaba de sacar
del mismo estante otro libro cuyo ttulo descifro al revs:
La flecha de Caudebec, crnica normanda de Mlle.
Julie Lavergne. Las lecturas del Autodidacto siempre
me desconciertan.
De pronto me vuelven a la memoria los nombres
de los ltimos autores cuyas obras ha consultado:
Lambert, Langlois, Larbaltrier, Lastev, Lavergne. Me
ilumin; comprendo el mtodo del Autodidacto: se
instruye por orden alfabtico.
Lo contemplo con una especie de admiracin.
Qu voluntad necesita para realizar lenta,
obstinadamente, un plan de tan vasta envergadura! Un
da, hace siete aos (me ha dicho que estudia desde
hace siete aos), entr con gran pompa en esta sala.
Recorri con la mirada los innumerables libros que
tapizan las paredes y debi de decirse, poco ms o
menos como Rastignac: Manos a la obra, Ciencia
humana. Despus tom el primer libro del primer
estante del extremo derecho; lo abri en la primera
pgina con un sentimiento de respeto y espanto unido
a una decisin inquebrantable. Hoy est en la L. K
despus de J, L despus de K. Pas brutalmente del

estudio de los colepteros al de la teora de los cuantas,
de una obra sobre Tamerlan a un panfleto catlico sobre
el darwinismo, sin desconcertarse ni un instante. Lo
ley todo; ha almacenado en su cabeza la mitad de lo
que se sabe sobre la partenognesis, la mitad de los
argumentos contra la viviseccin. Detrs, delante de
l, hay un universo. Y se acerca el da en que se dir,
cerrando el ltimo volumen del ltimo estante del extremo
izquierdo: Y ahora?.
Es el momento de la merienda; come con aire
cndido, pan y una tableta de Gala Peter. Tiene los
prpados bajos y puedo contemplar a gusto sus
hermosas pestaas arqueadas, pestaas de mujer.
Despide un olor a tabaco viejo, al que se mezcla,
cuando respira, el perfume dulce del chocolate.
Viernes, las tres.
Un poco ms y caigo en la trampa del espejo. La
evito, para caer en la trampa del vidrio: ocioso, con los
brazos colgando, me acerco a la ventana. El Depsito,
la Empalizada, la Vieja Estacin la Vieja Estacin, la
Empalizada, el Depsito. Bostezo tan fuerte que me
asoma una lgrima a los ojos. Tengo la pipa en la mano
derecha y el paquete de tabaco en la izquierda. Habra
que llenar la pipa. Pero me faltan fuerzas. Mis brazos
penden; apoyo la frente en el cristal. Aquella vieja me
irrita. Corretea obstinadamente, con la vista perdida. A
veces se detiene, temerosa, como si la hubiera rozado
un peligro invisible. Ah est bajo mi ventana; el viento
le pega la falda a las rodillas. Se detiene, se arregla la
paoleta. Le tiemblan las manos. Reanuda la marcha;

ahora la veo de espaldas. Vieja cochinilla! Supongo
que doblar a la derecha, en el bulevar Noir. Le faltan
unos cien metros por recorrer; al paso que va, tardar
lo menos diez minutos, diez minutos durante los cuales
me quedar as, mirndola, con la frente pegada al
vidrio. Se detendr veinte veces, seguir, se detendr...
Veo el porvenir. Est all, en la calle, apenas ms
plido que el presente. Qu necesidad tiene de
realizarse? Qu ganar con ello? La vieja se va
cojeando, se detiene, tira de una mecha gris que le
asoma por debajo de la paoleta. Camina; estaba all,
ahora est aqu... No s dnde ando: veo sus gestos
o los preveo? Ya no distingo el presente del futuro, y
sin embargo esto dura, se realiza poco a poco; la vieja
avanza por la calle desierta, desplaza sus grandes
zapatos de hombre. As es el tiempo, el tiempo desnudo;
viene lentamente a la existencia, se hace esperar y
cuando llega uno siente asco porque cae en la cuenta
de que haca mucho que estaba all. La vieja se acerca
a la esquina de la calle, ahora slo es un montoncito
de trapos negros. Bueno, s, lo acepto, esto es nuevo,
no estaba ah hace un instante. Pero es una novedad
descolorida, desflorada, que nunca puede sorprender.
Va a doblar la esquina, dobla... durante una eternidad.
Me arranco a la ventana y recorro el cuarto
vacilando; me quedo pegado al espejo, me miro, me
hasto: otra eternidad. Finalmente escapo a mi imagen
y me desplomo sobre la cama. Miro el techo, quisiera
dormir.
Calma. Calma. Ya no siento el deslizamiento, los

roces del tiempo. Veo imgenes en el techo. Mano
redondeles de luz, luego cruces. Mariposean. Y
despus se forma otra imagen; sta, en el fondo de
mis ojos. Es un animal grande, arrodillado. Veo sus
patas delanteras y su albarda. El resto es borroso. Sin
embargo lo reconozco: es un camello que vi en
Marruecos, atado a una piedra. Se haba arrodillado e
incorporado seis veces seguidas; los chicos rean y lo
excitaban con la voz.
Hace dos aos era maravilloso: me bastaba cerrar
los ojos; en seguida me zumbaba la cabeza como una
colmena, vea rostros, rboles, casas, una japonesa
desnuda lavndose en un tonel, un ruso muerto, junto
a un charco de sangre, brotada de una ancha herida
abierta. Recuperaba el gusto del alcuzcuz, el olor a
aceite que llena a medioda las calles de Burgos, el
olor a hinojo que flota en las de Tetun, los silbidos de
los pastores griegos; me senta conmovido. Hace
mucho tiempo que se ha gastado esta alegra.
Renacer hoy?
Un sol trrido se desliza rgidamente en mi cabeza
como una placa de linterna mgica. Le sigue un trozo
de cielo azul; despus de algunas sacudidas se
inmoviliza, estoy todo dorado por dentro. De qu da
marroqu (o argelino, o sirio) se desprendi de
improviso este esplendor? Me dejo caer en el pasado.
Meknes. Cmo era aquel montas que nos
asust en una callejuela, entre la mezquita berdana y
la plaza encantadora sombreada por una morera? Se
nos acerc, Anny estaba a mi derecha. O a mi

izquierda.
Ese sol y ese cielo eran un engao. Es la
centsima vez que me dejo atrapar. Mis recuerdos son
como las monedas en la bolsa del diablo: cuando uno
la abre, slo encuentra hojas secas.
Del montas no veo sino un gran ojo reventado,
lechoso. Y era de l ese ojo? El mdico que me
expona en Bak el principio de los abortaderos del
Estado, tambin era tuerto, y cuando quiero recordar
su rostro, aparece de nuevo ese globo blancuzco. Esos
dos hombres, como los nornes, slo tienen un ojo que
se pasan por turno.
El caso de la plaza de Meknes, donde sin embargo
iba todos los das, es an ms simple: ya no la veo. Me
queda la vaga sensacin de que era encantadora, y
estas cinco palabras indisolublemente unidas: una
plaza encantadora de Meknes. Sin duda, si cierro los
ojos o miro vagamente el techo, puedo reconstruir la
escena: un rbol a lo lejos, una forma oscura y
rechoncha se precipita hacia m. Pero estoy
inventndolo todo a mi gusto. El marroqu era alto y
seco: ciertos conocimientos abreviados permanecen
en mi memoria. Pero ya no veo nada; es intil que
hurgue en el pasado, slo saco restos de imgenes y
no s muy bien lo que representan, ni si son recuerdos
o ficciones.
Adems, hay muchos casos en que estos mismos
restos han desaparecido: no quedan sino palabras;
aun podra contar las historias, y contarlas demasiado
bien (en cuanto a la ancdota, no temo a nadie, salvo

a los oficiales de marina y a los profesionales), pero
son esqueletos. Se trata de un tipo que hace esto o
aquello, pero no soy yo, no tengo nada de comn con
l. El individuo recorre pases que no conozco mejor
que si nunca hubiese ido. A veces acierto a pronunciar
en mi relato esos hermosos nombres que se leen en
los atlas: Aranjuez o Canterbury. Provocan en m
imgenes nuevas, como las que conciben, segn sus
lecturas, las personas que nunca han viajado; sueo
basndome en palabras, eso es todo.
Para cien historias muertas quedan, sin embargo,
una o dos historias vivas. Las evoco con precaucin, a
veces, no con demasiada frecuencia, por temor de
gastarlas. Pesco una, vuelvo a ver la decoracin, los
personajes, las actitudes. De pronto me detengo: sent
el deterioro, vi apuntar una palabra bajo la trama de las
sensaciones. Adivino que esta palabra pronto ocupar
el lugar de varias imgenes que me gustan. En seguida
me detengo, pienso rpido en otra cosa; no quiero
fatigar mis recuerdos. Es intil; la prxima vez que los
evoque, una buena, parte se habr cuajado.
Insino un vago movimiento para levantarme, para
ir a buscar mis fotos de Meknes, en la caja que met
debajo de la mesa. Para qu? Esos afrodisacos ya
no tienen efecto sobre mi memoria. El otro da encontr,
bajo un secante, una pequea foto empalidecida. Una
mujer sonrea junto a un estanque. Contempl un
momento a esta persona sin reconocerla. Despus le,
en el reverso: Anny, Portsmouth, abril 7, 27.
Nunca sent como hoy la impresin de carecer

de dimensiones secretas, de estar limitado a mi cuerpo,
a los pensamientos ligeros que suben de l como
burbujas. Construyo mis recuerdos con el presente.
Estoy desechado, abandonado en el presente. En vano
trato de alcanzar el pasado; no puedo escaparme.
Llaman. Es el Autodidacto; lo haba olvidado. Le
promet mostrarle mis fotos de viaje. Que el diablo se lo
lleve.
Se sienta en una silla; sus nalgas tensas tocan el
respaldo, y el busto rgido se inclina hacia adelante.
Salto de la cama y enciendo la luz.
Por qu, seor? Estbamos muy bien..
No para ver fotografas...
No sabe qu hacer con el sombrero; se lo quito.
Es verdad, seor? Quiere usted
mostrrmelas?
Pero naturalmente.
Esto es calculado: espero que se callar mientras
las mire. Me meto debajo de la mesa, empajo la caja
contra sus zapatos lustrados, deposito en sus rodillas
una brazada de tarjetas postales y fotos: Espaa y el
Marruecos espaol.
Pero bien veo en su semblante risueo y abierto
que me equivoqu al contar con reducirlo a silencio.
Echa una ojeada a una vista de San Sebastin, tomada
desde el monte Igueldo, la deja con precaucin sobre
la mesa, y permanece silencioso un instante. Despus
suspira:
Ah, seor! Qu suerte la suya. Si es cierto lo
que dicen, los viajes son la mejor escuela. Opina usted

lo mismo, seor?
Hago un gesto vago. Afortunadamente no ha
terminado.
Ha de ser una conmocin tan grande. Me parece
que si alguna vez tuviera que hacer un viaje, antes de
partir consignara por escrito los menores rasgos de
mi carcter, para poder comparar, a la vuelta, lo que
era y lo que he llegado a ser. He ledo que algunos
viajeros haban cambiado tanto, en lo fsico y en lo
moral, que a su regreso los parientes ms cercanos
no los reconocan.
Manosea distrado un gran paquete de
fotografas. Toma una y la pone sobre la mesa sin
mirarla; despus contempla con intensidad la foto
siguiente, que representa un San Jernimo esculpido
en un pulpito de la catedral de Burgos.
Vio usted ese Cristo en piel de animal que
est en Burgos?. Hay un libro muy curioso, seor,
sobre esas estatuas en piel de animal, y hasta en piel
humana. Y la Virgen negra? No est en Burgos?
Est en Zaragoza? Pero no hay acaso una en
Burgos? Los peregrinos la besan, no es cierto? Quiero
decir, la de Zaragoza. Y hay una huella de su pie en
una losa? Que est en un agujero? Y las madres
empujan all a sus hijos?
Rgido, empuja con las dos manos a un nio
imaginario. Se dira que rechaza los presentes de
Artajerjes.
Ah, las costumbres, seor, qu... qu curioso.
Un poco sofocado, me apunta con su quijada de

asno. Huele a tabaco y a agua estancada. Sus
hermosos ojos extraviados brillan como globos de
fuego, y sus escasos cabellos le nimban el crneo como
de vapor. Bajo ese crneo, samoyedos, niam-niams,
malgaches, fueguinos, celebran las ms extraas
solemnidades, comen a sus ancianos padres, a sus
hijos, giran sobre s mismos al son del tamtam hasta
desvanecerse, se entregan al frenes del amok, queman
a sus muertos, los exponen sobre los techos, los
abandonan a la corriente en barcas iluminadas por
antorchas, se acoplan al azar, madre e hijo, padre e
hija, hermano y hermana, se mutilan, se castran, se
distienden los labios con platos, se hacen tatuar en los
riones animales monstruosos.
Puede decirse, con Pascal, que la costumbre
es una segunda naturaleza?
Clava sus ojos en los mos, implora una respuesta:
Segn digo.
Respira.
Es lo que yo me deca, seor. Pero desconfo
de m mismo; se necesitara haberlo ledo todo.
Pero a la fotografa siguiente, es el delirio. Lanza
un grito de gozo.
Segovia! Segovia! Yo he ledo un libro sobre
Segovia.
Agrega, con cierta nobleza:
Seor, ya no recuerdo el nombre del autor. A
veces tengo distracciones. Na... No... Nod...
Imposible le digo vivamente , est usted
en Lavergne.

Lamento en seguida mis palabras; despus de
todo nunca me habl de este mtodo de lectura; ha de
ser un delirio secreto. En efecto, queda desconcertado,
y se le hinchan los gruesos labios, con aire llorn.
Luego baja la cabeza y mira unas diez postales sin
decir palabra.
Pero al cabo de treinta segundos, veo que un
poderoso entusiasmo lo colma y que va a reventar si
no habla:
Cuando termine mi instruccin (todava calculo
seis aos ms), me unir, si me lo permiten, a los
estudiantes y profesores que hacen un crucero anual
al Cercano Oriente. Quisiera aclarar ciertos
conocimientos dice con uncin y adems, me
gustara que me sucedieran cosas inesperadas,
nuevas, aventuras, para decirlo de una vez.
Ha bajado la voz; tiene un gesto pcaro.
Qu clase de aventuras?le pregunto,
asombrado.
De todas clases, seor. Usted se equivoca de
tren. Baja en una ciudad desconocida. Pierde la valija,
lo detienen por error, pasa la noche en la crcel. Seor,
creo que la aventura puede definirse as: un
acontecimiento que sale de lo ordinario sin ser
forzosamente extraordinario. Se habla de la magia de
las aventuras. Le parece justa esta expresin? Quisiera
hacerle una pregunta, seor.
Qu?
Se ruboriza y sonre.
Tal vez sea indiscreta.

No importa, diga.
Se inclina hacia m y pregunta, con los ojos
entrecerrados:
Ha tenido usted muchas aventuras, seor?
Respondo maquinalmente:
Algunas, echndome hacia atrs, para evitar
su aliento pestfero.
S, lo dije maquinalmente, sin pensarlo. En efecto,
por lo general ms bien me enorgullezco de haber tenido
tantas aventuras. Pero hoy, en cuanto pronuncio estas
palabras, siento una gran indignacin contra m mismo:
me parece que miento, que en mi vida he tenido la
menor aventura, o mejor, ni siquiera s qu quiere decir
esa palabra. Al mismo tiempo pesa sobre mis hombros
el mismo desaliento que me asalt en Hanoi, hace cerca
de cuatro aos, cuando Mercier me apremiaba para
que me uniera a l, y yo, sin contestar, miraba fijo una
estatuita kmer. Y la IDEA, esa gran masa blanca que
tanto me desagrad entonces, est ah; no haba vuelto
a verla durante estos cuatro aos.
Podra preguntarle...?dice el Autodidacto.
Diantre! Que le cuente una de esas famosas
aventuras. Pero ya no quiero decir una palabra sobre
el tema.
Ah digo inclinado sobre sus hombros
estrechos, y apoyando el dedo en una foto, ah est
Santillana, el pueblo ms lindo de Espaa.
Santillana, el pueblo de Gil Blas? No cre que
existiera. Ah, seor, qu provechosa es su
conversacin! Bien se ve que usted ha viajado.

Acompao al Autodidacto hasta la puerta, despus
de atiborrar sus bolsillos de tarjetas postales, grabados
y fotos. Se fue encantado; apagu la luz. Ahora estoy
solo. Completamente solo, no. Todava delante de m
est esa idea que aguarda. Permanece ah, hecha un
ovillo como un gran gato; no explica nada, no se mueve,
se contenta con decir que no. No, no he tenido
aventuras.
Lleno la pipa, la enciendo, me recuesto en la cama
con un abrigo sobre las piernas. Lo que me asombra
es sentirme tan triste y tan cansado. Aunque fuera cierto
que nunca tuve aventuras, qu puede importarme?
Ante todo, me parece que es pura cuestin de palabras.
El asunto de Meknes, por ejemplo, en el que pensaba
hace un rato: un marroqu me salt encima y quiso
atacarme con una gran navaja. Pero yo le asest un
puetazo debajo de la sien... Empez a gritar en rabe
y apareci una caterva de piojosos que nos persiguieron
hasta el souk Attarin. Bueno, puede drsele el nombre
que se quiera, pero de todos modos es un hecho que
me sucedi.
Est completamente oscuro y no s muy bien si
mi pipa sigue encendida. Pasa un tranva: relmpago
rojo en el cielo raso. Despus, un coche pesado que
hace temblar la casa. Han de ser las seis.
No he tenido aventuras. Me sucedieron historias,
acontecimientos, incidentes, todo lo que se quiera. Pero
no aventuras. No es cuestin de palabras; comienzo a

comprender. Hay algo que, sin darme cuenta, me
interesaba ms que nada. No era el amor, Dios mo,
no, ni la gloria, ni la riqueza... Era... En fin, me imagin
que en ciertos momentos mi vida poda adquirir una
cualidad rara y preciosa. No se necesitaban
circunstancias extraordinarias; yo peda exactamente
un poco de rigor. Mi vida actual nada tiene de muy
brillante; pero de vez en cuando, por ejemplo al
escuchar msica en los cafs, yo miraba hacia atrs
y me deca; en otros tiempos, en Londres, en Meknes,
en Tokio conoc momentos admirables, tuve aventuras.
Esto es lo que me quitan. Acabo de saber de pronto,
sin razn aparente, que me he mentido durante diez
aos. Las aventuras estn en los libros. Y naturalmente,
todo lo que se cuenta en los libros puede suceder de
veras, pero no de la misma manera. Era esa manera
de suceder lo que me interesaba tanto.
Ante todo, los comienzos deberan haber sido
verdaderos comienzos. Ay! Ahora veo tan bien lo que
quise. Verdaderos comienzos, que aparecieran como
sones de trompeta, como las primeras notas de una
msica de jazz, bruscamente, cortando de golpe el
hasto, consolidando la duracin; esas noches
excepcionales en que uno dice: Paseara si fuera una
noche de mayo. Salimos, acaba de aparecer la luna,
estamos ociosos, vacantes, un poco vacos. Y de golpe,
pensamos: Algo ha sucedido. Cualquier cosa: un
ligero crujido en la sombra, una silueta ligera que cruza
la calle. Pero ese acontecimiento ftil no se asemeja a
los otros; en seguida vemos que precede una gran

forma cuyo dibujo se pierde en la bruma, y entonces
nos decimos: Algo comienza.
Algo comienza para terminar: la aventura no
admite aadidos; slo cobra sentido con su muerte.
Hacia esta muerte, que acaso sea tambin la ma, me
veo arrastrado irremisiblemente. Cada instante aparece
para traer los siguientes. Me aferr a cada instante
con toda el alma; s que es nico, irreemplazable, y
sin embargo no movera un dedo para impedir su
aniquilacin. El ltimo minuto que paso en Berln, en
Londres en brazos de una mujer conocida la
antevspera minuto que amo apasionadamente, mujer
que estoy a punto de amar, terminar, lo s. En
seguida partir a otro pas. Nunca recuperar esta
mujer, ni esta noche. Me inclino sobre cada segundo,
trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para
siempre en m, nada, ni la ternura fugitiva de esos
hermosos ojos, ni los ruidos de la calle, ni la falsa
claridad del alba; y sin embargo, el minuto transcurre
y no lo retengo; me gusta que pase.
Y entonces de pronto algo se rompe. La aventura
ha terminado, el tiempo recobra su blandura cotidiana.
Me vuelvo; detrs de m, la hermosa forma meldica
se hunde entera en el pasado. Disminuye; al declinar
se contrae, ahora el fin y el comienzo son una sola
cosa. Al seguir con los ojos ese punto de oro, pienso
que aunque hubiese estado a punto de morir, de
perder una fortuna, un amigo aceptara revivirlo todo,
en las mismas circunstancias, de cabo a rabo. Pero
una aventura no se empieza de nuevo, ni se prolonga.

S, eso es lo que yo quera, ay, eso es lo que
todava quiero. Siento tanta dicha cuando una negra
canta; qu cimas alcanzara si mi propia vida
constituyera la materia de la meloda.
La Idea, la innominable, sigue ah. Aguarda
apaciblemente. Ahora parece decir:
S? Eso es lo que queras? Bueno, es eso,
precisamente, lo que nunca has tenido (recuerda: te
engaabas con palabras; llamabas aventuras al oropel
de viajes, amores de prostitutas, rias, baratijas), y lo
que nunca tendrs, ni t ni nadie.
Pero por qu? POR QU?
Sbado, medioda.
El Autodidacto no me ha visto entrar en la sala de
lectura. Estaba sentado a la punta de la mesa del fondo;
tena un libro delante, pero no lea. Miraba sonriendo a
su vecino de la derecha, un colegial grasiento que
frecuenta la biblioteca. El otro se dej contemplar un
momento, y bruscamente le sac la lengua haciendo
una mueca horrible. El Autodidacto enrojeci, meti
precipitadamente la nariz en el libro y se absorbi en
la lectura.
He vuelto a mis reflexiones de ayer. Estaba
agostado; me daba lo mismo que no hubiera aventuras.
Mi nica curiosidad era saber si no poda haberlas.
He pensado lo siguiente: para que el suceso ms
trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente
contarlo. Esto es lo que engaa a la gente; el hombre

es siempre un narrador de historias; vive rodeado de
sus historias y de las ajenas, ve a travs de ellas todo
lo que le sucede; y trata de vivir su vida como si la
contara.
Pero hay que escoger: o vivir o contar. Por
ejemplo, cuando estuve en Hamburgo con aquella Erna
de quien yo desconfiaba y que me tema, llev una
vida extraa. Pero estaba metido, y no lo pensaba. Y
una noche, en un pequeo caf de San Pauli, Erna
me dej para ir al lavabo. Me qued solo; un fongrafo
tocaba Blue Sky. Empec a contarme lo que haba
pasado desde mi desembarco. Me dije: La tercera
noche, al entrar en un dancing llamado la Gruta Azul,
vi a una mujer alta, medio borracha. Y a esa mujer
estoy esperando, y vendr a sentarse a mi derecha, y
rodear mi cuello con sus brazos. Entonces sent con
violencia que tena una aventura. Pero Erna volvi, se
sent a mi lado, rode mi cuello con sus brazos y la
detest sin saber bien por qu. Ahora comprendo: haba
que empezar a vivir de nuevo, y la impresin de aventura
acababa de desvanecerse.
Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados
cambian, la gente entra y sale, o es todo? Nunca hay
comienzos. Los das se aaden a los das sin ton ni
son, en una suma interminable y montona. De vez en
cuando, se saca un resultado parcial; uno dice: hace
tres aos que viajo, tres aos que estoy en Bouville.
Tampoco hay fin: nunca nos abandonamos de una vez
a una mujer, a un amigo, a una ciudad. Y adems,
todo se parece: Shangai, Mosc, Argel, al cabo de

quince das son iguales. Por momentos rara vez
se hace el balance, uno advierte que est pegado a
una mujer, que se ha metido en una historia sucia.
Dura lo que un relmpago. Despus de esto, empieza
de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y das.
Lunes, martes, mircoles. Abril, mayo, junio. 1924,
1925, 1926.
Esto es vivir. Pero al contar la vida, todo cambia;
slo que es un cambio que nadie nota; la prueba es
que se habla de historias verdaderas. Como si pudiera
haber historias verdaderas; los acontecimientos se
producen en un sentido, y nosotros los contamos en
sentido inverso. En apariencia se empieza por el
comienzo: Era una hermosa noche de otoo de 1922.
Yo trabajaba con un notario en Marommes. Y en
realidad se ha empezado por el fin. El fin est all,
invisible y presente; es el que da a esas pocas palabras
la pompa y el valor de un comienzo. Estaba paseando;
haba salido del pueblo sin darme cuenta; pensaba en
mis dificultades econmicas. Esta frase, tomada
simplemente por lo que es, quiere decir que el tipo
estaba absorbido, taciturno, a mil leguas de una
aventura, precisamente con esa clase de humor en
que uno deja pasar los acontecimientos sin verlos. Pero
ah est el fin que lo transforma todo. Para nosotros el
tipo es ya el hroe de la historia. Su taciturnidad, sus
dificultades econmicas son ms preciosas que las
nuestras: estn doradas por la luz de las pasiones
futuras. Y el relato prosigue al revs: los instantes han
cesado de apilarse a la buena de Dios unos sobre

otros, el fin de la historia los atrae, los atrapa, y a su
vez cada uno de ellos atrae al instante que lo precede.
Era de noche, la calle estaba desierta. La frase cae
negligentemente, parece superfina; pero no nos dejamos
engaar y la ponemos a un lado; es un dato cuyo valor
comprenderemos despus. Y sentimos que el hroe
ha vivido todos los detalles de esa noche como
anunciaciones, como promesas, y que slo viva las
promesas, ciego y sordo a todo lo que no anunciara la
aventura. Olvidamos que el porvenir todava no estaba
all; el individuo paseaba en una noche sin presagios,
que le ofreca en desorden sus riquezas montonas;
l no escoga. He querido que los momentos de mi
vida se sucedieran y ordenaran como los de una vida
recordada. Tanto valdra querer agarrar al tiempo por
la cola.
Domingo.
Esta maana haba olvidado que era domingo.
Sal y recorr las calles como de costumbre. Haba
llevado Eugnie Grandet. Y de pronto, al empujar la
verja del jardn pblico, tuve la impresin de que algo
me haca una sea. El jardn estaba solitario y desnudo.
Pero... cmo decirlo? No tena su aspecto ordinario;
me sonrea. Permanec un momento apoyado en la
verja y bruscamente comprend que era domingo.
Estaba all, en los rboles, en el csped, como una
ligera sonrisa. Era indescriptible; hubiera sido necesario
pronunciar muy rpido: Es un jardn pblico, en
invierno, una maana de domingo.
Solt la verja, me volv hacia las casas y calles

burguesas, y dije a media, voz: Es domingo.
Es domingo; detrs de las drsenas, a lo largo
del mar, cerca del depsito de mercancas, en torno a
la ciudad hay cobertizos vacos y mquinas inmviles
en la sombra. En todas las casas, los hombres se
afeitan detrs de las ventanas; echan la cabeza hacia
atrs, miran ya el espejo, ya el cielo fro para saber si
har buen tiempo. Los burdeles se abren a los primeros
clientes, campesinos y soldados. En las iglesias, a la
luz de los cirios, un hombre bebe vino delante de
mujeres arrodilladas. En todos los suburbios, entre las
paredes interminables de las fbricas, largas filas
negras se han puesto en marcha, avanzan lentamente
al centro de la ciudad. Para recibirlas, las calles han
adquirido el aspecto de los das de motn: todos los
comercios, salvo los de la calle Tournebride, han bajado
las cortinas metlicas. Pronto las columnas invadirn
en silencio esas calles que se fingen muertas: primero
vendrn los ferroviarios de Tourville y sus mujeres, que
trabajan en las jaboneras de Saint Symphorin; despus
los pequeos burgueses de Jouxtebouville; despus los
obreros de las hilanderas Pinot; despus todos los
cambalacheros del barrio Saint Maxence; los hombres
de Thirache llegarn ltimos en el tranva de las once.
Pronto va a nacer la multitud de los domingos, entre
comercios acerrojados y puertas cerradas.
Un reloj da las diez y media y me pongo en camino;
el domingo a esta hora Bouville presenta un espectculo
de calidad, pero no hay que llegar demasiado tarde
despus de la salida de la misa mayor.

La callecita Josphin-Soulary est muerta, huele
a stano. Pero, como todos los domingos, la llena un
ruido suntuoso, un ruido de marea. Doblo en la calle
Prsident Chaman, con casas de tres pisos y largas
persianas blancas. Esta calle de notarios est poseda
por el voluminoso rumor del domingo. En el pasaje Gillet
el ruido crece an ms y lo reconozco: es un ruido de
hombres. Luego, de improviso, a la izquierda, se
produce como un estallido de luz y sones. He llegado:
sta es la calle Tournebride; me basta situarme entre
mis semejantes y ver cmo cambian sombrerazos los
seores.
Hace apenas sesenta aos nadie se hubiera
atrevido a prever el milagroso destino de la calle
Tournebride, llamada hoy el pequeo Prado por los
habitantes de Bouville. He visto un plano con fecha de
1847, donde ni siquiera figuraba. Deba de ser entonces
un callejn negro y hediondo, con una zanja por donde
corran cabezas y tripas de pescado entre las piedras.
Pero a fines de 1873, la Asamblea nacional declar de
utilidad pblica la construccin de una iglesia en la
colina de Montmartre. Pocos meses despus, la mujer
del alcalde de Bouville tuvo una aparicin; Santa Cecilia,
su patrona, la amonest. Era tolerable que la flor y
nata de Bouville se enlodara todos los domingos para
ir a Saint-Ren o Saint-Claudien a or misa con los
tenderos? No haba dado el ejemplo la Asamblea
nacional? Bouville tena, en la actualidad, por causa
de la proteccin celestial una situacin econmica de
primer orden; no convena edificar una iglesia en

accin de gracias al Seor?
Estas visiones fueron bien recibidas; el Consejo
municipal realiz una sesin y el obispo acept
encargarse de las suscripciones. Faltaba escoger el
emplazamiento. Las viejas familias de comerciantes y
armadores opinaban que el edificio deba levantarse
en la cima del Coteau Vert, donde ellos vivan, para
que Santa Cecilia velara sobre Bouville como el Sagrado
Corazn de Jess sobre Pars. Los nuevos seores
del bulevar Maritime, poco numerosos todava, pero
muy ricos, se hicieron rogar: daran lo necesario, pero
la iglesia se construira en la plaza Marignan; si pagaban
una iglesia, crean tener derecho a usarla; no les
importaba hacer sentir su podero a esa altiva burguesa
que los trataba como si fueran advenedizos. El obispo
imagin un arreglo: la iglesia fue construida a medio
camino del Coteau Vert y del bulevar Maritime, en la
plaza de la Halle-aux-Mornes, a la cual bautizaron plaza
Sainte-Ccile-de-la-Mer. El monstruoso edificio,
terminado en 1887, cost nada menos que catorce
millones.
La calle Tournebride, ancha, pero sucia, y de mala
reputacin, hubo de ser enteramente reconstruida, y
sus habitantes fueron firmemente rechazados detrs
de la plaza Sainte-Ccile; el pequeo Prado se ha
convertido sobre todo los domingos por la maana
en lugar de reunin de los elegantes y notables.
Hermosos comercios se han ido abriendo, uno por uno,
al paso del gran mundo. Permanecen abiertos el lunes
de Pascua, toda la noche de Navidad los domingos

hasta medioda. Al lado de Julien, el salchichero, famoso
por sus pasteles calientes, el confitero Foulon expone
sus renombradas especialidades, admirables pastelillos
cnicos de manteca malva, coronados por una violeta
de azcar. En la vidriera del librero Dupaty se ven las
novedades de la casa Pin, algunas obras tcnicas,
como por ejemplo, una teora del Navo o un tratado
del Velamen, una gran historia ilustrada de Bouville y
ediciones de lujo elegantemente presentadas:
Koenigsmarck, encuadernado en cuero azul, Le livre
de mes fils de Paul Doumer, encuadernado en cuero
crudo con flores purpreas. Ghislaine Costura fina,
modelos de Pars, separa a Pigeois, el florista, de
Paquin, el anticuario. El peinador Gustave, con sus
cuatro manicuras, ocupa el primer piso de un inmueble
nuevo, pintado de amarillo.
Hace dos aos, en la esquina del callejn des
Moulins-Gmeneaur y de la calle Tournebride, una
impdica tiendita exhiba an una propaganda del Tupu-
nez, producto insecticida. Haba florecido en los
tiempos en que se pregonaba el bacalao en la plaza
Sainte-Ccile; tena cien aos. Los vidrios de la portada
rara vez estaban limpios; haba que hacer un esfuerzo
para distinguir, a travs del polvo y el vapor, una multitud
de pequeos personajes vestidos con jubones color de
fuego, que figuraban ratas y ratones. Los animales
desembarcaban de un navo de alto bordo, apoyados
en bastones; apenas tocaban tierra, una campesina
coquetonamente vestida, pero lvida y negra de grasa,
los pona en fuga rocindolos con Tu-pu-nez. Me

gustaba mucho esta tienda, tena un aire cnico y
obstinado; recordaba con insolencia los derechos de
los parsitos y la grasa a dos pasos de la iglesia ms
costosa de Francia.
La vieja herborista muri el ao pasado y su
sobrino ha vendido la casa. Bast derribar unas
paredes; ahora es una salita de conferencias, La
Bombonera. El ao pasado Henry Bordeaux dio una
charla sobre alpinismo.
Por la calle Tournebride no hay que ir con prisa;
las familias caminan lentamente. A veces se gana una
fila porque toda una familia ha entrado en casa de
Foulon o de Pigeois. Pero en otros momentos, es
preciso detenerse y marcar el paso porque dos familias
que pertenecen, una a la columna ascendente y otra a
la columna descendente, se han encontrado y se toman
de las manos. Avanzo a pasos cortos. Mi cabeza domina
las dos columnas, y veo sombreros, un mar de
sombreros. En su mayora son negros y duros. De vez
en cuando se ve uno que vuela en la punta de un brazo
y descubre el tierno espejeo de un crneo; despus
de unos instantes de vuelo pesado, se posa. En la calle
Tournebride 16, el sombrerero Urbain, especialista en
quepis, hace planear como un smbolo un inmenso
sombrero rojo de arzobispo cuyas borlas de oro penden
a dos metros del suelo.
Se produce un alto; acaba de formarse un grupo
justo debajo de las borlas. Mi vecino espera sin
impaciencia, con los brazos colgando; creo que este
viejecito, plido y frgil como una porcelana, es Coffier,

el presidente de la Cmara de Comercio. Segn
parece, intimida mucho porque nunca dice nada. Vive
en lo alto del Coteau Vert, en una gran casa de ladrillos
cuyas ventanas estn siempre abiertas de par en par.
Se acab; el grupo se ha disgregado; reanuda la
marcha. Acaba de formarse otro, pero ocupa menos
lugar; no bien constituido se aprieta contra el escaparate
de Ghislaine. La columna ni siquiera se detiene; apenas
se aparta un poco; desfilamos frente a seis personas
tomadas de las manos: Buenos das, seor, buenos
das estimado seor, cmo est usted; pero cbrase,
seor, tomar fro; gracias, seora, es que no hace
calor. Querida, te presento al doctor Lefranois; doctor,
encantada de conocerlo, mi marido siempre me habla
del doctor Lefranois que tan bien lo ha atendido, pero
cbrase, doctor, este fro le har dao. Pero el doctor
se curara en seguida; ay, seora, los mdicos son los
que estn peor atendidos; el doctor es un msico
notable. Dios mo, doctor, no lo saba; toca usted el
violn? El doctor tiene mucho talento.
El viejecito que est a mi lado es seguramente
Coffier; una de las mujeres del grupo, la morena, lo
devora con los ojos mientras sonre al doctor. Como si
pensara: Ah est el seor Coffier, el presidente de la
Cmara de Comercio; qu aspecto intimidador, dicen
que es tan fro. Pero M. Coffier no se digna ver nada:
stas son gentes del bulevar Maritime, no pertenecen
al gran mundo. Desde que vengo a esta calle a ver los
sombrerazos del domingo, he aprendido a distinguir
las gentes del bulevar y las del Coteau. Cuando un tipo

lleva un abrigo nuevecito, un sombrero flexible, una
camisa deslumbradora, cuando desplaza aire, no es
posible equivocarse: es del bulevar Maritime. Las gentes
del Coteau Vert se distinguen por un no s qu miserable
y abatido. Tienen los hombros estrechos y un aire de
insolencia en sus caras gastadas. Jurara que ese
seor gordo que lleva a un nio de la mano, pertenece
al Coteau; su rostro es gris y su corbata est anudada
como un cordel.
El seor gordo se nos acerca; mira fijo a M.
Coffier. Pero poco antes de cruzarse con l, desva la
cabeza y se pone a bromear paternalmente con su
hijo, clavando los ojos en sus ojos, como un pap cabal;
y de pronto, volvindose con presteza hacia nosotros,
echa una viva ojeada al viejecito y hace un saludo
amplio y seco, con un ademn circular. El muchachito,
desconcertado, no se ha descubierto; es un asunto de
personas mayores.
En el ngulo de la calle Basse-de-Vieille nuestra
columna tropieza con una columna de fieles que salen
de misa; unas diez personas chocan y se saludan
arremolinndose, pero los sombrerazos son demasiado
rpidos para que pueda detallarlos; por encima de esta
multitud gorda y plida, la iglesia Sainte-Ccile yergue
su monstruosa masa blanca: blanco de tiza sobre un
cielo oscuro; detrs de esas murallas resplandecientes,
retiene en sus flancos un poco del negro de la noche.
La marcha se reanuda en un orden ligeramente
modificado. M. Coffier ha quedado detrs de m. Una
seora de azul marino se pega a mi costado derecho.

Viene de misa. Guia los ojos, un poco deslumbrada
por la maana. Ese seor que camina delante de ella y
que tiene una nuca tan delgada, es su marido.
En la otra acera, un seor que lleva a su mujer
del brazo acaba de susurrarle unas palabras al odo y
se ha puesto a sonrer. En seguida ella despoja
cuidadosamente de toda expresin su cara cremosa y
da unos pasos como ciega. Esos signos no engaan:
van a saludar. En efecto, al cabo de un instante el
seor echa la mano al aire. Cuando sus dedos estn
prximos al fieltro, vacilan un segundo antes de posarse
delicadamente. Mientras levanta con suavidad el
sombrero, bajando un poco la cabeza para ayudar la
extraccin, su mujer da un saltito grabando en su rostro
una sonrisa juvenil. Una sombra los domina
inclinndose; pero sus dos sonrisas gemelas no se
borran en seguida; permanecen unos instantes en sus
labios, por una especie de remanencia. Cuando el seor
y la seora se cruzan conmigo, han recobrado su
impasibilidad pero todava les queda un aire alegre en
torno a la boca.
Se acab; la multitud es menos densa, los
sombrerazos escasean, las vidrieras de los comercios
han perdido exquisitez; estoy al final de la calle
Tournebride. Voy a cruzar y remontar la calle por la
otra acera? Creo que ya tengo bastante; ya he visto
bastantes crneos rosados, caras menudas,
distinguidas, borrosas. Cruzar la plaza Marignan. Al
extirparme con precaucin de la columna, una cabeza
de verdadero seor surge, muy cerca de un sombrero

negro. Es el marido de la seora de azul marino. Ah!
Qu hermoso crneo largo de dolicocfalo, con pelo
corto y duro, qu bello bigote americano con hilos de
plata. Y sobre todo la sonrisa, la admirable sonrisa
cultivada. Tambin hay unos lentes en alguna parte,
sobre una nariz.
El marido se volva hacia la mujer y le deca:
Es un nuevo dibujante de la fbrica. Me
pregunto qu puede hacer aqu. Es un buen muchacho,
tmido; me divierte.
Contra el espejo del salchichero Julien, el joven
dibujante que acaba de cubrirse, ruborizado todava,
con los ojos bajos, el semblante obstinado, guarda todas
las apariencias de una intensa voluptuosidad. Es el
primer domingo, no cabe duda, que se atreve a cruzar
la calle Tournebride. Parece un chico de primera
comunin. Ha anudado las manos detrs de la espalda
y vuelve el rostro con una expresin de pudor realmente
excitante; mira, sin verlas, cuatro salchichas delgadas,
brillantes de gelatina que se extienden sobre un aderezo
de perejil.
Una mujer sale de la salchichera y lo toma del
brazo. Es su esposa, muy joven a pesar de su piel
gastada. Puede rondar por los alrededores de la calle
Tournebride, nadie la tomar por una seora; la traiciona
el brillo cnico de sus ojos, su aire razonable y
entendido. Las verdaderas seoras no conocen el
precio de las cosas; gustan de las hermosas locuras;
sus ojos son bellas flores cndidas, flores de
invernculo.

Al dar la una llego a la cervecera Vzelise. All
estn los viejos, como de costumbre. Dos de ellos han
empezado a comer. Hay cuatro jugando a la malilla
mientras beben el aperitivo. Los otros estn de pie y
los miran jugar, mientras les preparan los cubiertos. El
ms alto, de barba caudalosa, es agente de cambio.
Otro es comisario jubilado de la Inscripcin Martima.
Comen y beben como a los veinte aos. El domingo se
hartan de chucrut. Los recin llegados interpelan a los
otros que ya estn comiendo:
Bueno, siempre el chucrut dominical?
Se sientan y suspiran, a sus anchas:
Mariette, nena, un medio litro sin cuello y un
chucrut.
Esta Mariette es una bribona. Cuando me siento
a la mesa del fondo, un viejo color escarlata se pone a
toser de furor. Mariette le sirve un vermut.
Srvame un poco ms, vamos dice tosiendo.
Pero ella tambin se enfada; no haba terminado
de servir:
Pero djeme servirle, quin le ha dicho algo?
Usted es de los que contestan antes de que les
pregunten.
Los otros se echan a rer.
Triunfo!
Al ir a sentarse, el agente de cambio toma a
Mariette de los hombros:
Hoy es domingo, Mariette. Esta tarde va al

cine con su galn?
Ah, cmo no! Hoy tiene franco Antoinette. En
cuanto al galn, yo me pago la juerga.
El agente de cambio se sienta frente a un viejo
afeitado, de semblante afligido. El viejo afeitado empieza
en seguida un animado relato. El agente de cambio no
lo escucha: hace muecas y se mesa la barba. Nunca
se escuchan.
Reconozco a mis vecinos: son pequeos
comerciantes de la vecindad. El domingo la criada tiene
salida. Entonces vienen aqu y se instalan siempre
en la misma mesa. El marido come una hermosa costilla
rosada de buey. La mira de cerca y resopla de vez en
cuando. La mujer mordisquea de su plato. Es una rubia
fuerte, cuarentona, de mejillas rojas y algodonosas.
Tiene hermosos senos duros bajo la blusa de raso. Se
bebe, como un hombre, su botella de Burdeos tinto en
cada comida.
Voy a leer Eugnie Grandet. No es que me guste
mucho, pero hay que hacer algo. Abro el libro al azar:
madre e hija hablan del amor incipiente de Eugnie:
Eugnie le bes la mano, diciendo:
Qu buena eres, mam querida!
Estas palabras hicieron resplandecer el viejo
rostro materno, ajado por largos dolores.
Te parece bien? pregunt Eugnie.
Mme. Grandet respondi con una sonrisa, y
despus de guardar silencio, dijo, en voz baja:
Entonces, ya lo quieres? Estara mal.

Mal?replic Eugnie. Por qu? Si te
gusta, si le gusta a Nanon, por qu no haba de
gustarme? Mira, mam, pongamos la mesa para el
almuerzo.
Dej su labor; la madre hizo otro tanto,
dicindole:
Ests loca.
Pero se complaci en justificar la locura de su
hija, compartindola.
Eugnie llam a Nanon.
Qu ms quiere usted, seorita?
Nanon, habr crema para el medioda?
Ah, para el medioda s respondi la vieja
criada.
Bueno, dale caf bien cargado; he odo decir
a M. des Grassins que el caf se hace muy cargado
en Pars. Ponle mucho.
Y de dnde quiere usted que lo saque?
Cmpralo.
Y si el seor me encuentra?
Est en sus prados.
Mis vecinos haban guardado silencio desde mi
llegada, pero de pronto la voz del marido me saca de
mi lectura.
El marido, con aire divertido y misterioso:
Dime, has visto?
La mujer se sobresalta y lo mira, saliendo de un
sueo. l come y bebe; luego prosigue, con el mismo
aire misterioso:

Ah, ah!
Silencio; la mujer vuelve a su sueo. De pronto
se estremece y pregunta: Qu dices? Suzanne,
ayer.
Ah, s dice la mujer, haba ido a ver a Vctor.
Qu te haba dicho yo? La mujer rechaza el plato
con gesto impaciente. Eso no est bien.
Las bolitas de carne gris que ha escupido
guarnecen el borde del plato. El marido contina su
idea.
Esa mujercita...
Se calla y sonre vagamente. Frente a nosotros,
el viejo agente de cambio acaricia el brazo de Mariette
soplando un poco. Al cabo de un momento:
Yo te lo dije el otro da.
Qu me habas dicho?
Vctor, que ella ira a verlo. Qu hay? 
pregunta bruscamente con semblante espantado. No
te gusta
No est bien.
Ya no es as dice l con importancia, ya
no es como en tiempos de Hcart. Sabes dnde est
Hcart?
Est en Domremy, no?
S, quin te lo dijo?
T; me lo dijiste el domingo.
Ella come una miga de pan que toma del mantel
de papel. Luego alisa con la mano el papel en el borde
de la mesa; vacilando dice:
Sabes? Te equivocas, Suzanne es ms...

Es posible, nenita, es posible responde l
distrado. Busca con la mirada a Mariette, le hace una
sea.
Hace calor.
Mariette se apoya familiarmente en el borde de la
mesa.
Oh, s hace calor dice la mujer, gimiendo,
una se ahoga aqu, y adems el buey no es bueno, se
lo dir al patrn, ya no es como antes, abra un poco el
postigo, Mariette.
El marido recobra su cara divertida:
Dime, no viste sus ojos?
Pero cundo, pichn?
l la remeda con impaciencia:
Pero cundo, pichn? Es muy tuyo: en verano,
cuando nieva.
Ayer, quieres decir? Ah, bueno!
El hombre re, mira a lo lejos, recita muy rpido,
con cierta aplicacin:
Ojos de gato que en las brasas
Est tan satisfecho que parece haber olvidado lo
que quera decir. Ella tambin se divierte, sin segunda
intencin.
Ja, ja, malo.
Le da unos golpecitos en el hombro.
Malo, malo.
El hombre repite con ms seguridad:
De gato que en las brasas
Pero la mujer ya no re:
No, de veras, t sabes que ella es seria.

El hombre se inclina, le cuchichea una larga
historia al odo. Ella permanece un momento con la
boca abierta, el rostro un poco tenso y risueo, como
quien va a desternillarse de risa; y bruscamente se
echa hacia atrs y le araa las manos.
No es cierto, no es cierto.
l dice, con aire razonable y pausado:
Escchame, nena, l lo dijo: si no fuera cierto,
por qu habra de decirlo?
No, no.
Pero si l lo dijo; escucha, supn...
Ella se echa a rer:
Me ro porque pienso en Ren.
El hombre tambin se re. La mujer sigue, en voz
baja e importante:
Entonces es que se dio cuenta el martes.
El jueves.
No, el martes, sabes, a causa de...
Ella dibuja en los aires una especie de elipse.
Largo silencio. El marido moja miga de pan en la
salsa. Mariette cambia los platos y les lleva tartas. Dentro
de un rato yo tambin pedir una tarta. De improviso la
mujer, un poco soadora, con una sonrisa orgullosa
algo escandalizada en los labios, dice, en voz lenta:
Oh, no, sabes!
Hay tanta sensualidad en la voz que l se
conmueve, le acaricia la nuca con su mano gorda.
Charles, quieto, me excitas, querido murmura
ella sonriendo, con la boca llena. Intento reanudar la
lectura:

Y de dnde quiere usted que lo saque?
Cmpralo.
Y si el seor me encuentra?
Pero todava oigo a la mujer que dice:
Mira, har rer a Marthe, voy a contrselo. Mis
vecinos se han callado. Despus de la tarta, Mariette
les ha llevado ciruelas pasas y la mujer est ocupada
en poner graciosamente los carozos en la cuchara. El
marido, mirando el techo, tamborilea una marcha en la
mesa. Parecera que su estado normal es el silencio,
y la palabra una fiebre ligera que les da de vez en
cuando.
Y de dnde quiere usted que lo saque?
Cmpralo.
Cierro el libro, me voy a pasear.
Cuando sal de la cervecera Vzelise eran cerca
de las tres; yo senta la tarde en todo mi cuerpo
entorpecido. No mi tarde: la de ellos, la que cien mil
bouvilleses iban a vivir en comn. A esa misma hora,
despus del copioso y largo almuerzo del domingo, se
levantaban de la mesa, y para ellos, algo estaba muerto.
El domingo haba gastado su ligera juventud. Era
necesario digerir el pollo y la tarta, vestirse para salir.
La campanilla del Cine Eldorado repicaba en el
aire claro. Esta campanilla a la luz del da es un ruido
familiar del domingo. Ms de cien personas hacan
cola a lo largo del muro verde. Esperaban vidamente
la hora de las dulces tinieblas, del relajamiento, del
abandono, la hora en que la pantalla, reluciente como
un guijarro blanco bajo el agua, hablara y soara por

ellas. Vano deseo: algo quedara contrado; era
demasiado el miedo de que les aguaran el hermoso
domingo. Dentro de un instante, como todos los
domingos, iban a sufrir una decepcin: el film sera
idiota, el vecino fumara en pipa y escupira entre sus
rodillas, o Lucien estara tan desagradable, sin una
palabra gentil, o, como si lo hiciera a propsito,
justamente hoy, por una vez que iban al cinematgrafo,
le reaparecera el dolor intercostal. Dentro de un
instante, como todos los domingos, pequeas cleras
sordas creceran en la sala oscura.
Segu por la tranquila calle Bressan. El sol haba
disipado las nubes, el tiempo era bueno. Una familia
acababa de salir de la villa La ola. La hija se abotonaba
los guantes en la acera. Poda tener treinta aos. La
madre, planuda en el primer peldao de la escalinata,
miraba hacia adelante, con aire seguro, respirando
ampliamente. Del padre, slo vea yo la espalda enorme.
Curvado sobre la cerradura, pona llave a la puerta. La
casa quedaba vaca y negra hasta que regresaran. En
las casas vecinas, ya acerrojadas y desiertas, los
muebles y los pisos crujan dulcemente. Antes de salir,
alguien haba apagado el fuego en la chimenea del
comedor. El padre alcanz a las dos mujeres, y la
familia sin decir una palabra, se puso en camino. A
dnde iban? El domingo se va al cementerio
monumental o de visita a casa de los parientes, o si
uno est del todo libre, a pasear por la Jete. Yo estaba
libre: camin por la calle Bressan que desemboca en
la Jete-Promenade.

El cielo era de un azul plido; un poco de humo,
algunos penachos; de vez en cuando una nube a la
deriva pasaba delante del sol. Vea a lo lejos la
balaustrada de cemento blanco que corre a lo largo de
la Jete-Promenade; el mar brillaba a travs de los
agujeros. La familia tom a la derecha, por la calle del
Aumnier-Hilaire, que trepa el Coteau Vert. Los vi subir
a pasos lentos; ponan tres manchas negras en el
cabrilleo del asfalto. Dobl a la izquierda y entr en la
multitud que desfilaba a la orilla del mar.
Era ms heterognea que a la maana. Pareca
como si todos esos hombres no hubieran tenido fuerzas
para sostener la hermosa jerarqua social de que tan
orgullosos estaban antes del almuerzo. Los comerciantes
y los funcionarios marchaban juntos; se dejaban codear
y hasta empujar y desplazar por pequeos empleados
de facha pobre. Las aristocracias, las lites, los grupos
profesionales se haban fundido en esa multitud tibia.
Eran hombres casi solos, que ya no representaban
nada.
Un charco de luz en la lejana era la baja mar.
Algunos escollos a flor de agua horadaban con sus
cabezas esa superficie de claridad. Sobre la arena
yacan barcas pesqueras, no lejos de los pegajosos
cubos de piedra arrojados en montn al pie de la
escollera para protegerla de las olas, formando agujeros
llenos de bichos. A la entrada del antepuerto, sobre el
cielo blanqueado por el sol, recortaba su sombra una
draga. Todas las tardes, hasta la medianoche, alla,
gime y marcha a una velocidad de todos los demonios.

Pero el domingo, los obreros pasean por tierra; slo
queda un guardin a bordo; la draga calla.
El sol era claro y difano: un vinito blanco. Su luz
rozaba apenas los cuerpos, dndoles sombras, no
relieve; los rostros y las manos eran manchas de oro
plido. Esos hombres de sobretodo parecan flotar
dulcemente a unas pulgadas del suelo. De vez en
cuando el viento empujaba hacia nosotros sombras
trmulas como agua; los rostros se apagaban un
instante, se ponan gredosos.
Era domingo; encajonada entre los balaustres y
las verjas de los chalets de recreo, la multitud se
derramaba en olitas para perderse en mil arroyos detrs
del gran hotel de la Compaa Transatlntica. Cuntos
nios! Nios en coche, en brazos, de la mano o
caminando de a dos, de a tres, delante de sus padres,
con gravedad fingida. Yo haba visto todos esos rostros
pocas horas antes, casi triunfantes, en la juventud de
una maana de domingo. Ahora, baados de sol, slo
expresaban calma, aflojamiento, una especie de
obstinacin.
Pocos gestos; todava algunos sombrerazos, pero
sin amplitud, sin la alegra nerviosa de la maana. Todos
se dejaban ir un poco hacia atrs, con la cabeza
levantada, mirando la lejana, abandonados al viento
que los empujaba hinchando sus abrigos. De vez en
cuando, una risa seca, pronto sofocada, el grito de
una madre, Jeannot, Jeannot, vn. Y despus, el
silencio. Ligero olor a tabaco rubio: son los empleados
que fuman. Salamb, Acha, cigarrillos del domingo.

En algunos rostros ms descuidados, cre leer un poco
de tristeza; pero no, esas gentes no estaban ni tristes
ni alegres; descansaban. Sus ojos muy abiertos y fijos,
reflejaban pasivamente el mar y e cielo. Dentro de un
rato, de regreso, beberan una taza de t en familia,
en la mesa del comedor. Por el momento, queran vivir
con el mnimo de gasto, economizar gestos, palabras,
pensamientos, hacer la plancha: tenan un solo da
para borrar las arrugas, las patas de gallo, los pliegues
amargos que deja el trabajo de la semana. Un solo da.
Sentan que los minutos se les deslizaban entre los
dedos; tendran tiempo de acumular bastante juventud
para empezar de nuevo el lunes por la maana?
Respiraban a pleno pulmn porque el aire del mar
vivifica; slo su aliento, regular y profundo como el de
las personas dormidas, demostraba que vivan. Yo
andaba con tiento, no saba qu hacer con mi cuerpo
duro y fresco, en medio de esa multitud trgica en
reposo.
El mar estaba ahora de color pizarra; suba
lentamente. A la noche habra marea alta; esa noche la
Jete-Promenade estara ms desierta que el bulevar
Noir. Hacia adelante y a la izquierda una luz roja brillara
en el canal.
El sol descenda lentamente sobre el mar.
Incendiaba al pasar la ventana de un chalet normando.
Una mujer en candilada se llev con aire cansado una
mano a los ojos y agit la cabeza.
Gaston, me encandila dijo ella con una
sonrisa vacilante.

Ah, es un lindo sol respondi el marido;
no calienta, pero sin embargo, da gusto.
Ella aade, volvindose hacia el mar:
Cre que podramos verla.
No hay ninguna posibilidad dice el hombre
, est al sol.
Deban de hablar de la isla Caillebotte, cuya punta
meridional tendra que haberse visto entre la draga y
el muelle del antepuerto.
La luz se suaviza. En esa hora inestable, algo
anunciaba la noche. El domingo haba pasado ya. Las
villas y la balaustrada gris parecan recuerdos muy
cercanos. Los rostros iban perdiendo uno a uno su
ocio; muchos se pusieron casi tiernos.
Una mujer encinta se apoyaba en un muchacho
rubio, de aspecto brutal.
All, all, mira dijo ella.
Qu?
All, all, las gaviotas.
El muchacho se encogi de hombros: no haba
gaviotas. El cielo estaba casi puro, un poco rosado en
el horizonte.
Las o. Escucha, gritan.
El hombre respondi:
Es algo que ha rechinado.
Brill un pico de gas. Cre que haba pasado el
farolero. Los nios lo acechan, pues l da la seal de
regreso. Pero era un ltimo reflejo del sol. El cielo
estaba claro an, pero la tierra se envolva en
penumbra. La multitud raleaba; se oa distintamente el

estertor del mar. Una mujer joven, apoyada con las dos
manos en la balaustrada, levant hacia el cielo su cara
azul, rayada de negro por la pintura de los labios. Me
pregunt un instante si no iba yo a amar a los hombres.
Pero despus de todo, era el domingo de ellos, no el
mo.
La primera luz encendida fue la del faro Caillebotte;
un muchachito se detuvo cerca de m y murmur con
semblante extasiado: Oh, el faro!
Entonces sent mi corazn colmado de un gran
sentimiento de aventura.
Doblo a la izquierda, y por la calle des Voiliers
llego al pequeo Prado. Han bajado las cortinas
metlicas de los escaparates. La calle Tournebride est
clara pero desierta, ha perdido su breve gloria matinal;
nada la distingue ya, a esta hora, de las calles vecinas.
Se ha levantado un viento bastante fuerte. Oigo crujir
el sombrero de lata del arzobispo.
Estoy solo, la mayora de los paseantes han
regresado a sus casas, leen el diario de la noche
mientras escuchan la radio. El domingo declinante les
ha dejado un gusto a ceniza, y piensan ya en el lunes.
Pero para m no hay ni lunes ni domingo; hay das que
se empujan en desorden, y de pronto, relmpagos como
ste.
Nada ha cambiado y sin embargo todo existe de
otra manera. No puedo describirlo; es como la Nusea
y sin embargo es justo lo contrario: al fin me sucede

una aventura, y cuando me interrogo veo que me
sucede que yo soy yo y que estoy aqu; soy yo quien
hiende la noche; me siento feliz como un hroe de
novela.
Algo va a producirse: en la sombra de la calle
Basse-de-Vieille hay algo que me aguarda; all, justo
en el ngulo de esta calle tranquila, comenzar mi vida.
Me veo avanzar, con un sentimiento de fatalidad. En la
esquina de la calle hay una especie de mojn blanco.
De lejos pareca todo negro, y a cada paso vira un
poco ms hacia el blanco. Ese cuerpo oscuro que se
aclara poco a poco me hace una impresin
extraordinaria: cuando est completamente claro,
completamente blanco, me detendr exactamente a su
lado, y entonces comenzar la aventura. Ahora ese
faro blanco que emerge de la sombra est tan cerca,
que casi tengo miedo; pienso un instante en volver sobre
mis pasos. Pero no es posible romper el encantamiento.
Avanzo, extiendo la mano, toco el mojn.
sta es la calle Basse-de-Vieille y la enorme masa
de Sainte-Ccile, agazapada en la sombra, con sus
vitrales relucientes. El sombrero de lata chirra. No s
si el mundo se ha concentrado de golpe o si yo
establezco entre los sonidos y las formas una unidad
tan fuerte: ni siquiera puedo concebir que nada de lo
que me circunda sea distinto de lo que es. Me detengo
un instante, aguardo, siento latir mi corazn; escudrio
con la mirada la plaza desierta. No veo nada. Se ha
levantado un viento bastante fuerte. Me equivoqu, la
calle Basse-de-Vieille era una posta: la cosa me espera

en el fondo de la plaza Ducoton.
No tengo tanta prisa por reanudar el camino. Me
parece que he tocado la cima de la dicha. Qu no hice
en Marsella, en Shangai, en Meknes, para conseguir
un sentimiento tan pleno. Hoy ya no espero nada, vuelvo
a mi casa, al final de un domingo vaco: la cosa est
all.
Echo a andar. El viento me trae el grito de una
sirena. Estoy solo, pero camino como un ejrcito que
irrumpiera en una ciudad. En este momento hay navos
resonantes de msica en el mar; se encienden luces
en todas las ciudades de Europa; nazis y comunistas
se tirotean en las calles de Berln: obreros sin trabajo
callejean en Nueva York; mujeres delante del espejo,
en habitaciones caldeadas, se ponen cosmtico en las
pestaas. Y yo estoy aqu, en esta calle desierta, y
cada tiro que parte de una ventana de Neuklln, cada
vmito de sangre de los heridos, cada ademn preciso
y menudo de las mujeres que se engalanan, responde
a cada uno de mis pasos, a cada latido de mi corazn.
Frente al pasaje Gillet ya no s qu hacer. Acaso
no me aguardan en el fondo del pasaje? Pero tambin
en la plaza Ducoton, al final de la calle Tournebride
hay cierta cosa que me necesita para nacer. Estoy
lleno de angustia: el menor gesto me compromete. No
puedo adivinar qu quieren de m. Sin embargo, es
preciso escoger; sacrifico el pasaje Gillet, ignorar para
siempre lo que me reservaba.
La plaza Ducoton est vaca. Me equivoqu?
Me parece que no lo soportara. Realmente, no va a

suceder nada? Me acerco a las luces del caf Mably.
Estoy desorientado, no s si entrar; echo una ojeada
a travs de los grandes vidrios empaados.
La sala est abarrotada. El aire es azul por el
humo de los cigarrillos y el vapor que desprenden las
ropas hmedas. La cajera est en el mostrador. La
conozco bien: es pelirroja como yo; tiene una
enfermedad en el vientre. Se pudre dulcemente bajo
las faldas, con una sonrisa melanclica, semejante al
olor a violetas que exhalan a veces los cuerpos en
descomposicin. Un estremecimiento me recorre de
la cabeza a los pies: ella... ella es lo que me aguardaba.
Estaba all, irguiendo su busto inmvil sobre el
mostrador; sonrea. Desde el fondo de este caf, algo
retrocede a los momentos dispersos del domingo y los
suelda unos con otros, les da un sentido: he atravesado
todo este da para rematar aqu, con la frente pegada
a este vidrio, para contemplar ese fino rostro que se
abre sobre una cortina granate. Todo se ha detenido:
este gran vidrio, ese aire pesado, azul como agua, esa
planta carnosa y blanca en el fondo del agua, y yo
mismo, formamos un todo inmvil y pleno; soy feliz.
Al volver al bulevar de la Redoute, slo me quedaba
una amarga pena. Me deca: Quiz no haya nada en
el mundo que me interese tanto como este sentimiento
de aventura. Pero viene cuando quiere; y se va tan
rpido, me deja tan agotado. Me har estas breves
visitas irnicas para demostrarme que he-frustrado mi
vida?
Detrs de m, en la ciudad, en las grandes calles

desiertas, un formidable acontecimiento social
agonizaba a la fra claridad de los faroles: era el fin del
domingo.
Lunes.
Cmo pude escribir ayer esta frase absurda y
pomposa: Estoy solo pero camino como un ejrcito
que irrumpiera en una ciudad?
No necesito hacer frases. Escribo para poner en
claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura.
Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar
las palabras.
En el fondo, lo que me disgusta es haber estado
sublime anoche. Cuando tena veintids aos, me
emborrachaba y en seguida explicaba que yo era un
tipo de la clase de Descartes. Saba muy bien que me
estaba inflando de herosmo, pero me dejaba llevar,
eso me gustaba. Al da siguiente, senta tanto asco
como si me hubiera despertado en una cama vomitada.
No vomito cuando estoy borracho, pero sera preferible.
Ayer ni siquiera tena la excusa de la embriaguez. Me
exalt como un imbcil. Necesito limpiarme con
pensamientos abstractos, transparentes como agua.
Decididamente ese sentimiento de aventura no
procede de los acontecimientos: ya tenemos la prueba.
Ms bien es la manera de encadenarse los instantes.
Creo que esto es lo que pasa: de pronto uno siente
que el tiempo transcurre, que cada instante conduce a
otro, ste a otro y as sucesivamente; que cada instante
se aniquila, que no vale la pena intentar retenerlo, etc.,
etc. Y entonces atribuimos esta propiedad a los

acontecimientos que se presentan en los instantes; lo
que pertenece a la forma lo referimos al contenido. En
suma, se habla mucho del famoso transcurso del tiempo,
pero nadie lo ve. Vemos una mujer, pensamos que ser
vieja, pero no la vemos envejecer. Ahora bien, por
momentos nos parece que la vemos envejecer y que
nos sentimos envejecer con ella: es el sentimiento de
aventura.
Se llama as, si mal no recuerdo, a la
irreversibilidad del tiempo. El sentimiento de la aventura
sera, simplemente, el de la irreversibilidad del tiempo.
Pero por qu no lo tenemos siempre? Acaso no
ser siempre irreversible el tiempo? Hay momentos en
que uno tiene la impresin de que puede hacer lo que
quiere, adelantarse o retroceder, que esto no tiene
importancia; y otros en que se dira que las mallas se
han apretado, y en estos casos se trata de no errar el
golpe, porque sera imposible empezar de nuevo.
Anny hacia rendir el mximo al tiempo. En la poca
en que ella estaba en Djibuti y yo en Adn, cuando iba
a verla por veinticuatro horas se ingeniaba para
multiplicar los malentendidos entre nosotros, hasta que
slo quedaban exactamente sesenta minutos antes de
mi partida: sesenta minutos, justo el tiempo necesario
para sentir el transcurso de los segundos, uno por uno.
Recuerdo una de aquellas veladas. Yo deba marcharme
a medianoche. Habamos ido al cine al aire libre;
estbamos desesperados, Anny tanto como yo, slo
que ella diriga el juego. A las once, al comienzo del
film principal, me tom la mano y la estrech entre las

suyas sin decir una palabra. Me sent invadido por una
alegra acre, y comprend sin necesidad de mirar el
reloj que eran las once. A partir de ese momento
empezamos a sentir el curso de los minutos. Esa vez
nos separbamos por tres meses. En cierto momento
apareci en la pantalla una imagen completamente
blanca; la oscuridad se suaviz y vi que Anny lloraba.
A medianoche me solt la mano despus de apretarla
violentamente; me levant y me fui sin decirle una sola
palabra. Eso era trabajo bien hecho.
Las siete de la noche.
Jornada de trabajo. No ha marchado del todo mal;
he escrito seis pginas con cierto placer. Sobre todo
porque eran consideraciones abstractas sobre el
reinado de Pedro I. Despus de la orga de anoche,
me qued todo el da quieto. No hubiera necesitado
apelar a mi voluntad! Me senta muy a mis anchas
desmontando los resortes de la aristocracia rusa.
Slo ese Rollebon me irrita. Se las da de
misterioso en las cosas ms ntimas. Qu pudo hacer
en Ukrania en el mes de agosto de 1804? Habla de su
viaje en trminos velados:
La posteridad juzgar si mis esfuerzos, que el
xito no poda coronar, merecan un rechazo brutal y
humillaciones que hube de soportar en silencio, cuando
tena en mi mano el medio de acallar y atemorizar a
los que se burlaban.
Me dej atrapar una vez; se mostraba lleno de
pomposa reticencia con motivo de un breve viaje que
haba hecho a Bouville en 1790. Perd un mes

verificando sus hechos y movimientos. Al fin de cuentas,
haba dejado encinta a la hija de uno de sus
arrendatarios. No es simplemente un farsante?
Ese pequeo presumido tan mentiroso me irrita;
tal vez sea despecho; me encantaba que mintiera a los
dems, pero hubiera querido que hiciese una excepcin
conmigo; cre que nos entenderamos como lobos de
la misma carnada, prescindiendo de todos esos
muertos, y que acabara por decirme la verdad! No
dijo nada, absolutamente nada; igual que a Alejandro o
a Luis XVIII, a quien engaaba. Me importa mucho
que Rollebon haya sido un tipo bien. Bribn, sin duda;
quin no lo es? Pero un bribn grande o chico? No
estimo bastante las investigaciones histricas para
perder el tiempo con un muerto cuya mano no me
dignara tocar si estuviera vivo. Qu s de l? No es
posible soar vida ms bella que la suya; pero la hizo?
Si por lo menos sus cartas no fueran tan hinchadas...
Ah! Sera preciso haber conocido su mirada; quiz
inclinara la cabeza sobre el hombro de un modo
encantador, o levantara con aire astuto el largo dedo
ndice junto a la nariz, o bien, entre dos mentiras
corteses, le acometiera a veces un breve arrebato de
violencia sofocado en seguida. Pero ha muerto; quedan
de l un Tratado de estrategia y Reflexiones sobre la
virtud.
Si me dejara llevar, lo imaginara tan bien; bajo su
irona brillante, que hizo tantas vctimas, es un simple,
casi un ingenuo. Pienso poco, pero, por una especie
de gracia profunda, hace en toda ocasin exactamente

lo que debe. Su bellaquera es cndida, espontnea,
muy generosa, tan sincera como su amor a la virtud. Y
cuando ha traicionado bien a sus benefactores y
amigos, encara los acontecimientos con gravedad, para
sacar la moraleja. Nunca pens que tuviera el menor
derecho sobre los dems, ni los dems sobre l;
considera injustificados y gratuitos los dones de la vida.
Se ata fuertemente a todo, pero de todo se desprende
con facilidad. Y nunca escribi sus cartas, sus obras;
las hizo componer por el escribano pblico.
Slo que, para llegar a esto, ms bien tendra
que escribir una novela sobre el marqus de Rollebon.
Las once de la noche.
Cen en el Rendez-vous des Cheminots. Como
estaba la patrona, tuve que hacerle el amor, pero fue
por cortesa. Me desagrada un poco, es demasiado
blanca y adems huele a recin nacido. La patrona
oprima mi cabeza contra su pecho en un arrebato de
pasin; cree que lo hace bien. En cuanto a m, hurgaba
en su sexo distradamente bajo la colcha; luego se me
entumeci el brazo. Pensaba en M. de Rollebon:
despus de todo, qu me impide escribir una novela
sobre su vida? Dej caer mi brazo a lo largo del flanco
de la patrona y de pronto vi un jardincito con rboles
bajos y anchos de los que colgaban inmensas hojas
cubiertas de pelos. Hormigas, ciempis y polillas
corran por todas partes. Haba animales ms horribles
an; sus cuerpos eran una rebanada de pan tostado
como el de los canaps de pollo; caminaban de costado
con patas de cangrejo. Las hojas anchas estaban

negras de bichos. Detrs de los cactos y las
chumberas, la Vleda del jardn pblico sealaba su
sexo con el dedo. Este jardn huele a vmito grite.
No hubiera querido despertarlo dijo la
patrona, pero tena un pliegue de la sbana debajo
de las nalgas; adems debo bajar para atender a los
clientes del tren de Pars.
Martes de carnaval.
Maurice Barrs, recibi una buena azotaina.
ramos tres soldados y uno de nosotros tena un agujero
en medio de la cara. Maurice Barrs se acerc y nos
dijo: Est bien! y entreg a cada uno un ramillete de
violetas. No s dnde meterlo, dijo el soldado de la
cabeza agujereada. Entonces Maurice Barrs dijo:
Debe ponrselo en medio del agujero que tiene usted
en la cabeza. El soldado respondi: Voy a metrtelo
en el culo. Y pescamos a Maurice Barrs y le quitamos
los pantalones. Debajo del calzoncillo llevaba una
vestidura roja de cardenal. Levantamos la vestidura y
Maurice Barrs se puso a gritar: Atencin, tengo
pantalones con trabillas. Pero lo azotamos hasta hacerle
sangre y en el trasero le dibujamos, con los ptalos de
las violetas, la cabeza de Droulde.
Recuerdo mis sueos con mucha frecuencia
despus de un tiempo. Adems, he de moverme mucho
mientras duermo, porque a la maana encuentro toda
la ropa en el suelo. Hoy es martes de carnaval, pero
en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en
toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse.
Cuando bajaba la escalera me llam la patrona:

Hay una carta para usted.
Una carta: la ltima que recib era del director de
la biblioteca de Rouen, del mes de mayo ltimo. La
patrona me lleva a su escritorio; me entrega un largo
sobre amarillento e hinchado: carta de Anny. Haca
cinco aos que no tena noticias suyas. La carta ha
ido a buscarme a mi antiguo domicilio de Pars; lleva
sello del primero de febrero.
Salgo con el sobre entre los dedos; no me atrevo
a abrirlo; Anny no ha cambiado el papel de cartas; me
pregunto si siempre lo comprar en la pequea librera
de Piccadilly. Pienso si habr conservado tambin su
peinado, aquel pesado cabello rubio que no quera
cortarse. Ha de luchar pacientemente delante del espejo
para salvar su rostro; no por coquetera ni por miedo a
envejecer; quiere quedarse como es, exactamente
como es. Acaso fuera lo que yo prefera en ella: esa
fidelidad poderosa y severa al menor rasgo de su
imagen.
Las letras firmes de la direccin, trazadas con
tinta violeta (tampoco ha cambiado de tinta), todava
brillan un poco.
Seor Antoine Roquentin
Cmo me gusta leer mi nombre en estos sobres.
Entre brumas he encontrado una de sus sonrisas, he
adivinado sus ojos, su cabeza inclinada; cuando estaba
sentado, vena a plantarse sonriendo delante de m.
Me dominaba con todo el busto, me tomaba de los

hombros y me sacuda con los brazos extendidos.
El sobre es pesado, debe de contener por lo
menos seis hojas. Las patas de mosca de mi antigua
portera cruzan la hermosa letra:
Hotel Printania - Bouville
Estas letritas no brillan. Cuando abro el sobre, mi
desilusin me rejuvenece seis aos: No s cmo se
las arregla Anny para hinchar as los sobres; nunca
hay nada dentro.
Esta frase la dije cien veces en la primavera de
1924, luchando, como hoy, para extraer del forro un
pedazo de papel cuadriculado. El forro es
esplendoroso: verde oscuro con estrellas de oro; parece
una tela pesada y tiesa. El forro solo constituye las
tres cuartas partes del peso del sobre.
Anny ha escrito con lpiz:
Pasar por Pars dentro de unos das. Ven a
verme al hotel dEspagne el 20 de febrero. Te lo ruego!
(agreg te lo ruego encima de la lnea, y lo uni al
verme con una curiosa espiral). Tengo que verte.
Anny.
En Meknes, en Tnger, a veces, cuando volva a
la noche, encontraba un billete sobre la cama: Quiero
verte en seguida. Corra, Anny me abra con las cejas
levantadas y expresin de asombro: ya no tena nada
que decirme; me reprochaba un poco que hubiera ido.
Ir; tal vez se niegue a recibirme. O bien me dirn en
el mostrador del hotel: Nadie con ese nombre ha parado

aqu. No creo que lo haga. Slo que, dentro de ocho
das puede escribirme que ha cambiado de opinin y
que ser para otra vez.
Las gentes estn en su trabajo. Se anuncia un
martes de carnaval bien chato. La calle des Mutiles
huele fuertemente a madera hmeda, como siempre
que va a llover. No me gustan estos das raros; los
cines dan matines, los nios de las escuelas tienen
vacaciones; hay en las calles un vago airecito de fiesta
que solicita incesantemente la atencin y se desvanece
no bien uno repara en l.
Sin duda ver de nuevo a Anny, pero no puedo
decir que esta idea me haga precisamente feliz. Desde
que recib su carta, me siento desocupado. Por suerte
es medioda; no tengo hambre, pero comer para pasar
el rato. Entro en el restaurante Camille, en la calle des
Horlogers.
Es un local bien cerrado; sirven chucrut o cazuela
toda la noche. El pblico viene a cenar a la salida del
teatro; los agentes de polica mandan a los viajeros
que llegan de noche con hambre. Ocho mesas de
mrmol. Una banqueta de cuero corre pegada a las
paredes. Dos espejos comidos por manchas rojizas.
Los vidrios de las dos ventanas y de la puerta son
esmerilados. El mostrador est en el fondo. Tambin
hay un cuarto al costado. Pero nunca entr; es para
las parejas.
Deme una tortilla de jamn.
La criada, una mujer enorme de mejillas rojas, no
puede evitar la risa cuando habla con un hombre.

No tengo permiso. Quiere usted una tortilla de
papas? El jamn est guardado; slo el patrn puede
cortarlo.
Pido una cazuela. El patrn se llama Camille y es
un matn.
La criada se va. Estoy solo en este viejo recinto
sombro. En mi valija hay una carta de Anny. Una falsa
vergenza me impide releerla. Trato de recordar las
frases una por una.
Mi querido Antoine
Sonro; no, claro que no, Anny no ha escrito mi
querido Antoine.
Hace seis aos acabbamos de separarnos de
comn acuerdo, decid marcharme a Tokio. Le
escrib unas palabras. Ya no poda llamarla amor mo;
comenc con toda inocencia: mi querida Anny
Admiro tu soltura me respondi; nunca he
sido ni soy tu querida Anny. Y te ruego que creas que
no eres mi querido Antoine. Si no sabes cmo llamarme,
no me llames; ser preferible
Saco la carta de la valija. No ha escrito mi querido
Antoine. Al pie de la carta tampoco hay frmula de
cortesa. Tengo que verte. Anny. Nada que pueda
darme seguridad. No puedo quejarme: reconozco en
esto su amor a lo perfecto. Ella siempre quera realizar
momentos perfectos. Si el instante no se prestaba,
todo le era indiferente; la vida desapareca de sus ojos,
se arrastraba perezosa como una muchacha en la edad
ingrata. O si no me buscaba pendencia:
Te suenas como un burgus, solemnemente, y

toses en el pauelo con satisfaccin.
Era preferible no responder, haba que esperar;
de improviso, a alguna seal imperceptible para m, se
sobresaltaba, endureca sus hermosas facciones
lnguidas y comenzaba su trabajo de hormiga. Tena
una magia imperiosa y encantadora; canturreaba entre
dientes, mirando a todos lados, luego se ergua
sonriente, vena a sacudirme por los hombros, y durante
unos instantes pareca dar rdenes a los objetos que
la rodeaban. Me explicaba, en voz baja y rpida, lo
que esperaba de m:
Escucha, t quieres hacer un esfuerzo,
verdad? Has estado tan tonto la ltima vez. Ves cmo
podra ser bello este momento? Mira el cielo, mira el
color del sol en la alfombra. Justamente me puse el
vestido verde y no me pint, estoy plida. Retrocede,
ve a sentarte a la sombra; comprendes lo que tienes
que hacer? Buenos, vamos a ver! Qu tonto eres!
Hblame.
Yo senta que el xito de la empresa estaba en
mis manos; el instante tena un sentido oscuro que era
preciso afinar y perfeccionar: haba que hacer ciertos
gestos, decir ciertas palabras; abrumado por el peso
de mi responsabilidad, desencajaba los ojos y no vea
nada; me debata en medio de los ritos que Anny
inventaba en el momento, y los desgarraba con mis
grandes brazos como telas de araa. En esos
momentos ella me odiaba.
Claro que ir a verla. La estimo y la quiero an
con toda el alma. Deseo que otro haya tenido ms

suerte y habilidad en el juego de los momentos
perfectos.
Tu endemoniado pelo lo echa todo a perder 
deca. Qu quieres hacer con un pelirrojo?
Sonrea. Primero perd el recuerdo de sus ojos,
luego el de su largo cuerpo. Retuve lo ms que pude
su sonrisa, y hace tres aos tambin la perd. Hace un
rato, bruscamente, cuando recib la carta de manos
de la patrona, volvi: cre ver a Anny sonriendo. An
trato de recordarla; necesito sentir toda la ternura que
Anny me inspira; esa ternura est ah, muy cerca; lo
nico que pide es nacer. Pero la sonrisa no vuelve: se
acab. Permanezco vaco y seco.
Entra un hombre friolento.
Seoras, seores, buenas tardes.
Se sienta sin quitarse el sobretodo verdoso. Frota
las manos una contra otra, entrecruzando los dedos.
Qu le sirvo?
El hombre se sobresalta, mira inquieto.
Eh? Un byrrh con agua.
La criada no se mueve. En el espejo, su rostro
parece dormido. En realidad, sus ojos estn abiertos,
pero son rendijas. Ella es as; no se apresura a servir
a los clientes; siempre se demora un rato soando con
las rdenes recibidas. Ha de proporcionarle un pequeo
placer imaginativo; creo que piensa en la botella que
tomar del mostrador, de rtulo blanco con letras rojas,
en el espeso jarabe negro que servir: es en cierto
modo como si ella bebiera.
Deslizo la carta de Anny en la valija; me ha dado

lo que poda; no consigo remontarme a la mujer que la
ha tenido en sus manos, que la ha doblado e introducido
en el sobre Es siquiera posible pensar en alguien
metido en el pasado? Mientras nos amamos, no
permitimos que el ms nfimo de nuestros instantes, el
ms leve de nuestros pesares se desprendiera de
nosotros y quedara rezagado. Nos lo llevbamos todo,
y todo permaneca vivo: los sonidos, los olores, los
matices del da, los mismos pensamientos que no nos
habamos dicho; no cesbamos de gozarlos y
padecerlos en el presente. Ni un recuerdo; un amor
implacable y trrido, sin sombras, sin perspectiva, sin
refugio. Tres aos presentes a la vez. Por eso nos
separamos: no tenamos fuerzas para soportar la carga.
Y cuando Anny me dej, los tres aos se derrumbaron
en el pasado, de un solo golpe, de una sola pieza. Ni
siquiera sufr; me senta vaco. Despus el tiempo
reanud su curso y el vaco se agrand. Y en Saign,
cuando decid regresar a Francia, todo lo que an
restaba rostros extraos, lugares, muelles a la orilla
de largos ros, todo se aniquil. Y ahora mi pasado
es un enorme agujero. Mi presente: esa criada de blusa
negra que suea junto al mostrador, y ese hombrecito.
Me parece haber aprendido en los libros todo lo que
s de mi vida. El palacio de Benars, la terraza del
Rey Leproso, los templos de Java con sus grandes
escaleras derruidas, se han reflejado un instante en
mis ojos, pero quedaron all, sin moverse. El tranva
que pasa delante del hotel Printania, no se lleva, de
noche, en los vidrios, el reflejo del cartel de nen; se

inflama un instante y se aleja con los cristales negros.
Ese hombre no deja de mirarme; me fastidia. Se
da demasiada importancia para su talla. Por fin la criada
decide servirlo. Levanta perezosamente el gran brazo
negro, alcanza la botella y la lleva junto con un vaso.
Aqu est, seor.
Seor Achille dice l con urbanidad.
La criada sirve sin responder; de pronto el hombre
se saca el dedo de la nariz y apoya las dos manos
abiertas en la mesa. Ha echado la cabeza hacia atrs
y le brillan los ojos. Dice, con voz fra:
Pobre mujer.
La criada se sobresalta y yo tambin me
sobresalto; la expresin del hombre es indefinible, de
asombro tal vez, como si fuera otro el que acaba de
hablar. Los tres estamos incmodos.
La gorda criada es la primera en recobrarse; le
falta imaginacin. Mira de arriba abajo al seor Achille
con dignidad; sabe que le bastara una sola mano para
arrancarlo del asiento y arrojarlo afuera.
Y por qu voy a ser una pobre mujer? l
vacila. La mira desconcertado y re. Su rostro se pliega
en mil arrugas; hace movimientos ligeros con el puo:
Le ha molestado. Uno dice pobre mujer, sin
intencin. Pero ella le vuelve la espalda y se mete detrs
del mostrador: est realmente ofendida. El hombre re
todava:
Ja, ja! Se me escap. Est enojada? Est
enojada dice, dirigindose vagamente a m.
Desvo la cabeza. l levanta un poco el vaso, pero

no piensa en beber; entrecierra los ojos con aire
sorprendido e intimidado; se dira que trata de recordar
algo. La criada se ha sentado en la caja; toma una
costura. Todo ha vuelto al silencio; pero ya no es el
mismo silencio. Ha empezado a llover; las gotas golpean
ligeramente los vidrios esmerilados; si todava quedan
nios disfrazados en las calles, se les ablandarn y
embadurnarn las mscaras de cartn.
La criada enciende las lmparas; apenas son las
dos, pero el cielo est negro, ya no ve bastante para
coser. Luz suave; las gentes estn en sus casas,
tambin habrn encendido la luz. Leen, miran el cielo
por la ventana. Para ellos... es otra cosa. Han envejecido
de otra manera. Viven en medio de legados, de regalos,
y cada uno de los muebles es un recuerdo. Relojitos,
medallas, retratos, caracoles, pisapapeles, biombos,
chales. Tienen armarios llenos de botellas, telas, trajes
viejos, peridicos; lo han guardado todo. El pasado es
un lujo de propietario.
Dnde haba de conservar yo el mo? Nadie se
mete el pasado en el bolsillo; hay que tener una casa
para acomodarlo. Mi cuerpo es lo nico que poseo; un
hombre solo, con su cuerpo, no puede detener los
recuerdos; le pasan a travs. No debera quejarme:
slo quise ser libre.
El hombrecito se agita y suspira. Se ha
apelotonado en su abrigo, pero de vez en cuando se
endereza y adopta un aire altanero. l tampoco tiene
pasado. Buscando bien, sin duda encontraramos en
casa de primos que ya no lo visitan una fotografa suya

en una fiesta, con un cuello roto, una camisa de plastrn
y un bigote duro de muchacho. De m creo que ni
siquiera queda eso.
Todava me mira. Esta vez me hablar; me siento
rgido. No es simpata lo que hay entre nosotros; somos
parecidos, eso es todo. Est solo como yo, pero ms
hundido que yo en la soledad. Ha de esperar su Nusea
o algo por el estilo. Entonces, ahora hay gente que me
reconoce y piensa, despus de mirarme: se es de
los nuestros. Bueno... Qu quiere? Debe de saber
bien que nada podemos el uno por el otro. Las familias
estn en sus casas, en medio de sus recuerdos. Y
aqu nosotros, dos restos sin memoria. Si se levantara
de golpe, si me dirigiera la palabra, yo dara un salto.
La puerta se abre con estrpito: es el doctor Rog.
Buenas tardes a todo el mundo.
Entra, hosco y receloso, vacilando un poco sobre
sus largas piernas, que apenas soportan su torso. Lo
veo a menudo los domingos en la cervecera Vzelise,
pero l no me conoce. Tiene la estructura de los
antiguos monitores de Joinville: brazos como muslos,
ciento diez de contorno de pecho y, sin embargo, no
se mantiene en pie.
Jeanne, nena.
Corretea hasta la percha para colgar el gran
sombrero de fieltro. La criada ha doblado su costura y
va sin prisa, durmiendo, a extraer al doctor de su
impermeable.
Qu toma usted, doctor?
l mira gravemente. Eso es lo que yo llamo una

hermosa cabeza de hombre. Gastada, agrietada por la
vida y las pasiones. Pero el doctor ha comprendido la
vida, ha dominado sus pasiones.
No s qu es lo que quiero dice con voz
profunda.
Se ha dejado caer en la banqueta que est frente
a m; se enjuga la frente. No bien deja de estar sobre
sus piernas, se siente cmodo. Sus ojos, grandes ojos
negros e imperiosos, intimidan.
Ser... ser... ser, ser un viejo calvados, hija
ma.
Sin hacer un movimiento, la criada contempla la
enorme cara surcada. Est pensativa. El hombrecito
ha levantado la cabeza con una sonrisa de liberacin,
Y es cierto: este coloso nos ha liberado. Haba aqu
algo horrible a punto de atraparnos. Respiro con fuerza;
ahora estamos entre hombres.
Bueno, viene o no ese calvados?
La criada se sobresalta y echa a andar. El doctor
extiende sus brazos gordos, rodea la mesa. M. Achille
est muy contento; quisiera llamar la atencin del doctor.
Pero es intil que balancee las piernas y salte en la
banqueta: es tan menudo que no hace ruido.
La criada trae el calvados. Con un cabeceo seala
al doctor su vecino. El doctor Rog hace girar el busto
con lentitud: no puede mover el cuello.
Ah, eres t, vieja porquera? grita.
Todava no te has muerto?
Se dirige a la criada:
Y ustedes admiten eso?

Mira al hombrecito con sus ojos feroces. Una
mirada directa, que pone las cosas en su sitio. Explica:
Es un viejo tocado, nada ms.
Ni siquiera se toma el trabajo de demostrar que
bromea. Sabe que el viejo tocado no se enfadar, que
va a sonrer. Y as es: el otro sonre con humildad. Un
viejo tocado: se afloja, se siente protegido contra s
mismo; hoy no le suceder nada. Lo mejor es que yo
tambin me tranquilizo. Un viejo tocado: entonces era
eso, nada ms que eso.
El doctor re, me lanza una ojeada insinuante y
cmplice: seguramente a causa de mi talla y adems
tengo la camisa limpia quiere asociarme a su broma.
No me ro, no respondo a sus avances; entonces,
sin dejar de rer, prueba conmigo el fuego terrible de
sus pupilas. Nos miramos en silencio durante unos
segundos; mira de arriba abajo hacindose el miope,
me clasifica. En la categora de los tocados? En la
de los granujas?
Con todo, es l quien aparta la cabeza; no vale la
pena mentar esta gallinera frente a un tipo solo, sin
importancia social; se olvida en seguida. Enrolla un
cigarrillo y lo enciende; despus permanece inmvil
con los ojos fijos y duros, como los viejos.
Hermosas arrugas; las tiene todas: las barras
transversales de la frente, las patas de gallo, los pliegues
amargos a cada lado de la boca, sin contar las cuerdas
amarillas que le cuelgan debajo del mentn. Es un
hombre de suerte; aunque uno lo vea de lejos, piensa
que ha de haber sufrido, y que es una persona que ha

vivido. Adems, se merece su cara, porque no ha
errado ni un instante la manera de retener y utilizar el
pasado; simplemente, lo ha conservado, lo ha convertido
en experiencia para uso de mujeres y jvenes.
M. Achille es feliz como no lo era seguramente
desde haca mucho tiempo. Abre la boca admirado;
bebe el byrrh a traguitos, inflando las mejillas. Bueno!
El doctor ha sabido pescarlo! No iba a ser el doctor
quien se dejara fascinar por un viejo tocado a punto de
sufrir una crisis; un buen insulto, unas palabras bruscas
como latigazos, eso es lo que le haca falta. El doctor
tiene experiencia; los mdicos, los sacerdotes, los
magistrados y los oficiales conocen a los hombres
como si los hubieran hecho.
Me avergenzo por M. Achille. Somos de la misma
pandilla; deberamos formar un bloque contra ellos.
Pero me fall, se ha pasado al otro bando; cree
honestamente en la Experiencia. No en la suya ni en la
ma. En la del doctor Rog. Hace un instante, M. Achille
se senta raro, tena la impresin de estar
completamente solo; ahora sabe que hay otros de su
clase, muchos otros; el doctor Rog los ha conocido,
podra contar a M. Achille la historia de cada uno y
decirle cmo terminaron. M. Achille es simplemente un
caso posible de reducir con facilidad a unas cuantas
nociones comunes.
Cmo me gustara decirle que lo engaan, que
est haciendo el juego a los importantes. Profesionales
de la experiencia? Han arrastrado su vida en el
embotamiento y la soera, se han casado

precipitadamente, por impaciencia, y han tenido hijos
al azar. Han visto a los dems hombres en los cafs,
en las bodas, en los entierros. De vez en cuando, presos
en un remolino, se han debatido sin comprender que
les suceda. Todo lo que pasaba a su alrededor empez
y concluy fuera de su vista; largas formas oscuras,
acontecimientos que venan de lejos los rozaron
rpidamente, y cuando quisieron mirar, todo haba
terminado ya. Y a los cuarenta aos bautizan sus
pequeas obstinaciones y algunos proverbios con el
nombre de experiencia; comienzan a actuar como
distribuidores automticos: dos cntimos en la
hendidura de la izquierda y salen ancdotas envueltas
en papel plateado; dos cntimos en la hendidura de la
derecha y se obtienen preciosos consejos que se
pegan a los dientes como caramelos blandos. Tambin
yo, en este sentido, podra conseguir que la gente me
invitara, y diran que soy un gran viajero de lo Eterno.
S: los musulmanes orinan agachados; las comadronas
hindes utilizan vidrio machacado en bosta de vaca
a guisa de ergotina; en Borneo, cuando una mujer
tiene sus reglas, se pasa tres das y tres noches en el
techo de la casa. He visto en Venecia entierros en
gndola, en Sevilla las fiestas de Semana Santa; he
visto la Pasin en Oberammergau. Naturalmente, todo
esto es una flaca muestra de mi saber; podra
recostarme en una silla y comenzar divertido:
Conoce usted Jihlava, estimada seora? Es
una curiosa y pequea ciudad de Moravia, donde resid
en 1924... Y el presidente del tribunal, que ha visto

tantos casos, tomar la palabra al final de mi historia:
Qu cierto, seor, qu humano es eso. He visto
un caso semejante al principio de mi carrera. Fue en
1902. Yo era juez suplente en Limoges...
Slo que en mi juventud me hartaron con estas
cosas. Sin embargo, yo no perteneca a una familia
de profesionales. Pero tambin hay aficionados. Son
los secretarios, los empleados, los comerciantes, los
que escuchan a los dems en el caf; al acercarse a
los cuarenta se sienten henchidos de una experiencia
que no pueden verter fuera. Afortunadamente han tenido
hijos y los obligan a consumirla. Quisieran hacernos
creer que su pasado no est perdido, que sus
recuerdos se han condensado y convertido
delicadamente en Sabidura. Cmodo pasado! Pasado
de bolsillo, librito dorado lleno de bellas mximas.
Crame, le hablo por experiencia; todo lo que s me
lo ha enseado la vida. Se habr encargado la Vida
de pensar por ellos? Explican lo nuevo por lo viejo, y lo
viejo lo han explicado por acontecimientos ms viejos
todava, como esos historiadores que hacen de Lenin
un Robespierre ruso, y de Robespierre un Cromwell
francs; al fin de cuentas nunca han comprendido
absolutamente nada... Detrs de sus aires de
importancia se adivina una pereza tristona; ven desfilar
apariencias, bostezan, piensan que no hay nada nuevo
bajo el sol. Un viejo tocado, y el doctor Rog pensaba
vagamente en otros viejos tocados sin recordar ninguno
en particular. Ahora, nada de lo que haga M. Achille
puede sorprendernos: Si es un viejo tocado!

No es un viejo tocado: tiene miedo. De qu tiene
miedo? Cuando queremos comprender una cosa, nos
situamos frente a ella. Solos, sin ayuda; de nada podra
servir todo el pasado del mundo. Y despus la cosa
desaparece y lo que hemos comprendido desaparece
con ella.
Las ideas generales son algo ms halagador. Y
adems los profesionales y los mismos aficionados
acaban siempre por tener razn. Su sabidura
recomienda hacer el menor ruido posible, vivir lo menos
posible, dejarse olvidar. Sus mejores historias son las
de imprudentes y originales que han recibido castigo.
Bueno, s; as sucede y nadie dir lo contrario. Acaso
M. Achille no tenga la conciencia muy tranquila. Acaso
se diga que no estara como est si hubiese escuchado
los consejos de su padre, de su hermana mayor. El
doctor tiene derecho a hablar; no ha frustrado su vida;
ha sabido hacerla til. Domina, tranquilo y poderoso,
esa pequea ruina; es una roca. El doctor Rog ha
bebido el calvados. Su gran cuerpo se apoltrona y sus
prpados caen pesadamente. Por primera vez veo su
rostro sin ojos: parece una mscara de cartn, como
las que se venden hoy en los comercios. Sus mejillas
tienen un horrible color rosa... De improviso se me
aparece la verdad: este hombre morir pronto.
Seguramente lo sabe; basta con que se haya mirado
en un espejo; cada da se asemeja un poco ms al
cadver que ser. Esto es la experiencia de los
hombres; por eso me dije tantas veces que huele a
muerte: es su ltima defensa. El doctor quisiera creerlo,

quisiera enmascarar la insostenible realidad; que est
solo, sin conocimientos, sin pasado, con una
inteligencia que se embota y un cuerpo en
descomposicin. Por eso ha construido, ha arreglado,
ha acolchado bien su pequeo delirio de
compensacin: se dice que progresa. Hay agujeros
en los pensamientos, instantes en que en su cabeza
todo gira en el vaco? Es que su juicio ya no tiene la
precipitacin de la juventud. No comprende lo que
lee en los libros? Es que est tan lejos de los libros, en
la actualidad. Ya no puede hacer el amor? Pero lo ha
hecho. Haberlo hecho es mucho mejor que seguir
hacindolo: la perspectiva permite el juicio, la
comparacin, la reflexin. Y para poder soportar su
vista en los espejos, ese horrible rostro de cadver
trata de creer que en l se han grabado las lecciones
de la experiencia.
El doctor vuelve un poco la cabeza. Sus prpados
se entreabren, me mira con ojos rosados de sueo. Le
sonro. Quisiera que esta sonrisa le revelara todo lo
que intenta ocultarse. Despertara si pudiera decirse:
se sabe que voy a reventar! Pero sus prpados
caen de nuevo; se duerme. Me voy; dejo a M. Achille
para que vele su sueo. La lluvia ha cesado, el aire es
suave, por el cielo ruedan lentamente bellas imgenes
negras: es ms de lo que se necesita como marco de
un momento perfecto; Anny provocara en nuestros
corazones pequeas y oscuras mareas para reflejar
esas imgenes. No s aprovechar la ocasin; voy sin
rumbo, vaco y tranquilo, bajo este cielo desperdiciado.

Mircoles.
No hay que tener miedo.
Jueves.
Escrib cuatro pginas. Despus, largo momento
de felicidad. No reflexionar demasiado en el valor de la
Historia. Uno corre el riesgo de hastiarse de ella. No
olvidar que M. de Rollebon representa, en la hora actual,
la nica justificacin de mi existencia.
De hoy en ocho das ver a Anny.
Viernes.
La niebla era tan densa en el bulevar de la
Rdoute, que cre prudente caminar pegado a los muros
del Cuartel; a mi derecha los faros de los autos
arrojaban hacia adelante una luz mojada; era imposible
saber dnde conclua la acera. Haba gente a mi
alrededor; yo oa el ruido de sus pasos, por momentos
el ligero zumbido de sus palabras;
Uf!  dijo el hombre.
Haba tomado una valija del perchero. Salieron;
los vi hundirse en la niebla.
Son artistas me dijo el mozo trayndome el
caf; son los que hicieron el nmero de entreacto
en el Cine Palace. La mujer se venda los ojos y lee el
nombre y la edad de los espectadores. Hoy se van
porque es viernes y el programa cambia.
Fue a buscar un plato de medias lunas de la mesa
que acababan de dejar los artistas. No vale la pena.
No tena ganas de comer esas medias lunas. 
Tengo que apagar la luz. Dos lmparas para un solo
cliente a las nueve de la maana: el patrn me

regaara.
La penumbra invadi el caf. Una dbil claridad
embadurnada de gris y pardo caa ahora de los altos
vidrios.
Quisiera ver al seor Fasquelle. No haba visto
entrar a la vieja. Una bocanada de aire helado me hizo
estremecer.
El seor Fasquelle no ha bajado todava.
Me manda la seora Florent continu la vieja
 No vendr hoy.
Mme. Florent es la cajera, la pelirroja.
Este tiempo dijo es malo para su vientre.
El mozo adopt un aire importante:
Es la niebla respondi; como el seor
Fasquelle: me sorprende que no haya bajado. Lo
llamaron por telfono. Por lo general baja a las ocho.
Maquinalmente la vieja mir el cielo raso:
Est arriba?
S, se es su cuarto.
La vieja dijo, con voz lenta, como si hablara
consigo misma: Podra ser que estuviera muerto ...
Bueno!.El rostro del mozo expres la ms
viva indignacin . Bueno! Gracias.
Podra ser que estuviera muerto ... Este
pensamiento me haba rozado. Es del tipo de ideas
que a uno se le ocurren en tiempo brumoso.
La vieja parti. Debera haberla imitado; el local
estaba fro y oscuro. La niebla se filtraba por debajo
de la puerta; subira lentamente y lo anegara todo. En
la biblioteca municipal hubiera encontrado luz y fuego.

Otro rostro vino a aplastarse contra el vidrio; haca
muecas.
Espera un pocodijo el mozo colrico, y sali
corriendo.
El rostro se borr, me qued solo. Me reproch
amargamente haber salido de mi cuarto. Ahora la niebla
lo habra invadido; me dara miedo volver.
Detrs de la caja, en la sombra, algo cruji. Era
en la escalera privada; bajaba al fin el encargado?
Pero no, no apareci nadie; los peldaos crujan solos.
M. Fasquelle segua durmiendo. O estaba muerto
sobre mi cabeza? Lo hallaron muerto en su casa, una
maana de niebla. Como subttulo: En el caf, los
clientes no sospechaban ...
Pero estaba an en cama? No se habra cado
arrastrando consigo las sbanas y golpendose la
cabeza en el piso?
Yo conoca muy bien a M. Fasquelle; muchas
veces se haba interesado por mi salud. Es un gordo
alegre, de barba cuidada; si ha muerto, ser de un
ataque. Estar de color berenjena, con la lengua fuera
de la boca. La barba al aire, el cuello violeta bajo el
pelo ensortijado.
La escalera privada se perda en la oscuridad.
Apenas lograba distinguir la perilla del pasamanos.
Habra que cruzar esa sombra. La escalera crujira.
Arriba, la puerta del cuarto.
El cuerpo estaba all, sobre mi cabeza. Yo hara
girar el conmutador, tocara la piel tibia para ver. No
puedo ms, me levanto. Si el mozo me sorprende en la

escalera, le dir que o ruido.
El mozo regres bruscamente, sofocado.
S, seor! grit.
Imbcil! Se me acerc.
Son dos francos.
O ruido all arriba le dije.
No es tan temprano!
S, pero no me parece nada bueno; eran como
estertores y despus hubo un ruido sordo.
En aquella sala oscura, con la niebla detrs de
los vidrios, esto sonaba muy natural. No olvidar los
ojos que puso.
Usted debera subir a ver agregu,
prfidamente.
Ah, no!dijo; y despus: tengo miedo de
que me pesque. Qu hora es?
Las diez.
Ir a las diez y media, si no ha bajado.
Di un paso hacia la puerta.
Se va usted? No se queda?
No.
Era un estertor de verdad?
No s le dije al salir, tal vez fuera que estaba
pensando en eso.
La niebla se haba despejado un poco. Me dirig
a prisa hacia la calle Tournebride; necesitaba sus luces.
Fue una decepcin; luz, s, haba; chorreaba por los
vidrios de los comercios. Pero no era luz alegre, sino
completamente blanca, a causa de la niebla, y caa
sobre los hombros como una ducha.

Mucha gente, sobre todo mujeres: criadas,
asistentas, tambin patronas, de las que dicen: Compro
yo misma; es ms seguro. Husmeaban un poco los
escaparates y al fin decidan entrar.
Me detuve delante de la salchichera Julien. De
vez en cuando, a travs del cristal vea una mano que
sealaba las patas trufadas y las salchichas. Entonces
una mujer gorda y rubia se inclinaba, ofreciendo el
pecho, y coga el pedazo de carne muerta entre sus
dedos. En su cuarto, a cinco minutos de all, M.
Fasquelfe estaba muerto.
Busqu a mi alrededor un apoyo slido, una
defensa contra mis pensamientos. No la haba; poco a
poco se desgarraba la niebla, pero algo inquietante
permaneca arrastrndose en la calle. Quiz no una
verdadera amenaza: algo borrado, transparente. Pero
eso era justamente lo que acababa por atemorizar.
Apoy la frente en la vidriera. Sobre la mayonesa de
un huevo a la rusa, advert una gota de un rojo oscuro:
era sangre. El rojo sobre el amarillo me revolva el
estmago.
Bruscamente tuve una visin: alguien haba cado
con la cara hacia adelante, y sangraba en los platos.
El huevo haba rodado en la sangre: la rodaja de tomate
que lo coronaba se haba despegado aplastndose,
rojo sobre rojo. La mayonesa un poco derretida formaba
un charco de crema amarilla que divida en dos brazos
el arroyito de sangre.
Es demasiado estpido, tengo que recobrarme.
Ir a trabajar a la biblioteca.

Trabajar? Saba que no iba a escribir una lnea.
Otro da perdido. Al cruzar el jardn pblico vi, en el
banco donde por lo general me siento, una gran
esclavina azul inmvil. Uno que no tiene fro.
Cuando entr en la sala de lectura, el Autodidacto
estaba por salir. Se me abalanz:
Debo darle las gracias, seor. Sus fotografas
me han hecho pasar horas inolvidables.
Al verlo conceb una momentnea esperanza:
entre dos quiz fuera ms fcil atravesar esa jornada.
Pero con el Autodidacto ser dos nunca es ms que
una apariencia.
Golpe sobre un volumen en cuarto. Era una
historia de las religiones.
Seor, nadie ms indicado que Nougapi para
intentar esta vasta sntesis. No es cierto?
Pareca cansado y le temblaban las manos:
Tiene usted mala cara le dije.
Ah, seor, ya lo creo! Me sucede algo
abominable.
El guardin se nos acercaba; es un corso bajito
y rabioso, con bigotes de tambor mayor. Se pasea
horas enteras entre las mesas, taconeando. En invierno
escupe en el pauelo y despus lo pone a secar en la
estufa.
El Autodidacto se aproxim hasta echarme el
aliento en la cara:
No le dir nada delante de ese hombre me
dijo con aire confidencial. Si usted quisiera, seor...
Qu?

Enrojeci y sus caderas ondularon
graciosamente.
Seor, ah, seor! Bueno, ah va: me hara
usted el honor de almorzar conmigo el mircoles?
Con mucho gusto.
Tena tantas ganas de almorzar con l como de
ahorcarme.
Qu honor me hace dijo el Autodidacto.
Agreg rpidamente: Ir a buscarlo a su casa, si
usted quiere. Y desapareci, sin duda por temor de
que yo mudara de opinin si me dejaba tiempo.
Eran las once y media. Trabaj hasta las dos
menos cuarto. Mal trabajo: tenia un libro bajo los ojos,
pero mi pensamiento volva sin cesar al caf Mably.
Habra bajado ya M. Fasquelle? En el fondo no crea
demasiado en su muerte y precisamente eso me
irritaba; era una idea flotante, no poda ni persuadirme
ni desprenderme de ella. Los zapatos del corso crujan
en el piso. Varias veces vino a plantarse delante de m
como si quisiera hablarme. Pero cambiaba de idea y
se alejaba.
A eso de la una los lectores salieron. Yo no tena
hambre: sobre todo, no quera marcharme. Trabaj un
momento ms y de pronto me sobresalt: me senta
amortajado en el silencio.
Alc la cabeza: estaba solo. El corso deba de
haber bajado a ver a su mujer que es portera de la
biblioteca; yo deseaba el ruido de sus pasos. O
exactamente una leve cada del carbn en la estufa.
La niebla haba invadido el recinto, no la verdadera

niebla disipada haca rato: la otra, sa que colmaba
an las calles, que sala de las paredes, del pavimento.
Una especie de inconsistencia de las cosas. Los libros
seguan all, naturalmente, acomodados por orden
alfabtico en los estantes, con sus lomos negros o
castaos y sus rtulos U. P. l. f. 7996 (Uso Pblico 
literatura francesa) o U. P. c. n. (Uso Pblicociencias
naturales). Pero... cmo decirlo? Por lo general
poderosos y rechonchos, con la estufa, las lmparas
verdes, las grandes ventanas, las escaleras de mano,
ponen diques al porvenir. Mientras uno permanezca
entre estas paredes, lo que suceda ha de suceder a la
derecha o a la izquierda de la estufa. Aunque el mismo
San Dionisio entrara trayendo su cabeza en las manos,
tendra que entrar por la derecha, marchara entre dos
estantes dedicados a la literatura francesa y la mesa
reservada a las lectoras. Y si no tocara tierra, si flotara
a veinte centmetros del suelo, su cuello ensangrentado
estara justo a la altura del tercer estante de libros. De
modo que esos objetos sirven por lo menos para fijar
los lmites de lo verosmil.
Bueno, hoy ya no fijaban absolutamente nada;
era como si su misma existencia fuera dudosa, como
si les costara el mayor esfuerzo pasar de un instante a
otro. Apret fuertemente en mis manos el volumen que
lea; pero las sensaciones ms violentas estaban
embotadas. Nada pareca verdadero; me senta
rodeado por una decoracin de papel que poda sufrir
un brusco trasplante. El mundo aguardaba, reteniendo
el aliento, hacindose pequeo; aguardaba su crisis,

su Nusea, como M. Achille el otro da.
Me levant. Ya no poda estarme quieto en medio
de esas cosas debilitadas. Iba a echar una ojeada por
la ventana al crneo de Imptraz. Todo puede
producirse, todo puede suceder. Evidentemente no la
clase de horror que los hombres han inventado;
Imptraz no se pondra a bailar en su pedestal; sera
otra cosa.
Mir con espanto esos seres inestables que quiz
dentro de una hora, de un minuto se desplomaran;
bueno, s; yo estaba all, viva en medio de esos libros
llenos de conocimientos: unos describan las formas
inmutables de las especies animales, otros explicaban
que la cantidad de energa se conserva ntegra en l
universo; yo estaba all, de pie delante de una ventana
cuyos vidrios tenan un ndice de refraccin
determinado. Pero qu barreras dbiles! Supongo que
es por pereza que el mundo se asemeja de un da a
otro. Pareca como si hoy, quisiera cambiar. Y
entonces, todo, todo poda suceder.
No tengo tiempo que perder: en el origen de este
malestar se encuentra el asunto del caf Mably. Es
preciso que vuelva all, que vea a M. Fasquelle en vida
y le toque, si es necesario, la barba, las manos.
Entonces tal vez me libre.
Tom el sobretodo apresuradamente y me lo ech
por los hombros, sin ponrmelo; escap. Al cruzar el
jardn pblico, encontr en el mismo sitio al hombre de
la esclavina; tena una enorme cara plida entre dos
orejas escarlata de fro.

El caf Mably centelleaba de lejos; esta vez deban
de estar encendidas las doce lmparas. Apret el paso;
era necesario terminar. Ech primero una mirada por
la puerta vidriera; la sala estaba desierta. No se vea a
la cajera, tampoco al mozo ni a M. Fasquelle.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para entrar; no
me sent. Grit: Mozo!Nadie respondi. Una taza
vaca en una mesa. Un terrn de azcar en el platillo.
No hay nadie?
Un abrigo colgaba de la percha. Sobre un velador
se apilaban revistas en carpetas negras. Acech el
menor ruido conteniendo la respiracin. La escalera
privada cruji ligeramente. Afuera, la sirena de un barco.
Sal retrocediendo, sin quitar los ojos de la escalera.
Lo s: a las dos de la tarde los clientes son
escasos. M. Fasquelle tena gripe; seguramente haba
enviado al mozo por unas diligencias, en busca de un
mdico quiz. S, pero yo necesitaba ver a M.
Fasquelle. A la entrada de la calle Tournebride me volv;
contempl con desagrado el caf resplandeciente y
desierto. Las persianas del primer piso estaban
cerradas.
Un verdadero pnico se apoder de m. Ya no
saba a dnde iba. Corr a lo largo de las drsenas, di
vueltas por las calles desiertas del barrio Beauvoisis;
las casas me miraban huir con sus ojos melanclicos.
Me repeta angustiado: adnde ir? adnde ir? Todo
puede suceder. De vez en cuando, con el corazn
palpitante, daba una brusca media vuelta: qu ocurra
a mis espaldas? Quiz eso comenzara detrs de m, y

cuando me volviera, de pronto, sera demasiado tarde.
Mientras pudiera ver los objetos, no se producira, nada:
miraba todo lo posible el pavimento, las casas, los picos
de gas: mis ojos pasaban rpidamente de unos a otros
para sorprenderlos y detenerlos en medio de sus
metamorfosis. No parecan demasiado naturales, pero
yo me deca con fuerza: es un pico de gas, es una
fuente, y trataba de reducirlos a su aspecto cotidiano
mediante el poder de mi mirada. Varias veces encontr
bares en el camino: el Caf des Bretons, el Bar de la
Marne. Me detena, vacilaba delante de sus cortinas
de tul rosa: quiz esos locales bien cerrados haban
sido perdonados, quiz encerraban an una parcela
aislada, olvidada, del mundo de ayer. Pero era preciso
empujar la puerta, entrar. No me atreva; reanudaba la
marcha. Las puertas de las casas, sobre todo, me
daban miedo. Tem que se abrieran solas. Termin
caminando por el centro de la calzada.
Desemboqu bruscamente en el muelle de los
diques del norte. Barcas pesqueras, pequeos yates.
Apoy el pie en una argolla empotrada en la piedra.
All, lejos de las casas, lejos de las puertas, conocera
un instante de reposo. Bajo el agua tranquila y salpicada
de granos negros, flotaba un corcho.
Y debajo del agua? No has pensado en lo
que puede haber debajo del agua?
Un animal? Un gran carapacho medio hundido
en el fango? Doce pares de patas surcan el limo
lentamente. El animal se levanta un poco de vez en
cuando. En el fondo del agua. Me acerqu, espiando

un remolino, una dbil ondulacin. El corcho segua
inmvil entre los granos negros.
En ese momento o voces. Era tiempo. Gir sobre
m mismo y prosegu la carrera.
Alcanc a los dos hombres que hablaban en la
calle de Castiglione. Al ruido de mis pasos se
estremecieron violentamente y se volvieron juntos. Vi
que sus ojos inquietos se clavaban en m, luego detrs
de m para ver si no vena otra cosa. Entonces eran
como yo, tenan miedo? Cuando les dej atrs, nos
miramos: casi nos dirigimos la palabra. Pero de
improviso las miradas expresaron desconfianza; en un
da como ste no se habla con cualquiera.
Me encontr en la calle Boulibet, sin aliento.
Bueno; la suerte estaba echada: regresara a la
biblioteca, tomara una novela, tratara de leer. Mientras
costeaba la verja del jardn pblico, vi al hombre de la
esclavina. Segua all, en el jardn desierto; la nariz se
le haba puesto tan roja como las orejas.
Iba a empujar la puerta, pero la expresin de su
rostro me detuvo: arrugaba los ojos y rea a medias,
con aire estpido y dulzn. Pero al mismo tiempo
miraba fijo hacia adelante algo que yo no poda ver,
con una mirada tan dura e intensa que me volv
bruscamente.
Frente a l, con un pie en el aire y la boca
entreabierta, una chiquilla de unos diez aos, fascinada,
lo miraba, tironeando nerviosamente de su paoleta, y
adelantando su rostro puntiagudo.
El hombre sonrea para s como quien va a hacer

una buena broma. De golpe se levant con las manos
en los bolsillos de la esclavina que le llegaba hasta los
pies. Dio dos pasos y puso los ojos en blanco. Cre
que se caera. Pero continuaba sonriendo con aire
sooliento.
De pronto comprend: la esclavina! Hubiera
querido impedirlo. Me habra bastado con toser o
empujar la puerta. Pero tambin me fascinaba el rostro
de la chiquilla. Tena las facciones tensas de miedo; el
corazn deba de latirle horriblemente; slo que adems
yo lea en ese hocico de rata algo poderoso y maligno.
No curiosidad, sino ms bien una especie de segura
espera. Me sent impotente; yo estaba afuera, al borde
del jardn, al borde del pequeo drama; pero a ellos los
una la oscura potencia de sus deseos; formaban una
pareja. Contuve la respiracin, quera ver qu se pintara
en esa cara de revieja cuando el hombre, a mis
espaldas, apartara los paos de la esclavina.
Pero de pronto la nia, liberada, sacudi la cabeza
y ech a correr. El tipo de la esclavina me haba visto;
fue lo que lo detuvo. Permaneci un segundo inmvil
en medio de la avenida, y ech a andar con la espalda
encorvada. La esclavina le golpeaba las pantorrillas.
Empuj la puerta y lo alcanc de un salto.
Eh, usted! grit.
El hombre empez a temblar.
Una gran amenaza pesa sobre la ciudad le
dije cortsmente al pasar.

Entr en la sala de lectura y tom de una mesa
La Chartreuse de Parme. Trataba de absorberme en
la lectura, de encontrar un refugio en la clara Italia de
Stendhal. Lo consegua por momentos, en breves
alucinaciones, para recaer en el da amenazador, frente
a un viejecito que se aclaraba la garganta, y un
muchacho soador, recostado en su silla.
Pasaban las horas, los vidrios se haban puesto
negros. ramos cuatro, sin contar el corso que sellaba
en su escritorio las ltimas adquisiciones de la
biblioteca. Estaban el viejecito, el muchacho rubio, una
joven que prepara su licenciatura, y yo. De vez en
cuando uno de nosotros alzaba la cabeza, echaba una
mirada rpida y desconfiada a los otros tres, como si
tuviera miedo. En cierto momento el viejecito se ech
a rer; vi que la joven se estremeca de pies a cabeza.
Pero yo haba descifrado el ttulo del libro que lea el
viejo: era una novela divertida.
Las siete menos diez. Pens bruscamente que la
biblioteca cerraba a las siete. Otra vez me vera arrojado
a la ciudad. A dnde iba a ir? Qu hara?
El viejo haba terminado la novela. Pero no se
marchaba. Daba en la mesa golpes secos y regulares
con el dedo.
Seores dijo el corso, va a ser hora de
cerrar. El muchacho se sobresalt y me ech una breve
ojeada. La joven miraba al corso, luego tom de nuevo
el libro y pareci sumergirse en la lectura.
Hora de cerrar dijo el corso cinco minutos
ms tarde.

El viejo mene la cabeza con aire indeciso. La
joven hizo a un lado el libro pero sin levantarse.
El corso no sala de su asombro. Dio unos pasos
vacilantes e hizo girar un conmutador. En las mesas
de lectura las lmparas se apagaron. Slo la ampolla
central permaneca encendida.
Hay que marcharse?  pregunt dulcemente
el viejo. Con lentitud, con pesar, el joven se levant.
Aquello fue jugar a quien tardara ms para ponerse el
abrigo. Cuando sal, la mujer segua sentada, con una
mano abierta apoyada en el libro.
Abajo, la puerta de entrada se abra a la noche.
El muchacho, que iba adelante, se volvi, baj
lentamente la escalera, cruz el vestbulo; en el umbral
se detuvo un instante, se lanz hacia la noche y
desapareci.
Al llegar al pie de la escalera, alc la cabeza. Al
cabo de un momento, el viejecito abandon la sala de
lectura, abrochndose el sobretodo. Cuando hubo
bajado los tres primeros peldaos, tom impulso y me
zambull cerrando los ojos.
Sent en el rostro una ligera caricia fresca. A lo
lejos, alguien silbaba. Levant los prpados: llova. Una
lluvia dulce y tranquila. La plaza estaba apaciblemente
iluminada por los cuatro faroles. Una plaza de provincia
bajo la lluvia. El joven se alejaba a grandes trancos;
era l quien silbaba: tuvo ganas de gritar a los otros
dos, ignorantes an, que podan salir sin temor, que
haba pasado la amenaza.
El viejecito apareci en el umbral. Se rasc la

mejilla con aire turbado, sonri ampliamente y abri el
paraguas.
Sbado a la maana.
Un sol encantador, con una niebla ligera que
promete buen tiempo para todo el da. Tom el
desayuno en el caf Mably.
Mme. Florent, la cajera, me dedica una graciosa
sonrisa. Grito desde mi mesa:
El seor Fasquelle est enfermo?
S, seor; una fuerte gripe; tiene para unos
cuantos das de cama. Su hija lleg esta maana de
Dunkerque. Se ha instalado aqu para cuidarlo.
Por primera vez desde que recib la carta, estoy
francamente contento de ver a Anny. Qu ha hecho
en estos seis aos? Estaremos incmodos cuando
nos veamos? Anny ignora la incomodidad. Me recibir
como si la hubiese dejado ayer. Con tal de que no me
porte como un animal y no la prevenga contra mi desde
un principio recordar que no he de tenderle la mano;
lo detesta.
Cuntos das pasaremos juntos? Quiz la traiga
a Bouville. Bastara que viviera aqu unas horas, que
durmiera una noche en el hotel Printania. Despus no
sera lo mismo; ya no podra tener miedo.
A la tarde.
El ao pasado, cuando hice mi primera visita al
Museo de Bouville, me sorprendi el retrato de Olivier
Blvigne. Falta de proporciones, de perspectiva? No
hubiera sabido decirlo, pero algo me molestaba; el
diputado no pareca seguro en la tela.

Despus volv varias veces. Pero mi incomodidad
persista. No quise admitir que Bordurin, premio de
Roma y seis veces condecorado hubiera cometido un
error en el dibujo.
Pero esta tarde, hojeando una vieja coleccin del
Satirique Bouvillois, publicacin de chantaje cuyo
propietario fue acusado de alta traicin durante la
guerra, sospech la verdad. En seguida sal de la
biblioteca y fui a dar una vuelta por el Museo.
Cruc rpidamente la penumbra del vestbulo. En
las baldosas blancas y negras, mis pasos no hacan
ruido alguno. A mi alrededor, todo un pueblo de yeso
retorca sus brazos. Entrev, al pasar delante de dos
grandes puertas, vasos resquebrajados, platos, un stiro
azul y amarillo sobre un zcalo. Era la sala Bernard
Palisy, dedicada a la cermica y a las artes menores.
Pero la cermica no me divierte. Un seor y una seora
de luto contemplaban respetuosamente los objetos de
barro cocido.
Sobre la entrada del gran saln o saln
Bordurin-Renaudas, haban colgado, sin duda desde
haca poco, una tela grande desconocida para m.
Estaba firmada por Richard Sverand y se llamaba La
muerte del clibe. Era una donacin del Estado.
Desnudo hasta la cintura, el torso un poco verde
como corresponde a los muertos, el clibe yaca en
una cama deshecha. Las sbanas y colchas en
desorden probaban una larga agona. Sonro pensando
en M. Fasquelle. l no estaba solo; lo cuidaba su hija.
En la tela, el ama de llaves, de facciones marcadas

por el vicio, haba abierto ya el cajn de la cmoda, y
contaba escudos. Por una puerta abierta se vea, en la
penumbra, un hombre de gorra aguardando con un
cigarrillo pegado al labio inferior. Cerca de la pared,
un gato indiferente beba leche.
Ese hombre haba vivido para s. Como castigo
severo y merecido, nadie haba ido a cerrarle los ojos
en su lecho de muerte. El cuadro me haca una ltima
advertencia; an era tiempo, poda volver sobre mis
pasos. Pero si segua adelante, que supiera esto: en
el gran saln donde iba a entrar, haba ms de ciento
cincuenta retratos colgados en las paredes;
exceptuando algunos jvenes arrebatados demasiado
pronto a sus familias, y la Madre Superiora de un
orfelinato, ninguno de los all representados haba
muerto clibe, ninguno haba muerto sin hijos ni
intestado, ninguno sin los ltimos sacramentos. En regla,
ese da como todos los otros, con Dios y con el mundo,
esos hombres haban pasado dulcemente a la muerte,
para reclamar la parte de vida eterna a la cual tenan
derecho.
Pues haban tenido derecho a todo: a la vida, al
trabajo, a la riqueza, al mando, al respeto y, para
terminar, a la inmortalidad.
Me recog un instante y entr. El guardin dorma
junto a una ventana. Una luz rubia, que caa de los
vidrios, manchaba los cuadros. Nada viviente haba en
esa gran sala rectangular, salvo un gato que escap
asustado cuando entr. Pero sent la mirada de ciento
cincuenta pares de ojos.

Todos los que formaron parte de la lite bouvillesa
entre 1875 y 1910 estn all, hombres y mujeres,
pintados con escrpulo por Renaudas y Bordurin.
Los hombres construyeron Sainte-Ccile-de-la-
Mer. Fundaron en 1882 la Federacin de Armadores y
Comerciantes de Bouville para agrupar en un haz
poderoso a todas las buenas voluntades; para cooperar
en la obra de recuperacin nacional, y mantener en
jaque a los partidos del desorden... Ellos hicieron de
Bouville el puerto comercial francs mejor equipado
para descarga de carbn y madera. Dieron toda la
amplitud deseable a la estacin martima, y por medio
de perseverantes dragados, llevaron a 10m70 la
profundidad del agua con marea baja. En veinte aos
el tonelaje de los barcos de pesca, que era de 5000
toneladas en 1869, se elev, gracias a ellos, a 18.000.
Sin retroceder ante ningn sacrificio para facilitar la
ascensin de los mejores representantes de la clase
obrera trabajadora, crearon, por propia iniciativa,
diversos centros de enseanza tcnica y profesional
que prosperaron bajo su alta proteccin. Rompieron la
famosa huelga de las drsenas en 1898, y dieron sus
hijos a la Patria en 1914.
Las mujeres, dignas compaeras de esos
luchadores, fundaron la mayora de los patronatos,
casas cunas, talleres de caridad. Pero fueron ante todo,
esposas y madres. Educaron hermosos hijos, les
ensearon sus deberes y derechos, la religin y las
tradiciones de Francia.
El tinte general de los retratos tiraba al castao

oscuro. Los colores vivos haban sido proscritos por
razones de decencia. Sin embargo, en los retratos de
Renaudas, que pintaba de preferencia a los ancianos,
la nieve del pelo y las patillas resaltaba sobre el fondo
negro; Renaudas sobresala en el tratamiento de las
manos. En Bordurin, de tcnica inferior, las manos
eran en cierto modo sacrificadas, pero los cuellos
postizos brillaban como mrmol.
Haca mucho calor y el guardin roncaba
dulcemente. Ech una ojeada circular a las paredes:
vi manos y ojos; aqu y all una mancha de luz coma
un rostro. Al encaminarme hacia el retrato de Olivier
Blvigne, algo me retuvo: desde el cimacio, el
comerciante Pacme dejaba caer sobre m una clara
mirada.
Estaba de pie, con la cabeza ligeramente echada
hacia atrs; tenia en una mano, contra el pantaln gris
perla, un sombrero de copa y guantes... No pude evitar
cierta admiracin; no vi en l nada mediocre, nada
que diera motivo a la crtica: pies pequeos, manos
finas, anchos hombros de luchador, elegancia discreta,
con una pizca de fantasa. Ofreca cortsmente a los
visitantes la nitidez sin arrugas de su rostro; hasta
flotaba en sus labios la sombra de una sonrisa. Pero
sus ojos grises no sonrean. Poda tener cincuenta
aos; estaba joven y fresco como a los treinta. Era
hermoso. Renunci a pillarlo en falta. Pero l no me
solt. Le en sus ojos un juicio tranquilo e implacable.
Comprend entonces todo lo que nos separaba:
lo que yo poda pensar de l no lo alcanzaba, era

exactamente psicologa como la de las novelas. Pero
su juicio me traspasaba como una espada y pona en
duda hasta mi derecho a existir. Y era verdad, siempre
lo haba sabido: yo no tena derecho a existir. Haba
aparecido por casualidad, exista como una piedra,
como una planta, como un microbio. Mi vida creca a
la buena de Dios, y en todas direcciones. A veces me
enviaba vagas seales; otras veces slo senta un
zumbido sin consecuencias.
Pero con ese hermoso hombre sin defectos,
muerto hoy, con Jean Pacme, hijo del Pacme de la
Defensa Nacional, la cosa era muy distinta: los latidos
de su corazn y los rumores sordos de sus rganos le
llegaban en forma de pequeos derechos instantneos
y puros. Durante sesenta aos, sin desfallecimientos,
haba hecho uso del derecho a vivir. Qu magnficos
ojos grises! Jams haba pasado por ellos la sombra
de una duda. Adems, Pacme no se haba equivocado
nunca.
Siempre cumpli con su deber, con todos sus
deberes: de hijo, de esposo, de padre, de jefe. Tambin
reclam sin debilidad sus derechos: nio, el derecho a
ser bien educado en una familia unida, el derecho a
heredar un nombre sin tacha, un negocio prspero;
marido, el derecho a gozar de cuidados, de tierno
afecto; padre, el de ser venerado; jefe, el derecho a
ser obedecido sin chistar. Pues un derecho es la otra
cara de un deber. Su xito extraordinario (los Pacme
son hoy la familia ms rica de Bouville) nunca debi
de asombrarle. Nunca se dijo que era feliz, y cuando

algo le proporcionaba placer, deba de entregarse a l
con moderacin, diciendo: Es un entretenimiento. De
este modo, al pasar al rango de derecho, el placer
perda su agresiva futilidad. A la izquierda, un poco
ms arriba de su pelo gris azulado, en un estante, vi
unos libros. Eran bellas encuadernaciones;
seguramente seran clsicos. Sin duda Pacme lea a
la noche, antes de dormirse, unas pginas de su viejo
Montaigne o una oda de Horacio en el texto latino. A
veces tambin leera, para informarse, una obra
contempornea. As haba conocido a Barrs y a
Bourget. Al cabo de un rato dejaba el libro. Sonrea.
La mirada perda su admirable vigilancia; se tornaba
casi soadora.
Deca: Cunto ms simple y difcil es cumplir
con el deber.
Nunca ms pens en s mismo: era un jefe.
Otros jefes colgaban de las paredes; hasta era lo
nico que haba. Jefe era ese anciano verde grisceo
en su silln. El chaleco blanco resultaba una afortunada
evocacin de su pelo plateado. (En esos retratos 
pintados sobre todo con fines de edificacin moral,
la exactitud llegaba hasta el escrpulo, pero sin excluir
la preocupacin artstica.) Posaba su larga y fina mano
en la cabeza de un muchachito. Haba un libro abierto
sobre sus rodillas. Pero su mirada erraba en la lejana.
Vea todas esas cosas invisibles para los jvenes. Su
nombre figuraba en un losange de madera dorada,
encima del retrato; deba de llamarse Pacme, o
Parrottin o Chaigneau. No se me ocurri ir a

comprobarlo; para sus allegados, para ese nio, para
l mismo, era simplemente el Abuelo; dentro de un
instante, si consideraba llegada la hora de mostrar a
su nieto el alcance de sus futuros deberes, hablara de
s mismo en tercera persona: Vas a prometer a tu
abuelo que sers muy juicioso, queridito, y trabajars
mucho el ao prximo. Tal vez el ao prximo el abuelo
ya no est aqu.
En el ocaso de la vida, derramaba sobre todos su
indulgente bondad. Yo mismo, en caso de que me viera
pero era transparente a sus miradas, hallara
gracia a sus ojos; l pensara que en otros tiempos
haba tenido abuelos. No reclamaba nada; ya no hay
deseos a esa edad. Nada, salvo que bajaran ligeramente
el tono al entrar; que hubiera a su paso un matiz de
ternura y respeto en las sonrisas; nada, salvo que su
nuera dijese, a veces: Pap es extraordinario; est
ms joven que todos nosotros; salvo ser el nico capaz
de calmar las cleras del nieto, imponindole las manos
en la cabeza y diciendo en seguida: El abuelo sabe
consolar estas grandes penas; nada, salvo que su hijo
solicitara su consejo varias veces al ao sobre
cuestiones delicadas; en fin, nada salvo sentirse
sereno, apaciguado, infinitamente cuerdo. La mano del
viejo seor apenas pesaba sobre los bucles de su nieto;
era casi una bendicin. En qu poda pensar? En su
pasado honorable que le confera el derecho a hablar
de todo y a decir en todo la ltima palabra. No llegu
bastante lejos el otro da: la Experiencia es mucho ms
que una defensa contra la muerte; es un derecho: el

derecho de los ancianos.
El general Aubry, colgado de la moldura, con su
gran sable, era un jefe. Otro jefe, el presidente Hbert,
fino letrado, amigo de Imptraz... Su rostro era largo y
simtrico, con un interminable montn sealado, justo
bajo el labio, por una perilla; adelantaba un poco la
mandbula con el aire divertido de quien hace un
distingo o suelta una objecin de principio como un
ligero eructo. Soaba, sosteniendo una pluma de ganso
en la mano; tambin l, diablos, se entretena, y
haciendo versos. Pero tena el ojo de guila de los
jefes.
Y los soldados? Yo estaba en el centro de la
sala, punto de mira de todos esos ojos graves. No era
un abuelo, ni un padre, ni siquiera un marido No votaba,
apenas pagaba algunos impuestos; no poda engrerme
ni de los derechos del contribuyente, ni de los del
elector, ni siquiera del humilde derecho a la
honorabilidad que veinte aos de obediencia confieren
al empleado. Mi existencia comenzaba a asombrarme
seriamente. No sera yo una simple apariencia?
Vaya, me dije de improviso, yo soy el soldado!
Esto me hizo rer sin rencor.
Un quincuagenario rollizo me devolvi cortsmente
una hermosa sonrisa. Renaudas lo haba pintado con
amor; no haba dado toques demasiado tiernos a las
pequeas orejas carnosas y cinceladas, ni, sobre todo,
a las manos largas, nerviosas, de dedos finos;
verdaderas manos de sabio o de artista. Su rostro me
era desconocido; seguramente habra pasado con

frecuencia delante de la tela sin reparar en ella. Me
acerqu, le: Rmy Parrottin, nacido en Bouville en
1849, profesor de la Escuela de Medicina de Pars.
Parrottin: el doctor Wakefield me haba hablado
de l. Una vez en mi vida encontr un gran hombre.
Era Rmy Parrottin. Segu sus cursos durante el
invierno de 1904 (como usted sabe, pas dos aos en
Pars para estudiar obstetricia). Me hizo comprender
lo que es un jefe. Tena fluido, se lo aseguro. Nos
electrizaba: nos hubiera llevado al fin del mundo. Y
adems era un gentleman; posea una inmensa fortuna
y dedicaba una buena parte de ella a ayudar a los
estudiantes pobres.
De modo que este prncipe de la ciencia me haba
inspirado algunos sentimientos fuertes la primera vez
que o hablar de l. Ahora estaba en su presencia, y
me sonrea. Cunta inteligencia y afabilidad en su
sonrisa! Su cuerpo regordete reposaba muellemente
en el fondo de un gran silln de cuero. Este sabio sin
pretensiones pona en seguida cmoda a la gente.
Hasta hubiera pasado por un infeliz de no ser por la
espiritualidad de su mirada.
No haca falta mucho para adivinar la razn de
su prestigio: era querido porque lo comprenda todo;
se le poda decir todo. Se asemejaba un poco a Renan,
en suma, pero ms distinguido. Era de los que dicen:
Los socialistas? Bueno, yo voy ms lejos que ellos!
Para seguirlo por este camino peligroso, era preciso
abandonar en seguida, estremecindose, la familia, la
Patria, el derecho de propiedad, los valores ms

sagrados. Hasta se dudaba un segundo del derecho
de la lite burguesa a mandar. Un paso ms, y de
improviso todo quedaba restablecido, maravillosamente
fundado en slidas razones, a la antigua. Uno se volva
y divisaba all atrs a los socialistas, lejos ya, muy
pequeos, que agitaban el pauelo gritando:
Esprennos.
Adems, yo saba por Wakefield que el Maestro
gustaba, como l mismo deca, de alumbrar las almas.
Como se mantena joven, le agradaba rodearse de
juventud; reciba con frecuencia a los jvenes de buena
familia que se destinaban a la medicina. Wakefield haba
estado varias veces a almorzar con l. Despus de la
comida pasaban al saln de fumar. El Jefe trataba como
si fueran hombres a esos estudiantes que no estaban
an muy lejos del primer cigarrillo; les ofreca cigarros.
Se tenda en un divn y hablaba largamente, con los
ojos entrecerrados, rodeado por la multitud vida de
sus discpulos. Evocaba recuerdos, contaba ancdotas,
deduciendo moralejas picantes y profundas. Y si entre
esos jvenes bien educados haba alguno que le haca
frente, Parrottin se interesaba especialmente en l. Lo
incitaba a que hablara, lo escuchaba atentamente, le
sugera ideas, temas de meditacin. Era forzoso que
un da el joven lleno de ideas generosas, excitado por
la hostilidad de los suyos, cansado de pensar solo y
contra todos, pidiera al Jefe que lo recibiese a solas; y
balbuciente de timidez, le entregaba sus ms ntimos
pensamientos, sus indignaciones, sus esperanzas.
Parrottin lo estrechaba contra su pecho. Deca: Lo

comprendo, lo comprend desde el primer da.
Conversaba. Parrottin iba lejos, ms lejos an, tan lejos
que el muchacho lo segua a duras penas. Con algunas
plticas por el estilo, poda observarse una sensible
mejora en el joven rebelde. Vea claro en s mismo,
aprenda a conocer los vnculos profundos que lo
ligaban a su familia, a su medio; comprenda por fin el
papel admirable de la lite. Y para terminar, como
por arte de magia, la oveja descarriada que haba
seguido a Parrottin paso a paso, se encontraba en el
redil, ilustrada, arrepentida. Ha curado ms almas,
conclua Wakefield, que yo cuerpos
Rmy Parrottin me sonrea afablemente. Dudaba,
trataba de comprender mi posicin para cambiarla
despacito y conducirme al redil. Pero yo no le tena
miedo: no era una oveja. Mir su hermosa frente serena
y sin arrugas, su pequeo vientre, su mano abierta
sobre la rodilla. Le devolv la sonrisa y lo dej.
Jean Parrottin, su hermano, presidente de la S.
A. B., apoyaba las dos manos en el borde de una mesa
cargada de papeles; toda su actitud daba a entender
al visitante que la audiencia haba terminado. Su mirada
era extraordinaria; pareca abstracta, y brillaba de
derecho puro. Sus ojos deslumbrantes le devoraban
toda la cara. Debajo de ese incendio, advert unos
labios delgados y prietos de mstico. Es extrao, me
dije: se parece a Rmy Parrottin. Me volv hacia el
Gran Jefe; al examinarlo a la luz de este parecido,
surga bruscamente de su dulce rostro un no s qu
rido y desolado, el aire de familia. Regres a Jean

Parrottin.
Este hombre tena la simplicidad de una idea.
Slo le quedaban huesos, carne muerta y Derecho
Puro. Un verdadero caso de poseso, pens. Cuando
el Derecho se apodera de un hombre, no hay exorcismo
que pueda expulsarlo; Jean Parrottin haba consagrado
toda su vida a pensar en el Derecho, nada ms. En
lugar del incipiente dolor de cabeza que yo senta,
como siempre que visito un museo, l hubiera sentido
en sus sienes el derecho doloroso a que lo cuidaran.
Era preciso no hacerlo pensar demasiado, no llamar
su atencin sobre realidades desagradables, sobre su
muerte posible, sobre los sufrimientos de los dems.
Sin duda, en su Techo de muerte, en la hora en que,
desde Scrates, es de rigor pronunciar algunas
palabras elevadas, dijo a su mujer, como uno de mis
tos a la suya que lo haba velado doce noches: A ti,
Thrse, no te doy las gracias; no has hecho ms que
cumplir con tu deber. Cuando un hombre llega a esto,
hay que quitarse el sombrero.
Sus ojos, que yo miraba embobado, me
despedan. No me fui; estuve resueltamente indiscreto.
Saba, por haber contemplado mucho tiempo en la
biblioteca del Escorial cierto retrato de Felipe II, que
cuando se mira a la cara un rostro resplandeciente de
derecho, al cabo de un momento ese brillo se apaga y
queda un residuo ceniciento; ese residuo era el que
me interesaba.
Parrottin ofreca una hermosa resistencia. Pero
de golpe se apag su mirada; el cuadro se empa.

Qu quedaba? Ojos ciegos, la boca delgada como
una serpiente, y mejillas. Mejillas plidas y redondas,
de nio; se desplegaban en la tela. Los empleados de
la S. A. B. nunca las haban sospechado; no se
demoraban demasiado en el despacho de Parrottin. Al
entrar encontraban esa terrible mirada como un muro.
Detrs, estaban a cubierto las mejillas, blancas y
blandas. Al cabo de cuntos aos las haba notado
su mujer? Dos? Cinco? Me imagino que un da,
mientras el marido dorma a su lado y un rayo de luna
le acariciaba la nariz, o mientras digera penosamente,
a la hora del calor, recostado en un silln, con los ojos
entrecerrados y un charco de sol en la barbilla, se
haba atrevido a mirarlo de frente: toda esa carne se le
apareci sin defensa, abotagada, babosa, vagamente
obscena. Sin duda a partir de entonces Mme. Parrottin
asumi el mando.
Retroced unos pasos, envolv en una sola ojeada
a todos los grandes personajes: Pacme, el presidente
Hbert, los dos Parrottin, el general Aubry. Haban
usado sombrero de copa; los domingos encontraban
en la calle Tournebride a Mme. Gratien, la mujer del
alcalde, que vio a Santa Cecilia en sueos. Le dirigan
grandes saludos ceremoniosos cuyo secreto se ha
perdido.
Estaban pintados con gran exactitud, y sin
embargo, bajo el pincel, sus rostros haban perdido la
misteriosa debilidad de los rostros humanos. Sus caras,
aun las ms flojas, eran netas como porcelana: en vano
buscaba yo algn parentesco con los rboles y los

animales, con los pensamientos de la tierra o el agua.
Pensaba que en vida no haban tenido ese carcter de
necesidad. Pero en el momento de pasar a la posteridad
se haban confiado a un pintor de renombre para que
operara discretamente en sus rostros esos dragados,
esas perforaciones, esas irrigaciones que
transformaran el mar y los campos en los alrededores
de Bouville. De este modo, con el concurso de
Renaudas y Bordurin, haban avasallado a toda la
Naturaleza: afuera y en s mismos. Lo que estas telas
ofrecan a mi mirada era el hombre repensado por el
hombre, con su ms bella conquista como nico adorno:
el ramillete de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano. Admir sin reservas al gnero humano.
Haban entrado un seor y una seora. Estaban
vestidos de negro y trataban de pasar inadvertidos. Se
detuvieron, sobrecogidos, en el umbral de la puerta, y
el seor se descubri maquinalmente.
Ah!exclam la seora muy conmovida.
El seor recobr ms rpido su sangre fra. Dijo,
en tono respetuoso:
Es toda una poca.
S dijo la seora, es la poca de mi abuela.
Dieron unos pasos y encontraron la mirada de
Jean Parrottin. La seora se qued con la boca abierta,
pero el seor no era orgulloso; tena unos ojos humildes,
deba de conocer bien las miradas intimidantes y las
audiencias abreviadas. Tir dulcemente a su mujer del
brazo:
Mira a ste  dijo.

La sonrisa de Rmy Parrottin siempre haba puesto
cmodos a los humildes. La mujer se acerc y ley,
con aplicacin:
Retrato de Rmy Parrottin, nacido en Bouville
en 1849, profesor de la escuela de medicina de Pars,
por Renaudas.
Parrottin, de la Academia de las Ciencias 
dijo su marido, por Renaudas, del Instituto. Esto es
Historia!
La seora mene la cabeza y mir al Gran Jefe.
Qu bien est!dijo Qu expresin
inteligente!
El marido hizo un amplio ademn.
Todos stos son los que han hecho a Bouville
dijo con simplicidad.
Est bien que los hayan puesto aqu juntos 
dijo la mujer enternecida.
ramos tres soldados de maniobras en aquella
sala inmensa. El marido, que rea de respeto, en
silencio me ech una mirada inquieta, y bruscamente
dej de rer. Apartndome fui a plantarme frente al
retrato de Olivier Blvigne. Me invadi un dulce gozo;
bueno, yo tena razn. Era realmente demasiado raro.
La mujer se me haba acercado.
Gastn dijo, con brusca osada, ven!
El marido vino hacia nosotros.
Mira, ste, Olivier Blvigne, tiene su calle.
Sabes? la callecita que trepa por el Coteau Vert justo
antes de llegar a Jouxtebouville.
Agreg, al cabo de un instante:

No pareca cmodo.
No! Los criticones encontraran motivo para
hablar.
La frase era dirigida a m. El seor me mir con
el rabillo del ojo y se ech a rer algo ruidosamente
esta vez, con un aire fatuo y reparn, como si l mismo
fuera Olivier Blvigne.
Olivier Blvigne no rea. Nos apuntaba con la
mandbula apretada; la manzana de Adn le sobresala.
Hubo un momento de silencio y de xtasis.
Parece que fuera a hablar  dijo la seora.
El marido explic, cortsmente:
Era un gran comerciante en algodn. Despus
hizo poltica; fue diputado.
Yo lo saba. Hace dos aos consult por l el
Pequeo diccionario de grandes hombres de Bouville
del padre Morellet. Copi el artculo.
Blvigne Olivier-Martial, hijo del anterior, nacido
y muerto en Bouville (1849-1908), curs derecho en
Pars y obtuvo la licenciatura en 1872. Fuertemente
impresionado por la insurreccin de la Comuna, que
lo oblig, como a tantos parisienses, a refugiarse en
Versalles bajo la proteccin de la Asamblea Nacional,
se jur, a la edad en que los jvenes slo piensan en el
placer, consagrar su vida al restablecimiento del
Orden. Mantuvo su palabra: a su regreso a nuestra
ciudad fund el famoso club del Orden que reuni todas
las noches, durante largos aos, a los principales
comerciantes y armadores de Bouville. Este crculo
aristocrtico del que pudo decirse, con una humorada,

que era ms cerrado que el Jockey, ejerci hasta 1908
una saludable influencia en los destinos de nuestro gran
puerto comercial. Olivier Blvigne cas en 1880 con
Marie Louise Pacme, hija menor del comerciante
Charles Pacme (ver este nombre) y fund, a la muerte
de ste, la casa Pacme-Blvigne e hijo. Poco despus
se interes en poltica y present su candidatura a la
diputacin. El pas, dijo en un discurso clebre, padece
la enfermedad ms grave: la clase dirigente ya no
quiere mandar. Y quin mandar, seores, si aquellos
que por herencia, educacin, experiencia, son ms
aptos para el ejercicio del poder se apartan de l por
resignacin o cansancio? Lo he dicho muchas veces:
mandar no es un derecho de la lite, sino su principal
deber. Seores, os conjuro: restauremos el principio
de autoridad!
Fue elegido por primera vez el 4 de octubre de
1885 y reelegido despus constantemente. Pronunci
numerosos y brillantes discursos con una elocuencia
enrgica y ruda. Estaba en Pars en 1898 cuando estall
la terrible huelga. Se traslad urgentemente a Bouville
donde fue el animador de la resistencia. Tom la
iniciativa de negociar con los huelguistas. Estas
negociaciones, inspiradas en un espritu amplio y
conciliatorio, fueron interrumpidas por la escaramuza
de Jouxtebouville. Se sabe que una intervencin discreta
de las tropas restableci la calma en los nimos.
La muerte prematura de su hijo Octave, que
ingresara muy joven en la Escuela Politcnica y de
quien quera hacer un jefe asest un terrible golpe a

Olivier Blvigne. No pudo recobrarse, y muri dos aos
ms tarde, en febrero de 1908.
Colecciones de discursos: Las fuerzas morales
(1894. Agotado). El deber de castigar (1900. Los
discursos de esta coleccin fueron pronunciados en
su totalidad a propsito del affaire Dreyfus. Agotado).
Voluntad (1902. Agotado). Despus de su muerte se
reunieron los ltimos discursos y algunas cartas a sus
ntimos bajo el ttulo: Labor improbus (Ed. Plon, 1910).
Iconografa: existe un excelente retrato suyo de
Bordurin en el museo de Bouville.
Un excelente retrato, sea. Olivier Blvigne usaba
un bigotito negro y su rostro olivceo era un poco
parecido al de Maurice Barrs. Seguramente los dos
hombres se conocieron; sesionaban en las mismas
bancas. Pero el diputado de Bouville no tenia la soltura
del Presidente de la Liga de Patriotas. Era rgido como
un garrote y saltaba de la tela como un diablo de su
caja. Sus ojos chispeaban; la pupila era negra, la
crnea rojiza. Frunca sus pequeos labios carnosos
y apretaba la mano derecha contra el pecho.
Cmo me haba atormentado ese retrato! Unas
veces encontraba a Blvigne demasiado alto, otras
demasiado bajo. Pero ahora saba a qu atenerme.
Conoc la verdad hojeando el Satirique Bouvillois.
El nmero del 6 de noviembre de 1905 estaba
consagrado por entero a Blvigne. Apareca en la tapa,
minsculo, colgado de la melena de Combes, con esta
leyenda: El piojo del len. Y desde la primera pgina
se explicaba todo: Olivier Blvigne meda un metro

cincuenta y tres. Su breve talla y su voz de rana, que
ms de una vez haba hecho desternillar de risa a la
cmara entera, eran motivo de mofa. Lo acusaban de
usar taloneras de caucho en los botines. Por el
contrario, Mme. Blvigne, Pacme de soltera, era un
caballo. Es oportuno decir, agregaba el cronista, que
tiene el doble por mitad.
Un metro cincuenta y tres A Bordurin, con celoso
cuidado, lo haba rodeado de esos objetos que no
corren el riesgo de empequeecer: un puf, un silln
bajo, un anaquel con algunos volmenes en doce, un
pequeo velador persa. Pero le dio la misma talla que
a su vecino Jean Parrottin y las dos telas tenan las
mismas dimensiones. Resultaba que en una el velador
era casi tan grande como la mesa enorme de la otra, y
el puf llegara al hombro de Parrottin.
El ojo realizaba instintivamente la comparacin
entre los dos retratos; sa era la causa de mi malestar.
En la actualidad me daban ganas de rer; un
metro cincuenta y tres! Si yo hubiera querido hablar a
Blvigne, habra debido inclinarme o doblar las rodillas.
Ya no me asombraba que levantara con tanto mpetu la
nariz al aire; el destino de los hombres de esta talla se
juega siempre a unas pulgadas por encima de sus
cabezas.
Admirable poder del arte! De ese hombrecito de
voz chillona pasara a la posteridad un rostro
amenazador, un gesto soberbio, y sangrientos ojos de
toro. El estudiante aterrorizado por la Comuna, el
diputado minsculo y rabioso; esto se lo haba llevado

la muerte. Pero gracias a Bordurin, el presidente del
club del Orden, el orador de Las fuerzas morales era
inmortal.
Oh, pobre Pipo!
La seora lanz un grito sofocado: bajo el retrato
de Octave Blvigne hijo del anterior, una mano piadosa
haba trazado estas palabras:
Muerto en la Politcnica, en 1904.
Muri! Como el hijo de Arondel. Tena una cara
tan inteligente. Cunto habr sufrido la mam! Tambin,
exigen demasiado en esas grandes escuelas. El cerebro
trabaja hasta durante el sueo. A m me gustan mucho
esos bicornios, quedan elegantes. Se llaman
casuarios?
No, los casuarios son los de Saint-Cyr.
Contempl yo tambin al politcnico muerto a
temprana edad. Su tez cerlea y su bigote reflexivo
hubieran bastado para despertar la idea de una muerte
prxima. Adems, l haba previsto su destino; se
notaba cierta resignacin en sus ojos claros que vean
lejos. Pero al mismo tiempo llevaba alta la cabeza; con
ese uniforme representaba al ejrcito francs.
Tu Marcellus eris! Manibus date lilia plenis...
Una rosa cortada, un politcnico muerto: puede
haber algo ms triste?
Segu despacito por la larga galera, saludando
al pasar, sin detenerme, los rostros distinguidos que
salan de la penumbra: M. Bossoire, presidente del
tribunal de comercio; M. Faby, presidente del consejo
de administracin del puerto autnomo de Bouville; M.

Boulange, comerciante, con su familia; M. Rannequin,
alcalde de Bouville; M. de Lucien, nacido en Bouville,
embajador de Francia en los Estados Unidos y poeta;
un desconocido con uniforme de prefecto; la Madre
Sainte-Marie-Louise, superiora del Gran Orfelinato; M.
y Mme. Thrson; M. Thiboust-Gouron, presidente
general del consejo de prohombres; M. Bobot,
administrador principal de la inscripcin Martima; M.
Brion, Minette, Grelot, Lefbvre; el doctor Pain y seora;
el propio Bordurin, pintado por su hijo Fierre Bordurin.
Miradas claras y fras, facciones finas, labios delgados.
M. Boulange era econmico y paciente; la Madre
Sainte-Marie-Louise de una piedad industriosa; M.
Thiboust-Gouron tan duro consigo mismo como con
los dems. Mme. Thrson luchaba sin flaquear contra
un mal profundo. Su boca infinitamente cansada hablaba
bastante de su padecimiento. Pero esta mujer piadosa
nunca haba dicho: Me duele. Saba sobreponerse;
compona listas de platos y presida sociedades de
beneficencia. A veces, en mitad de una frase, cerraba
lentamente los prpados y la vida abandonaba su rostro.
Ese desfallecimiento no duraba ms de un segando;
Mme. Thrson abra en seguida los ojos, continuaba
la frase. Y en el taller de caridad se cuchicheaba:
Pobre Mme. Thrson! Nunca se queja.
Haba cruzado el saln Bordurin-Renaudas en
toda su longitud. Me volv. Adis hermosos lirios, pura
fineza en vuestros pequeos santuarios pintados, adis
hermosos lirios, orgullo nuestro y nuestra razn de ser,
adis. Cochinos.

Lunes.
Ya no escribo mi libro sobre Rollebon; se acab,
ya no puedo escribirlo. Qu voy a hacer de mi vida?
Eran las tres. Estaba sentado a mi mesa; haba
puesto a mi lado el legajo de cartas que rob en Mosc;
escriba:
Se difundieron de intento los ms siniestros
rumores. M. de Rollebon debi de caer en el lazo, pues
escribi a su sobrino, con fecha trece de setiembre,
que acababa de redactar su testamento.
El marqus estaba presente; mientras esperaba
instalarlo definitivamente en la existencia histrica, le
prestaba mi vida. Lo senta como un calor ligero en el
hueco del estmago.
De pronto ca en una objecin que no dejaran
de hacerme: Rollebon estaba lejos de ser franco con
su sobrino a quien quera utilizar, si fallaba el golpe,
como testigo de descargo ante Pablo I. Es muy posible
que hubiera inventado la historia del testamento para
drselas de ingenuo.
Era una objecin sin importancia, un error sin
consecuencias. Sin embargo bast para sumirme en
un ensueo taciturno. Evoqu, de improviso, la criada
gorda del Camille, la cabeza huraa de M. Achille, la
sala donde tan claramente sent que estaba olvidado,
abandonado en el presente. Me dije con cansancio:
Cmo yo, que no he tenido fuerzas para retener
mi propio pasado, puedo esperar que salvar el de
otro?
Tom la pluma e intent reanudar la tarea; estaba

harto de esas reflexiones sobre el pasado, sobre el
presente, sobre el mundo. Slo peda una cosa: que
me dejaran acabar tranquilamente mi libro.
Pero como mi mirada caa en el block de hojas
blancas, me absorbi su aspecto y permanec con la
pluma en el aire, contemplando ese papel deslumbrador:
qu duro y chilln era, qu presente. En l no haba
ms que presente. Las palabras que acababa de trazar
encima no estaban secas an y ya no me pertenecan.
Se difundieron de intento los ms siniestros
rumores...
Esta frase la haba pensado; haba sido primero
un poco de m mismo. Ahora estaba grabada en el
papel, formaba un bloque contra m. Ya no la reconoca.
Ni siquiera poda repensarla. Estaba all, frente a m;
hubiera sido intil buscarle una marca de origen.
Cualquier otro habra podido escribirla. Pero yo, yo
no tena la seguridad de haberla escrito. Ahora las letras
no brillaban, estaban secas. Tambin eso haba
desaparecido; ya no quedaba nada de su efmero
esplendor.
Ech una mirada ansiosa a mi alrededor: present,
nada ms que presente. Muebles ligeros y slidos,
incrustados en su presente, una mesa, una cama, un
ropero con espejo y yo mismo. Se revelaba la
verdadera naturaleza del presente: era todo lo que existe,
y todo lo que no fuese presente no exista. El pasado
no exista. En absoluto. Ni en las cosas ni siquiera en
mi pensamiento. Por supuesto, saba desde mucho
tiempo atrs que el mo se me haba escapado. Pero

hasta entonces cre que se haba apartado simplemente
fuera de mi alcance. Para m el pasado slo era un
retiro, otra manera de existir, un estado de vacaciones
y de inactividad; al terminar su papel, cada
acontecimiento se acomodaba juiciosamente en una
caja y se converta en acontecimiento honorario; tanto
cuesta imaginar la nada. Ahora saba: las cosas son
en su totalidad lo que parecen, y detrs de ellas... no
hay nada.
Durante unos minutos me absorbi este
pensamiento. Despus me encog violentamente de
hombros para desecharlo y acerqu el block de papel.
...que acababa de redactar su testamento.
Una inmensa repugnancia me invadi de improviso
y la pluma se me cay de los dedos escupiendo tinta.
Qu haba pasado? Tena la Nusea? No, no era
eso, el cuarto mostraba su aire bonachn de todos los
das. Apenas si la mesa me pareca ms pesada, ms
espesa, y la estilogrfica ms compacta. Slo que M.
de Rollebon acababa de morir por segunda vez.
Hace un instante todava estaba aqu, en m,
tranquilo y caliente, y de vez en cuando lo senta
moverse. Estaba bien vivo, ms vivo para m que el
Autodidacto o la patrona del Rendez-vous des
Cheminots. Por supuesto, tena sus caprichos; poda
pasarse varios das sin aparecer; pero a menudo, en
misterioso buen tiempo, sacaba la nariz afuera, como
el capuchino higromtrico, y yo vea su rostro
descolorido y sus mejillas azules. Y aun cuando no
apareciera, pesaba sobre mi corazn y yo me senta

lleno.
Ahora ya no quedaba nada. Como no quedaba el
recuerdo de su fresco esplendor en esas marcas de
tinta seca. Era culpa ma: yo haba pronunciado las
nicas palabras que no deba decir; dije que el pasado
no exista. Y de golpe, sin ruido, M. de Rollebon retorn
a su nada.
Tom las cartas en mis manos, las palp con una
especie de desesperacin:
Fue l, me dije, sin embargo fue l quien traz
uno por uno estos signos. l se apoy en este papel,
pos el dedo en las hojas para impedir que se movieran
bajo la pluma.
Demasiado tarde: estas palabras ya no tenan
sentido. Slo exista un legajo de hojas amarillas que
yo apretaba en mis manos. Y esta historia complicada:
el sobrino de Rollebon asesinado en 1810 por la polica
del zar, sus papeles confiscados y llevados a los
archivos secretos, y cien aos ms tarde, cuando los
Soviets asumieron el poder, depositados en la Biblioteca
de Estado, de donde los rob en 1923. Pero esto no
pareca verdadero, y de este robo que yo mismo
comet, no conservaba ningn recuerdo cierto. Para
explicar la presencia de estos papeles en mi cuarto,
no hubiera sido difcil encontrar cien historias ms
verosmiles, toda ligeras como burbujas.
En vez de contar con ellas para comunicarme
con Rollebon, sera mejor recurrir en seguida a las
mesas de tres patas. Rollebon ya no estaba. De ningn
modo. Si an quedaban algunos huesos suyos, existan

por s mismos, con toda independencia; eran un poco
de fosfato y carbonato de calcio con sales y agua.
Hice una ltima tentativa: me repet las palabras
de Mme. de Genlis mediante las cuales de ordinario
evoco al marqus: su carita arrugada, limpia y
definida, picada de viruelas, donde haba una malicia
singular que saltaba a los ojos por esfuerzos que hiciera
para disimularla.
Se me apareci dcilmente su rostro, su nariz
puntiaguda, sus mejillas azules, su sonrisa. Poda
imaginar sus facciones a voluntad, quiz hasta con
ms facilidad que antes. Slo que ya no era sino una
imagen en m, una ficcin. Suspir, me dej caer contra
el respaldo de la silla, con la impresin de una falta
intolerable.
Dan las cuatro. Hace una hora que estoy aqu,
en la silla, con los brazos colgando. Comienza a
oscurecer. Fuera de esto nada ha cambiado en el
cuarto: el papel blanco sigue en la mesa, al lado de la
estilogrfica y el tintero... Pero nunca ms escribir
en la hoja empezada. Nunca ms me dirigir por la
calle des Mutils y el bulevar de la Redoute a la
biblioteca para consultar los archivos.
Tengo ganas de dar un salto y salir, tengo ganas
de hacer cualquier cosa para aturdirme. Pero bien s
lo que me suceder si levanto un dedo, si no me estoy
absolutamente tranquilo. No quiero que eso me suceda
todava. Siempre vendr demasiado pronto. No me

muevo; leo maquinalmente, en la hoja del block, el
prrafo que dej inconcluso:
Se difundieron de intento los ms siniestros
rumores. M. de Rollebon debi de caer en el lazo, pues
escribi a su sobrino, con fecha trece de setiembre,
que acababa de redactar su testamento.
El gran asunto Rollebon ha terminado, como una
gran pasin. Habr que buscar otra cosa. Hace unos
aos, en Shangi, en el despacho de Mercier, de
improviso sal de un sueo, me despert. Despus so
de nuevo: viva en la corte de los zares, en viejos
palacios tan fros que en invierno se formaban
estalactitas de hielo encima de las puertas. Hoy me
despierto frente a un block de papel blanco. Los
blandones, las fiestas glaciales, los uniformes, los bellos
hombros temblorosos han desaparecido. En su lugar
algo queda en el cuarto tibio, algo que no quiero ver.
M. de Rollebon era mi socio: l me necesitaba
para ser, y yo lo necesitaba para no sentir mi ser. Yo
proporcionaba la materia bruta, esa materia bruta que
tena para la reventa, con la cual no saba qu hacer:
la existencia, mi existencia. Su parte era representar.
Permaneca frente a m y se haba apoderado de mi
vida para representarme la suya. Yo ya no me daba
cuenta de que exista, ya no exista en m sino en l;
por l coma, por l respiraba, cada uno de mis
movimientos tena sentido afuera, all, justo frente a
m, en l; ya no vea mi mano trazando las letras en el
papel, ni siquiera la frase que haba escrito; detrs,
ms all del papel, vea al marqus que haba reclamado

este gesto, cuya existencia consolidaba este gesto. Yo
era slo un medio de hacerlo vivir, l era mi razn de
ser, me haba librado de m. Qu har ahora?
Sobre todo no moverse, no moverse... Ah!
No pude contener ese encogimiento de hombros...
La Cosa, que aguardaba, se ha dado la voz de
alarma, me ha cado encima, se escurre en m, estoy
lleno de ella. La Cosa no es nada: La Cosa soy yo. La
existencia liberada, desembarazada, refluye sobre m.
Existo.
Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y
leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve.
Por todas partes, roces que caen y se desvanecen.
Muy suave, muy suave. Tengo la boca llena de agua
espumosa. La trago, se desliza por mi garganta, me
acaricia y renace en mi boca. Hay permanentemente
en mi boca un charquito de agua blancuzca 
discreta que me roza la lengua. Y ese charco tambin
soy yo. Y la lengua. Y la garganta soy yo.
Veo mi mano que se extiende en la mesa. Vive,
soy yo. Se abre, los dedos se despliegan y apuntan.
Est apoyada en el dorso. Me muestra su vientre gordo.
Parece un animal boca arriba. Los dedos son las patas.
Me divierto hacindolos mover muy rpido, como las
patas de un cangrejo que ha cado de espaldas. El
cangrejo est muerto, las patas se encogen, se doblan
sobre el vientre de mi mano. Veo las uas, la nica
cosa ma que no vive. Y de nuevo. Mi mano se vuelve,
se extiende boca abajo, me ofrece ahora el dorso. Un
dorso plateado, un poco brillante, como un pez si no

fuera por los pelos rojos en el nacimiento de las
falanges. Siento mi mano. Yo soy esos dos animales
que se agitan en el extremo de mis brazos. Mi mano
rasca una de sus patas con la ua de otra pata; siento
su peso sobre la mesa, que no es yo. Esta impresin
de peso es larga, larga, no termina nunca. No hay
razn para que termine. Al final es intolerable... Retiro
la mano, la meto en el bolsillo. Pero siento en seguida,
a travs de la tela, el calor del muslo. De inmediato
hago saltar la mano del bolsillo; la dejo colgando contra
el respaldo de la silla. Ahora siento su peso en el extremo
de mi brazo. Tira un poco, apenas, muellemente,
suavemente; existe. No insisto; dondequiera que la meta
continuar existiendo y yo continuar sintiendo que
existe; no puedo suprimirla ni suprimir el resto de mi
cuerpo, el calor hmedo que ensucia mi camisa, ni
toda esta grasa clida que gira perezosamente como
si la revolvieran con la cuchara, ni todas las sensaciones
que se pasean aqu dentro, que van y vienen, suben
desde mi costado hasta la axila, o bien vegetan
dulcemente, de la maana a la noche, en su rincn
habitual.
Me levanto sobresaltado; si por lo menos pudiera
dejar de pensar, ya sera mejor. Los pensamientos son
lo ms insulso que hay. Ms insulso an que la carne.
Son una cosa que se estira interminablemente, y dejan
un gusto raro. Y adems dentro de los pensamientos
estn las palabras, las palabras inconclusas, las frases
esbozadas que retornan sin interrupcin: Tengo que
termi... Yo ex... Muerto... M. de Roll ha muerto... No

soy... Yo ex...  Sigue, sigue, y no termina nunca. Es
peor que lo otro, por que me siento responsable y
cmplice. Por ejemplo, yo alimento esta especie de
rumia dolorosa: existo. Yo. El cuerpo, una vez que ha
empezado, vive solo. Pero soy yo quien contina, quien
desenvuelve el pensamiento. Existo. Pienso que existo.
Oh qu larga serpentina es esa sensacin de existir!
Y la desenvuelvo muy despacito... Si pudiera dejar de
pensar! Intento, lo consigo: me parece que la cabeza
se me llena de humo... y vuelve a empezar: Humo...
no pensar... No quiero pensar. No tengo que pensar
que no quiero pensar. Porque es un pensamiento.
Entonces no se acabar nunca?
Yo soy mi pensamiento, por eso no puedo
detenerme. Existo porque pienso... y no puedo dejar
de pensar. En este mismo momento es atroz si
existo es porque me horroriza existir. Yo, yo me saco
de la nada a la que aspiro; el odio, el asco de existir
son otras tantas maneras de hacerme existir, de
hundirme en la existencia. Los pensamientos nacen a
mis espaldas, como un vrtigo, los siento nacer detrs
de mi cabeza... si cedo se situarn aqu delante, entre
mis ojos, y sigo cediendo, y el pensamiento crece,
crece, y ahora, inmenso, me llena por entero y renueva
mi existencia.
Mi saliva est azucarada, mi cuerpo tibio; me
siento insulso. Mi cortaplumas est sobre la mesa. Lo
abro. Por qu no? De todos modos, as introducira
algn cambio. Apoyo la mano izquierda en el anotador
y me asesto un buen navajazo en la palma. El

movimiento fue demasiado nervioso; la hoja se ha
deslizado, la herida es superficial. Sangra. Y qu?
Qu es lo que ha cambiado? Sin embargo miro con
satisfaccin en la hoja blanca, a travs de las lneas
que trac hace un rato, ese charquito de sangre que
por fin ha cesado de ser yo. Cuatro lneas en una hoja
blanca, una mancha de sangre: es un hermoso
recuerdo. Tendr que escribir encima: Ese da
renunci a escribir mi libro sobre el marqus de
Rollebon.
Me curar la mano? Vacilo. Miro el ligero fluir
montono de la sangre. Justamente ahora se coagula.
Se acab.
Mi piel parece enmohecida alrededor del tajo.
Debajo de la piel slo queda una pequea sensacin
semejante a las otras, quiz ms insulsa todava.
Dan las cinco y media. Me levanto, la camisa fra
se me pega a la carne. Salgo. Por qu? Bueno, porque
tampoco tengo razones para no hacerlo. Aunque me
quede, aunque me acurruque en silencio en un rincn,
no me olvidar. Estar all, pesar sobre el piso. Soy.
Compro un diario al pasar. Sensacional. Fue
hallado el cuerpo de la pequea Lucienne! Olor a tinta,
el papel se aja entre mis dedos. El innoble individuo ha
huido. La nia fue violada. Hallaron su cuerpo, sus
dedos crispados en el barro. Estrujo el papel con mis
dedos crispados; olor a tinta; Dios mo, con qu fuerza
existen hoy las cosas. La pequea Lucienne fue violada.
Estrangulada. Su cuerpo, su carne magullada, existen
an. Ella ya no existe. Sus manos. Ella ya no existe.

Las casas. Camino entre las casas, estoy entre las
casas, muy derecho en el pavimento; el pavimento existe
bajo mis pies, las casas vuelven a cerrarse sobre m,
como el agua se cierra sobre m, sobre el papel
arrugado, soy. Soy, existo, pienso luego soy; soy
porque pienso, por qu pienso? No quiero pensar
ms, soy porque pienso que no quiero ser, pienso que...
porque... puf! Huyo, el innoble individuo ha huido, su
cuerpo violado. Ella sinti esa otra carne que se
deslizaba en la suya. Yo... ahora yo... Violada. Un dulce
deseo sangriento de violacin me atrapa por detrs,
dulcemente, por detrs de las orejas, las orejas corren
tras de m, el pelo rojo, el pelo es rojo en mi cabeza,
hierba mojada, hierba rojiza, tambin soy yo? Y el
diario tambin soy yo? sujetar el diario, existencia junto
a existencia, las cosas existen unas junto a otras, suelto
el diario. La casa surge, existe frente a m; camino a lo
largo de la pared; existo a lo largo de la pared, existo
frente a la pared, un paso, el muro existe frente a m,
uno dos, detrs de m, el muro est detrs de m, un
dedo que rasca en mi calzoncillo, rasca, rasca y saca
el dedo de la nia manchado de barro, el barro en mi
dedo que sala del arroyo barroso y vuelve a caer
despacito, despacito, se ablandaba, rascaba con
menos fuerza; los dedos de la nia a la que estaban
estrangulando, innoble individuo, rascaban con menos
fuerza el barro, la tierra, el dedo se desliza despacito,
primero cae la cabeza, caricia caliente contra mi muslo;
la existencia es blanda y rueda y se zarandea, yo me
zarandeo entre las casas, soy, existo, pienso, luego

me zarandeo, soy, la existencia es una cada acabada,
no caer, caer, el dedo rasca en un tragaluz, la
existencia es una imperfeccin. El seor. El seor
guapo existe. El seor siente que existe. No, el seor
guapo que pasa, orgulloso y dulce como un volbilis,
no siente que existe. Expandirse; me duele la mano
cortada, existe, existe, existe. El seor guapo existe.
Legin de Honor existe, bigote, eso es todo; qu
felicidad ser tan slo la cinta de la Legin de Honor y
un bigote, y el resto nadie lo ve, l ve los dos extremos
puntiagudos de su bigote a ambos lados de la nariz; no
pienso, luego soy un bigote. No ve ni su cuerpo magro
ni sus grandes pies; hurgando en el fondo del pantaln
se descubrira un par de gomitas grises. Tiene la cinta
de la Legin de Honor, los Cochinos tienen derecho a
existir: existo porque es mi derecho Yo tengo derecho
a existir, luego tengo derecho a no pensar; el dedo se
levanta. Acaso voy...? acariciar entre las sbanas
blancas desplegadas la carne desplegada que cae otra
vez, dulce, tocar los trasudores florecidos de las axilas,
los elixires y los licores y las florescencias de la carne,
entrar en la existencia del otro, en las mucosas rojas,
hasta el pesado, dulce, dulce olor a existencia, sentirme
existir entre los dulces labios mojados, los labios rojos
de sangre plida, los labios palpitantes que bostezan
todos mojados de existencia, todos mojados de un pus
claro entre los labios mojados, azucarados, que
lagrimean como ojos? Mi cuerpo de carne que vive, la
carne que bulle y dulcemente revuelve licores, que
revuelve crema, la carne que da vueltas, vueltas, vueltas,

el agua dulce y azucarada de mi carne, la sangre de
mi mano, me duele mi carne magullada que da vueltas,
camino, camino, huyo, soy un innoble individuo de
carne magullada, magullada de existencia entre estas
paredes. Tengo fro, doy un paso, tengo fro, un paso,
doblo a la izquierda, doblo a la izquierda, l piensa que
dobla a la izquierda, loco, estoy loco? Dice que tiene
miedo de estar loco, la existencia, ves, pequeo, en
la existencia?, se detiene, el cuerpo se detiene, piensa
que se detiene, de dnde viene? Qu hace. Prosigue,
tiene miedo, mucho miedo, innoble individuo, el deseo
como bruma, el deseo, el asco, dice que est asqueado
de existir, est asqueado? fatigado de estar asqueado
de existir. Corre. Qu espera? Corre para escapar,
para arrojarse en el dique? Corre, el corazn, el
corazn que late es una fiesta, el corazn existe, las
piernas existen, el aliento existe, existen corriendo,
alentando, latiendo blanda, suavemente; l se sofoca,
me sofoco, dice que se sofoca; la existencia toma mis
pensamientos por detrs y dulcemente los abre por
detrs; me atrapan por detrs, me obligan por detrs a
pensar, luego a ser algo, detrs de m alguien que
alienta en ligeras burbujas de existencia, l es burbuja
de bruma de deseo, est plido en el espejo como un
muerto, Rollebon est muerto, Antoine Roquentin no
est muerto, desvanecerme: dice que quisiera
desvanecerse, corre, corre al hurn (por detrs) por
detrs por detrs, la pequea Lucienne asaltada por
detrs, violada por la existencia por detrs, l pide
gracia, le da vergenza pedir gracia, piedad, socorro,

socorro luego existo, entra en el Bar de la Marine, los
pequeos espejos del pequeo burdel, est plido en
los pequeos espejos del pequeo burdel el alto pelirrojo
blando que se deja caer en el asiento, el pick-up
funciona, existe, todo gira, existe el pick-up, el corazn
late: girad, girad licores de la vida, girad jaleas, jarabes
de mi carne, dulzuras... el pick-up:
When the mellow moon begin to bean
Every night I dream a little dream.
La voz, grave y ronca, aparece bruscamente y el
mando, el mundo de las existencias, se desvanece.
Una mujer de carne ha tenido esta voz, ha cantado
delante de un disco, con su mejor ropa, y su voz
quedaba registrada. La mujer, bah!, exista como yo,
como Rollebon; no tengo ganas de conocerla. Pero
hay esto. No se puede decir que exista. El disco que
gira existe, el aire golpeado por la voz que vibra, existe,
la voz que impresion el disco existi. Yo que escucho,
existo. Todo est lleno, existencia en todas partes, densa
y pesada y dulce. Pero ms all de toda esta dulzura,
inaccesible, muy cercano, tan lejos, ay, joven,
despiadado y sereno est ese... ese rigor.
Martes.
Nada. He existido.
Mircoles.
Hay un crculo de sol en el mantel de papel. En el
crculo una mosca atontada se arrastra, se calienta y
frota las patas de adelante una contra otra. Voy a

hacerle el favor de aplastarla. No ve surgir este dedo
ndice gigante cuyos pelos dorados brillan al sol.
No la mate, seor!  exclama el Autodidacto.
La mosca revienta, las tripitas blancas le salen
del vientre; la he librado de la existencia. Digo
secamente al Autodidacto:
Era un favor que haba que hacerle.
Por qu estoy aqu? Y por qu no haba de
estar? Es medioda, espero que sea la hora de dormir.
(Afortunadamente no pierdo el sueo.) Dentro de cuatro
das ver a Anny; sta es, por el momento, la nica
razn de mi vida. Y despus? Cundo Anny me
haya dejado? Bien s lo que espero, solapadamente:
espero que no me deje nunca ms. Sin embargo
debera saber que Anny jams aceptar envejecer en
mi presencia. Estoy dbil y solo, la necesito. Hubiera
querido verla cuando tena fuerzas; Anny es despiadada
con las ruinas.
Est usted bien, seor? Se siente bien? El
Autodidacto me mira de costado, con ojos risueos.
Jadea un poco, con la boca abierta, como un perro
extenuado. Lo confieso: esta maana estaba casi
contento de volver a verlo, necesitaba hablar.
Qu contento estoy de tenerlo en mi mesa 
dice, si siente usted fro podremos instalarnos al lado
del calorfero. Esos seores se marcharn en seguida,
han pedido la cuenta.
Alguien se preocupa por m, se pregunta si tengo
fro; hablo a otro hombre: hace aos que no me ocurre
esto.

Se van, quiere usted que nos cambiemos de
lugar?
Los dos seores han encendido cigarrillos. Salen,
ya estn en el aire puro, al sol. Pasan a lo largo de los
grandes vidrios, sujetando el sombrero con las dos
manos. Ren; el viento infla sus abrigos. No, no quiero
cambiar de lugar.
Para qu? Y adems, a travs de los vidrios,
entre los techos blancos de las casetas de bao, veo el
mar verde y compacto.
El Autodidacto ha sacado de su cartera dos
rectngulos de cartn violeta. Dentro de un rato los
entregar en la caja. Descifro al revs en uno de ellos:
Casa Bottanet. cocina burguesa.
Almuerzo a precio fijo: 8 francos.
Entremeses a eleccin.
Carne aderezada.
Queso o postre.
140 francos las 20 tarjetas.
Ahora reconozco a ese tipo que come en la mesa
redonda, cerca de la puerta: se aloja con frecuencia
en el hotel Printania, es un viajante de comercio. De
vez en cuando posa en m su mirada atenta y sonriente;
pero no me ve; est demasiado absorbido espiando lo
que come. Del otro lado de la caja, dos hombres rojos
7 rechonchos saborean almejas y beben vino blanco.
El ms bajo, que tiene un fino bigote amarillo, cuenta
una historia con la que l mismo se divierte. Hace

silencios y re, mostrando unos dientes deslumbradores.
El otro no re; sus ojos son duros. Pero dice a menudo
que s con la cabeza. Cerca de la ventana, un hombre
enjuto y moreno, de facciones distinguidas, con un
hermoso pelo blanco echado hacia atrs, lee
pensativamente un peridico. En la banqueta, a su lado,
ha puesto una cartera de cuero. Bebe agua de Vichy.
Dentro de un momento, todos estos hombres saldrn;
pesados por la comida, acariciados por la brisa, con
el sobretodo bien abierto, la cabeza un poco caliente,
zumbndoles un poco, caminarn a lo largo de la
balaustrada mirando a los nios en la playa y los barcos
en el mar; irn a su trabajo. Yo no ir a ninguna parte,
no tengo trabajo.
El Autodidacto re con inocencia y el sol retoza
en sus escasos cabellos:
Quiere usted elegir sus platos?
Me tiende la lista: tengo derecho a un entrems a
eleccin: cinco rodajas de salchichn o rbanos o
langostinos o un platito de apio y remolacha. Los
caracoles de Borgoa estn fuera de lista.
Trigame un salchichn digo a la criada.
El Autodidacto, me arrebata la lista de las manos:
No hay nada mejor? Aqu tiene caracoles de
Borgoa
Es que no me gustan mucho los caracoles.
Ah! Entonces ostras?
Son cuatro francos ms dice la criada.
Bueno, ostras, seorita, y rbanos para m.
Me explica, enrojeciendo:

Me gustan mucho los rbanos.
A m tambin.
Y despus? pregunta.
Recorro la lista de carnes. El buey estofado me
tentara. Pero s de antemano que comer pollo a la
cazadora; es la nica carne fuera de lista.
Servir usted dice un pollo a la cazadora
al seor. A m, buey estofado, seorita.
Vuelve la lista: los vinos estn en el reverso;
Tomaremos vino anuncia con aire un poco
solemne.
Bueno dice la criada, qu desarreglo!
Jams bebe usted vino.
Pero puedo soportar muy bien un vaso de vino
en su debida oportunidad. Seorita, quiere traernos
una jarra de asado de Anjou?
El Autodidacto deja la lista, corta el pan en trocitos
y frota el tenedor con la servilleta. Echa una ojeada al
hombre de pelo blanco que lee el diario, y me sonre:
Por lo general vengo aqu con un libro, aunque
el mdico me lo haya desaconsejado: uno come
demasiado rpido, no mastica. Pero tengo un estmago
de avestruz, puedo tragar cualquier cosa. Durante el
invierno di 1917, cuando estuve prisionero, la comida
era tan mala que todo el mundo cay enfermo.
Naturalmente, yo me hice llevar por enfermo como los
dems; pero no tena nada.
Ha sido prisionero de guerra... Es la primera vez
que me habla de esto; ro salgo de mi asombro: no
puedo imaginrmelo otra cosa que autodidacto.

Dnde estuvo usted prisionero?
No responde. Ha dejado el tenedor y me mira
con prodigiosa intensidad. Va a contarme sus
tribulaciones; ahora recuerdo que algo no marchaba
en la biblioteca. Soy todo odos; lo nico que deseo es
compadecerme de las penas de los dems. Ser un
cambio para m. Yo no tengo tribulaciones, dispongo
de dinero como un rentista, no tengo jefe, ni mujer, ni
hijos; existo, eso es todo. Y esta tribulacin es tan vaga,
tan metafsica, que me da vergenza.
El Autodidacto no quiere hablar. Qu curiosa
mirada me echa; no es una mirada para ver, sino ms
bien para comunin de almas. El alma del Autodidacto
ha subido y aflora en sus magnficos ojos de ciego.
Que la ma haga otro tanto, que venga a pegar su nariz
a los vidrios; las dos se harn reverencias.
No quiero comunin de almas, no he cado tan
bajo. Retrocedo. Pero el Autodidacto avanza el pecho
sobre la mesa, sin quitarme los ojos de encima.
Afortunadamente la sirvienta le trae los rbanos. Se
desploma de nuevo en la silla, el alma desaparece de
sus ojos, y se pone a comer dcilmente.
Se arreglaron sus dificultades?
Se sobresalta:
Qu dificultades, seor? pregunta con aire
espantado.
Usted sabe cules, el otro da me habl de ellas.
Enrojece violentamente.
Ah! dice con voz seca. Ah, s, el otro
da! Bueno, es ese corso, seor, ese corso de la

biblioteca.
Vacila por segunda vez, con terquedad de carnero:
No quiero importunarlo, seor, con esos
chismes.
No insisto. Come sin que se note, con una rapidez
extraordinaria. Ya ha terminado los rbanos cuando
me traen las otras. Slo queda en su plato un paquete
de colas verdes y un poco de sal mojada.
Afuera, se han detenido dos jvenes frente a la
lista que un cocinero de cartn les tiende en la mano
izquierda (en la derecha blande una sartn). Vacilan.
La mujer tiene fro, hunde el mentn en el cuello de
piel. El joven es el primero en decidirse, abre la puerta
y se hace a un lado para dejar paso a su compaera.
Ella entra. Mira a su alrededor con semblante
amable y se estremece un poco:
Hace calor dice con voz grave.
El joven cierra la puerta.
Buenos das dice.
El Autodidacto se vuelve y responde gentilmente:
Buenos das.
Los otros clientes no contestan, pero el seor
distinguido baja un poco el peridico y escruta a los
recin llegados con una profunda mirada.
Gracias, no vale la pena.
Antes de que la sirvienta, que acude a ayudarlo,
haya podido hacer un ademn, el joven se ha
desembarazado con agilidad de su impermeable. Lleva,
en lugar de chaqueta, un blusn de cuero con cierre
relmpago. La sirvienta, un poco decepcionada, se

vuelve hacia la mujer. Pero l se le anticipa una vez
ms y con movimientos suaves y precisos, ayuda a su
compaera a quitarse el abrigo. Se sientan cerca de
nosotros, uno junto al otro. No parecen conocerse
desde hace mucho. La muchacha tiene un rostro
fatigado y puro, un poco mohno. De pronto se quita el
sombrero y sacude el pelo negro sonriendo.
E1 Autodidacto los contempla largamente, con
bondad; luego se vuelve hacia m y me hace una
guiada enternecida como si quisiera decir: Qu
hermosos son!
No son feos. Callan, se sientes felices de estar
juntos, felices de que los vean juntos. A veces, cuando
Anny y yo entrbamos en algn restaurante de
Piccadilly, nos sentamos objeto de contemplaciones
enternecidas. Anny se irritaba pero, lo confieso, yo
me enorgulleca un poco. Sobre todo me asombraba;
nunca he tenido el aire limpito que sienta tan bien a
ese joven, y tampoco puede decirse que mi fealdad
sea conmovedora. Slo que ramos jvenes; ahora mi
edad me permite enternecerme por la juventud de los
dems. No me enternezco. La mujer tiene ojos oscuros
y dulces; el hombre una piel anaranjada, un poco
granujosa, y un mentoncito encantador y firme. Me
conmueven, es cierto, pero tambin me repugnan un
poco. Los siento tan lejos de m el calor los pone
lnguidos, prosiguen en su corazn un mismo sueo,
tan dulce, tan dbil. Se sienten cmodos, miran
confiados las paredes amarillas, las gentes; consideran
que el mundo est bien as, exactamente as, y cada

uno de ellos, provisoriamente, encuentra el sentido de
su vida en la del otro. Pronto constituirn entre los dos
una sola vida, una vida lenta y tibia que ya no tendr
ningn sentido, pero no se darn cuenta.
Parecen intimidarse uno al otro. Para terminar, el
joven, con aire torpe y resuelto, toma con la punta de
los dedos la mano de su compaera. Ella respira
fuertemente y se inclinan juntos sobre la lista. S, son
felices. Y despus?
El Autodidacto adopta un aire divertido, un poco
misterioso:
Lo vi a usted antes de ayer.
Dnde?
Ah! Ah! dice, respetuosamente burln.
Me hace esperar un instante y aade:
Sala usted del Museo.
Ah, s digo, antes de ayer no, el sbado.
Antes de ayer no tena nimos por cierto, para
recorrer museos.
Vio la famosa reproduccin del atentado de
Orsini, en madera tallada?
No la conozco.
Es posible? Est en una salita, al entrar, a la
derecha. Es obra de un insurrecto de la Comuna que
vivi en Bouville hasta la amnista, oculto en un desvn.
Quiso embarcarse para Amrica, pero aqu la polica
del puerto est bien organizada. Un hombre admirable.
Emple su ocio forzoso en tallar un gran panel de
encina. No dispona de otros instrumentos que su
cortaplumas y una lima de aas. Haca los trozos

delicados con la lima: las manos, los ojos. El panel
tiene un metro cincuenta de largo por un metro de
ancho; toda la obra es de una pieza; hay setenta
personajes, cada uno del tamao de mi mano, sin contar
los dos caballos que tiran del coche del emperador. Y
las caras, seor, esas caras hechas con lima, tienen
todas fisonoma, aire humano.
Seor, si me lo permite, es una obra que vale la
pena de ser vista.
No quiero comprometerme:
Simplemente haba ido a ver otra vez los
cuadros de Bordurin.
El Autodidacto se entristece bruscamente:
Los retratos del gran saln? Seor dice con
una sonrisa temblorosa, no entiendo nada de pintura.
Claro, no se me escapa que Bordurin es un gran pintor,
veo que tiene, cmo se dice? oficio, paleta. Pero el
placer, seor, el placer esttico me es ajeno.
Le digo con simpata:
A m me pasa lo mismo con la escultura.
Ah, seor! A m tambin. Y con la msica, y
con la danza. Sin embargo, no carezco de ciertos
conocimientos. Bueno, es inconcebible: he visto jvenes
que no saban la mitad de lo que s y sin embargo,
plantados delante de un cuadro, parecan experimentar
placer.
Lo fingiran digo con aire alentador.
Quiz...
El Autodidacto suea un momento:
Lo que me aflige no es tanto estar privado de

cierta clase de goce, sino ms bien que toda una rama
de la actividad humana me sea extraa... Sin embargo
soy un hombre y esos cuadros los han hecho
hombres...
Prosigue de improviso, con la voz cambiada:
Seor, una vez me atrev a pensar que lo bello
slo es cuestin de gusto. No hay reglas diferentes
para cada poca? Me permite usted, seor?
Veo con sorpresa, que saca del bolsillo una libreta
de cuero negro. La hojea un instante: muchas pginas
en blanco, y de trecho en trecho, algunas lneas
trazadas con tinta roja. Se ha puesto muy plido. Deja
la libreta sobre el mantel y apoya su gran mano en la
pgina abierta. Tose turbado:
A veces se me ocurren... no me atrevo a decir
pensamientos Es muy curioso: estoy as, leyendo y de
golpe no s qu pasa, me siento como iluminado.
Primero no hice caso, despus me decid a comprar
una libreta.
Se detiene y me mira: est esperando.
Ah Ah! digo.
Seor, estas frases son, naturalmente,
provisionales: mi instruccin no ha terminado.
Toma la libreta en sus manos trmulas; est muy
conmovido:
Aqu hay, justamente, algo sobre pintura. Sera
feliz si usted me permitiera leerlo.
Con mucho gusto digo.
Lee:
Nadie cree ya en lo que el siglo XVIII consideraba

verdadero. Por qu hemos de deleitarnos an con
las obras que consideraba bellas?
Me mira con aire suplicante:
Qu cabe pensar de esto, seor? Es quiz
un poco paradjico? Cre poder dar a mi idea la forma
de una humorada.
Bueno... me parece muy interesante.
Lo ley ya en alguna parte?
Por supuesto que no.
De veras, nunca, en ninguna parte? Entonces,
seor dice, entristecido, no es verdad. Si fuera
verdad, alguien lo hubiera pensado ya.
Espere le digo, ahora que reflexiono, creo
que he ledo algo as.
Le brillan los ojos; saca el lpiz.
En qu autor?me pregunta con tono preciso.
En... en Renan.
Est extasiado.
Tendra usted la bondad de citarme el pasaje
exacto? dice chupando la punta del lpiz.
Sabe? lo he ledo hace mucho tiempo.
Oh, no es nada, no es nada.
Escribe el nombre de Renan en la libreta, sobre
la frase.
He coincidido con Renan! Escrib el nombre
con lpiz explica con semblante arrebatado pero
esta noche lo pasar en tinta roja.
Mira un momento su libreta, arrobado; yo espero
que me lea otras frases. Pero la cierra con precaucin
y se la mete en el bolsillo. Sin duda juzga que es

bastante felicidad para una sola vez.
Qu agradable dice con aire ntimo poder
conversar, a veces, como ahora, con naturalidad.
Esta losa, como poda suponerse, aplasta nuestra
conversacin languideciente. Sigue un largo silencio.
Desde la llegada de los dos jvenes, la atmsfera
del restaurante se ha transformado. Los dos hombres
rojos guardan silencio; detallan sin incomodarse los
encantos de la muchacha. El seor distinguido ha
dejado el peridico y mira a la pareja complacido, casi
cmplice. Piensa que la vejez es cuerda, la juventud
bella; menea la cabeza con cierta coquetera: sabe
que aun est hermoso, admirablemente conservado,
que con su tez morena y su cuerpo delgado todava
puede seducir. Juega a sentirse paternal. Los
sentimientos de la criada parecen ms simples: se ha
plantado delante de los jvenes y los contempla con la
boca abierta.
Ellos hablan en voz baja. Les han servido
entremeses, pero no los tocan. Parando la oreja puedo
pescar partes de la conversacin. Entiendo mejor lo
que dice la mujer con su voz rica y velada.
No, Jean, no.
Por qu no?  murmura el joven con
apasionada vivacidad.
Ya se lo he dicho.
Esa no es una razn.
Se me escapan unas palabras; despus la mujer
hace un gesto encantador de cansancio:
He probado demasiadas veces. Ya pas la edad

en que se puede empezar a vivir de nuevo. Soy vieja,
sabe?
El joven se re con irona. Ella prosigue:
No podra soportar una... decepcin.
Hay que tener confianza dice el joven; as
como est, en este momento, usted no vive.
Ella suspira:
Lo s!
Mire a Jeannette.
Sdice ella con un mohn.
Bueno, a m me parece muy bien lo que ha
hecho. Ha tenido coraje.
Perodice la muchacha ella casi se precipit
sobre la ocasin. Le dir que si yo lo hubiese querido,
habra tenido cientos de ocasiones de ese tipo. Prefer
esperar.
Tuvo usted razn dice l tiernamente, tuvo
usted razn de esperarme.
La mujer re a su vez:
Qu vanidoso! Yo no he dicho eso.
No los escucho ms: me irritan. Se acostarn
juntos. Lo saben. Cada uno sabe que el otro lo sabe.
Pero como son jvenes, castos y decentes, como cada
uno quiere conservar su propia estima y la del otro,
como el amor es una gran cosa potica que es preciso
no espantar, van varias veces por semana a los bailes
y a los restaurantes a ofrecer el espectculo de sus
pequeas danzas rituales y mecnicas...
Despus de todo, hay que matar el tiempo. Son
jvenes y robustos, todava tienen para unos treinta

aos. Entonces no se dan prisa, se demoran y no estn
equivocados. Cuando se hayan acostado juntos, habr
que buscar otra cosa para ocultar el enorme absurdo
de la existencia. Con todo... es absolutamente
necesario engaarse?
Recorro la sala con la vista. Qu farsa! Todas
esas personas estn sentadas con aire de seriedad;
comen. No, no comen: reparan sus fuerzas para llevar
a cabo la tarea que les incumbe. Cada una tiene su
pequeo empecinamiento personal que le impide darse
cuenta de que existe; no hay una que no se crea
indispensable para alguien o para algo. No era el
Autodidacto el que me deca el otro da: Nadie ms
indicado que Noucapi para emprender esta vasta
sntesis? Cada uno de ellos hace una cosita, y nadie
ms indicado para hacerla. Nadie ms indicado que el
viajante de comercio, de all, para colocar la pasta
dentfrica Swan. Nadie ms indicado que ese
interesante joven para hurgar bajo las faldas de su
vecina. Y yo estoy entre ellos, y si me miran, han de
pensar que no hay nadie ms indicado que yo para
hacer lo que hago. Pero yo s. No lo demuestro, pero
s que existo y que ellos existen. Y si conociera el arte
de persuadir, ira a sentarme junto al hermoso seor
de pelo blanco y le explicara lo que es la existencia.
Pensando en la cara que pondra, lanzo una carcajada.
El Autodidacto me mira sorprendido. Quisiera
detenerme, pero no puedo: me ro hasta las lgrimas.
Est usted alegre, seor me dice el
Autodidacto con aire circunspecto.

Es que pienso le digo riendo que estamos
todos aqu, comiendo y bebiendo para conservar
nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada,
ninguna razn para existir.
El Autodidacto se ha puesto grave. Hace un
esfuerzo para comprenderme. Me re demasiado fuerte;
he visto que varias cabezas se volvan hacia m. Y
adems lamento haber dicho tanto. Despus de todo,
a nadie le interesa.
Repite lentamente:
Ninguna razn para existir... Quiere usted
decir, seor, que la vida no tiene objeto ?No es eso lo
que llaman pesimismo?
Reflexiona un instante ms y dice, con dulzura:
He ledo hace unos aos un libro de un autor
americano; se llamaba: Vale la pena vivir la vida?
No es la cuestin que usted plantea?
Evidentemente no, no es la cuestin que yo me
planteo. Pero no quiero explicar nada.
Conclua me dice el Autodidacto en tono
consolador defendiendo el optimismo voluntario. La
vida tiene un sentido si uno quiere drselo. Primero
hay que obrar, lanzarse a una empresa. Cuando se
reflexiona, la suerte ya est echada, uno est
comprometido. No s qu piensa usted de esto, seor.
Nada digo.
O ms bien pienso que es sa la clase de mentira
que se dicen perpetuamente el viajante de comercio,
los dos jvenes y el seor del pelo blanco.
El Autodidacto sonre con un poco de malicia y

mucha solemnidad:
Tampoco es mi opinin. Pienso que no
necesitamos buscar tan lejos el sentido de nuestra vida.
Eh?
Hay un objeto, seor, hay un objeto... estn los
hombres.
Exacto: olvidaba que es humanista. Permanece
un segundo silencioso, el tiempo necesario para hacer
desaparecer, limpia, inexorablemente, la mitad del buey
estofado y toda una rebanada de pan. Estn los
hombres... Este individuo tierno acaba de pintarse de
cuerpo entero. S, pero no sabe decirlo bien. Tiene los
ojos llenos de alma, indiscutiblemente, pero el alma no
basta. En otros tiempos frecuent a humanistas
parisienses; cien veces les o decir estn los hombres,
y era otra cosa. Virgan era inigualable. Se quitaba los
lentes como si quisiera mostrarse desnudo en su carne
de hombre, clavaba en m sus ojos conmovedores, con
una lenta mirada de fatiga que pareca desvestirme
para captar mi esencia humana, y murmuraba,
melodiosamente: Estn los hombres, viejo, estn los
hombres, dando al estn una especie de torpe poder,
como si el amor a los hombres continuamente nuevo y
asombrado, se trabara en sus alas gigantescas.
La mmica del Autodidacto no ha adquirido esa
suavidad; su amor a los hombres es ingenuo y brbaro:
un humanista de provincia.
Los hombres le digo, los hombres... en todo
caso no parece usted preocuparse mucho de ellos;
siempre est solo, siempre con la nariz metida en los

libros.
El Autodidacto bate palmas y se echa a rer
maliciosamente:
Es un error suyo. Ah, seor, permtame que
se lo diga: qu error!
Se recoge un instante y acaba de deglutir
discretamente. Su rostro est radiante como la aurora.
Detrs de l, la muchacha lanza una carcajada ligera.
Su compaero se ha inclinado y le habla al odo.
Su error es muy natural dice el Autodidacto
, hubiera debido decrselo hace tiempo... Pero soy tan
tmido, seor; buscaba una ocasin.
Ya se ha presentado le digo cortsmente.
Tambin lo creo. Tambin yo lo creo! Seor, lo
que voy a decirle.... Se detiene enrojeciendo: Pero
quiz lo importuno.
Lo tranquilizo. Lanza un suspiro de felicidad.
No todos los das se encuentran hombres como
usted, seor, que unen la amplitud de opiniones a la
penetracin de la inteligencia. Hace meses que quera
hablarle, explicarle lo que he sido, lo que soy...
Su plato est vaco y limpio como si acabaran de
trarselo. De improviso descubro, al lado del mo, una
fuentecita de estao con una pierna de pollo nadando
en una salsa oscura. Hay que comer eso.
Hace un rato le hablaba de mi cautiverio en
Alemania. All empez todo. Antes de la guerra estaba
solo y no me daba cuenta; viva con mis padres, que
eran buenas gentes, pero no me entenda con ellos.
Cuando pienso en aquellos aos... Cmo pude vivir

as? Estaba muerto, seor, y no me lo sospechaba;
tena una coleccin de timbres postales.
Me mira y se interrumpe.
Seor, est usted plido, parece fatigado. Por
lo menos no lo aburro?
Me interesa mucho.
Vino la guerra y me alist sin saber por qu.
Estuve dos aos sin comprender, porque la vida del
frente dejaba poco tiempo para la reflexin y adems
los soldados eran demasiado groseros. Al final de 1917
ca prisionero. Despus me dijeron que muchos
soldados recobraron, en el cautiverio, la fe de su
infancia. Seor dice el Autodidacto bajando los
prpados sobre sus pupilas inflamadas, yo no creo
en Dios; la ciencia desmiente su existencia. Pero en el
campo de concentracin aprend a creer en los
hombres.
Soportaban su suerte valerosamente?
S dice con aire vago, eso tambin.
Adems, nos trataban bien. Pero yo quera hablar de
otra cosa; los ltimos meses de la guerra ya no nos
daban trabajo. Cuando llova, nos hacan entrar en un
cobertizo de madera donde cabamos unos doscientos
apiados. Cerraban la puerta, nos dejaban all
apretados unos contra otros, en una oscuridad casi
completa. Vacila un instante.
No sabra explicrselo, seor. Todos aquellos
hombres estaban all, uno apenas los vea, pero los
senta muy cerca, escuchaba el ruido de su
respiracin... Una de las primeras veces que nos

encerraron en aquel cobertizo era tal la apretura que
primero cre ahogarme, y despus, sbitamente, una
poderosa alegra se elev en m; estuve a punto de
desmayarme; entonces sent que amaba a esos
hombres como si fuesen hermanos; hubiera querido
besarlos a todos. Despus, cada vez que volva,
experimentaba el mismo gozo.
Tengo que comer el pollo, debe de estar fro. El
Autodidacto ha terminado hace mucho y la criada
aguarda para cambiar los platos.
Aquel cobertizo haba adquirido, a mis ojos, un
carcter sagrado. A veces lograba burlar la vigilancia
de los guardianes, me deslizaba all y en la oscuridad,
recordando las alegras que haba conocido, caa en
una especie de xtasis. Las horas pasaban, pero yo
no lo adverta. A veces lloraba.
Debo de estar enfermo: no hay otra manera de
explicar la formidable clera, que acaba de
trastornarme. S, una clera de enfermo; me temblaban
las manos, la sangre me subi a la cara, y para terminar,
tambin mis labios comenzaron a temblar. Todo esto
simplemente porque el pollo estaba fro. Adems, yo
tambin estaba fro, y esto era lo ms penoso; quiero
decir que el fondo continuaba as desde haca treinta
y seis horas, absolutamente fro, helado. La clera me
traspas como un torbellino; era una especie de
escalofro, un esfuerzo de mi conciencia para
reaccionar, para luchar contra ese descenso de
temperatura. Vano esfuerzo; por una bagatela hubiese
molido a golpes al Autodidacto o a la criada,

abrumndolos de injurias. Pero no me hubiera
entregado por entero al juego. Mi rabia se debata en
la superficie, y durante un momento tuve la penosa
impresin de ser un bloque de hielo envuelto en llamas,
una omelette-surprise. Esta agitacin superficial se
desvaneci y o decir al Autodidacto:
Todos los domingos iba a misa. Seor, nunca
he sido creyente. Pero no podra decirse que el
verdadero misterio de la misa es la comunin entre los
hombres? Un mendicante francs, que era manco,
celebraba el oficio. Tenamos un armonio.
Escuchbamos de pie, con la cabeza descubierta, y
mientras los sones del armonio me transportaban, senta
que era uno con todos los hombres de mi alrededor.
Ah, seor, cmo me gustaban aquellas misas. Todava
ahora, a veces voy a la iglesia, los domingos a la
maana, para recordarlas. En Sainte-Ccile tenemos
un organista notable.
Ech usted de menos esa vida?
S, seor, en 1919. Fue el ao de mi liberacin.
Pas meses muy penosos. No saba qu hacer,
languideca. Donde vea hombres reunidos, all me
meta. Hasta he llegado agrega sonriendo a seguir
el cortejo fnebre de un desconocido. Un da,
desesperado, arroj al fuego la coleccin de
estampillas... Pero encontr mi camino.
De veras?
Alguien me aconsej... Seor, s que puedo
contar con su discrecin. Soy quiz no sean sus
ideas, pero tiene usted un espritu tan amplio, soy

socialista.
Ha bajado los ojos y sus largas pestaas palpitan:
Desde el mes de septiembre de 1921 estoy
afiliado al partido socialista S. F. I. O. Esto es lo que
quera decirle.
Resplandece de orgullo. Me mira, con la cabeza
echada hacia atrs, los ojos medio cerrados, la boca
entreabierta; parece un mrtir.
Est muy bien digo, es muy hermoso.
Seor, saba que usted iba a aprobarme. Y
cmo podra censurarse a alguien que acaba de decir:
he dispuesto de mi vida de tal y tal manera, y ahora
soy perfectamente feliz?
Abre los brazos y me presenta las palmas de las
manos, con los dedos hacia el suelo, como si fuera a
recibir los estigmas. Sus ojos estn vidriosos, veo rodar
en su boca una masa oscura y rosada.
Ah digo, si es usted feliz...
Feliz? Su mirada es incmoda, ha levantado
los prpados y me mira con semblante duro. Usted
podr juzgarlo, seor. Antes de tomar esa decisin me
senta tan espantosamente solo que pens en el suicidio.
Lo que me contuvo fue la idea de que nadie,
absolutamente nadie se conmovera con mi muerte,
que estara an ms solo en la muerte que en la vida.
Se yergue, infla las mejillas.
Ya no estoy solo, seor. Nunca.
Ah, conoce usted mucha gente?digo.
Sonre y en seguida me doy cuenta de mi
ingenuidad.

Quiero decir que ya no me siento solo. Pero
naturalmente, seor, no es necesario que est con
alguien.
Sin embargo digo, en la filial socialista...
Ah! Conozco a todo el mundo. Pero a la
mayora slo de nombre. Seor dice con aire
travieso, acaso est uno obligado a elegir sus
compaeros de manera tan estrecha? Mis amigos son
todos los hombres. Cuando voy a la oficina, por la
maana, delante, detrs de m hay hombres que van a
su trabajo. Los veo, si me atreviera les sonreira, pienso
que soy socialista, que todos ellos son el objeto de mi
vida, de mis esfuerzos, y que todava no lo saben. Es
una fiesta para m, seor.
Me interroga con la mirada; apruebo meneando
la cabeza, pero siento que est un poco decepcionado,
que quisiera ms entusiasmo. Qu puedo hacer? Es
culpa ma si en todo lo que me dice reconozco al pasar
el plagio, la cita; si veo reaparecer, mientras l habla,
a todos los humanistas que he conocido? Ay, he
conocido tantos! El humanista radical es
particularmente amigo de los funcionarios. El humanista
llamado de izquierda considera su principal cuidado
velar por los valores humanos; no pertenece a ningn
partido, porque no quiere traicionar lo humano, pero
sus simpatas se inclinan a los humildes; a los humildes
consagra su bella cultura clsica. En general es un
viudo de hermosos ojos, siempre empaados de
lgrimas; llora en los aniversarios. Tambin quiere al
gato, al perro, a todos los mamferos superiores. El

escritor comunista ama a los hombres despus del
segundo plan quinquenal; castiga porque ama. Pdico
como todos los fuertes, sabe ocultar sus sentimientos,
pero tambin, con una mirada, con una inflexin de
vez, sabe insinuar tras sus rudas palabras de justiciero,
una pasin spera y dulce por sus hermanos. El
humanista catlico, el rezagado, el benjamn, habla de
los hombres con un aire maravillado. Qu hermoso
cuento de hadas, dice, la ms humilde de las vidas, la
de un dockr londinense, la de una aparadora! Ha
elegido el humanismo de los ngeles; escribe, para
edificacin de los ngeles, largas novelas tristes y bellas
que obtienen con frecuencia el premio Fmina.
stos son los primeros grandes papeles. Pero
hay otros, una nube: el filsofo humanista, que se inclina
hacia sus camaradas como un hermano mayor, y que
conoce sus responsabilidades; el humanista que ama
a los hombres tal como son, el que los ama tal como
deberan ser, el que quiere salvarlos con su
consentimiento y el que los salvar a pesar de ellos, el
que quiere crear mitos nuevos y el que se conforma
con los antiguos, el que ama en el hombre su muerte,
el que ama en el hombre su vida, el humanista jocundo,
que siempre tiene una chanza, el humanista sombro,
que se encuentra de preferencia en los velatorios. Todos
se odian entre s, en tanto que individuos, naturalmente,
no en tanto que hombres. Pero el Autodidacto lo ignora;
los ha encerrado en s mismo como gatos en una bolsa
y se destrozan mutuamente sin que l lo advierta.
Me mira ya con menos confianza.

No lo siente como yo, seor?
Dios mo...
Viendo su semblante inquieto, un poco rencoroso,
lamento un segundo haberlo decepcionado. Pero l
prosigue, amablemente:
Ya s; usted tiene sus investigaciones, sus
libros; sirve a la misma causa a su manera.
Mis libros, mis investigaciones, imbcil. No poda
hacer mejor plancha.
No escribo por eso.
El rostro del Autodidacto se transforma al instante;
se dira que ha olfateado al enemigo; nunca le haba
visto esta expresin. Algo ha muerto entre nosotros.
Pregunta, fingiendo sorpresa:
Pero... si no soy indiscreto, por qu escribe
usted, seor?
Bueno... no s, as, por escribir. Tiene una
buena oportunidad para sonrer, piensa que me ha
desconcertado:
Escribira en una isla desierta? No se escribe
siempre para ser ledo?
Por costumbre ha dado a su frase el tono
interrogativo. En realidad afirma. El barniz de suavidad
y de timidez se ha descamado; ya no lo reconozco.
Sus facciones transparentar una pesada obstinacin;
es un muro de suficiencia. An no he vuelto de mi
asombro, cuando lo oigo decir:
Que me digan: escribo para cierta categora
social, para un grupo de amigos, enhorabuena. Quiz
escriba usted para la posteridad... Pero mal que le

pese, seor, escribe para alguien.
Espera una respuesta. Como no llega, sonre
dbilmente:
No ser usted un misntropo?
S lo que disimula este falaz esfuerzo de
conciliacin. Me pide poca cosa, en suma, que acepte
simplemente un rtulo. Pero es una trampa: si consiento,
el Autodidacto triunfa, en seguida me da vuelta, me
atrapa, me deja atrs, pues el humanismo reconsidera
y concilia todas las actitudes humanas. Si ano le hace
frente, favorece su juego: vive de sus contrarios. Hay
una raza de gente terca y limitada, raza de bandidos,
que a menudo pierde contra l: el humanismo digiere
todas sus violencias, sus peores excesos, y los
convierte en una linfa blanca y espumosa. Ha digerido
el antintelectualismo, el maniquesmo, el misticismo,
el pesimismo, el anarquismo, el egotismo: son todas
etapas, pensamientos incompletos que slo encuentran
justificacin en l. La misantropa tambin tiene su lugar
en este concierto: es una disonancia necesaria para
la armona total. El misntropo es hombre; por lo tanto,
el humanista ha de ser en cierta medida misntropo.
Pero es un misntropo cientfico, que ha sabido
dosificar su odio, que odia primero a los hombres para
poder amarlos despus.
No quiero que me integren, ni que mi hermosa
sangre roja vaya a engordar a esa bestia linftica; no
cometer la tontera de calificarme de antihumanista
No soy humanista, eso es todo.
Considero digo al Autodidacto que no es

posible odiar a los hombres, del mismo modo que no
es posible amarlos.
El Autodidacto me mira con aire protector y lejano.
Murmura, como si midiera sus palabras:
Hay que amarlos, hay que amarlos...
Amar a quines? A los que estn aqu?
A stos tambin. A todos.
Se vuelve hacia la pareja de radiante juventud;
eso es lo que hay que amar. Contempla un momento al
seor de pelo blanco. Despus me mira de nuevo; leo
en su rostro una muda interrogacin. Digo que no con
la cabeza. Parece compadecerme.
Usted tampoco le digo irritado, usted
tampoco los ama.
De veras, seor? Me permite que opine de
otro modo?
Se ha puesto de nuevo respetuoso hasta la punta
de las uas, pero adopta una mirada irnica como quien
se divierte enormemente. Me odia. Sera un gran error
enternecerme con este manitico. Lo interrogo a mi
vez:
Entonces usted ama a esos dos jvenes que
tiene detrs?
Los mira de nuevo, reflexiona:
Usted quiere hacerme decir replica
suspicaz que los amo sin conocerlos. Bueno, seor,
lo confieso, no los conozco... Siempre que el amor no
sea, justamente, el verdadero conocimiento agrega,
con una risa fatua.
Pero qu es lo que ama?

Veo que son jvenes y la que amo en ellos es
la juventud. Entre otras cosas, seor. S interrumpe y
presta atencin:
Oye usted lo que dicen?
Si oigo! El joven, alentado por la simpata que lo
rodea, cuenta, a voz en cuello, un partido de ftbol que
su equipo gan el ao pasado contra un club del Havre.
Le est contando una historia digo al
Autodidacta.
Ah! No entiendo bien. Pero oigo las voces, la
voz suave, la voz grave; alternan. Es... es tan simptico.
Slo que yo oigo tambin lo que dice,
desgraciadamente.
Y qu?
Que representan una comedia.
De veras? La comedia de la juventud, quiz?
pregunta con irona . Me permitir usted, seor,
que la considere muy provechosa. Acaso basta
representarla para retornar a la edad de ellos?
Permanezco sordo a su irona; prosigo:
Usted les da la espalda, lo que dicen se le
escapa... De qu color es el pelo de la muchacha?
Se turba:
Bueno, yo... Desliza una mirada hacia los
jvenes y recobra su seguridad negro!
Ya ve!
Cmo?
Ya ve que no los ama. Tal vez no pudiera
reconocerlos en la calle. Para usted slo son smbolos.
No lo enternecen nada; a usted le enternece la Juventud

del Hombre, el Amor del Hombre y la Mujer, la Voz
Humana.
Bueno, y eso no existe?
Claro que no, eso no existe! Ni la Juventud, ni
la Edad Madura, ni la Vejez, ni la Muerte...
El rostro del Autodidacto, amarillo y duro como
un membrillo, se ha cuajado en una convulsin
reprobadora. Sin embargo, prosigo:
Es como ese viejo seor que est detrs de
usted, bebiendo agua de Vichy. Supongo que usted
ama en l al Hombre Maduro, al Hombre Maduro que
se encamina con valor hacia su declinacin y que cuida
su apariencia porque no quiere abandonarse.
Exactamente me dice, desafindome.
Y no ve que es un cochino?
Re, me considera un aturdido, echa una breve
ojeada al hermoso rostro con su marco de cabello
blanco:
Pero seor, admitiendo que parezca lo que
usted dice, cmo puede juzgar a ese hombre por su
cara? Un rostro, seor, no dice nada cuando est en
reposo.
Ciegos humanistas! Ese rostro dice tanto, es tan
claro; pero sus almas tiernas y abstractas jams se
han dejado conmover por el sentido de un rostro.
Cmo puede usted dice el Autodidacto
detener a un hombre, decir que es esto o aquello?
Quin puede agotar a un hombre? Quin puede
conocer los recursos de un hombre?
Agotar a un hombre! Saludo de paso al humanismo

catlico a quien, sin saberlo, el Autodidacto ha pedido
en prstamo esta frmula.
S le digo, s que todos los hombres son
admirables. Usted es admirable. Yo soy admirable. En
tanto que criaturas de Dios, naturalmente.
Me mira sin comprender; luego dice con una tenue
sonrisa:
No cabe duda de que usted bromea, seor; lo
cierto es que todos los hombres tienen derecho a
nuestra admiracin. Es difcil, seor, muy difcil ser un
hombre.
Sin darse cuenta ha abandonado el amor a los
hombres en Cristo; menea la cabeza y por un curioso
fenmeno de mimetismo, se asemeja al pobre
Guhenno.
Disclpeme le digo, pero entonces no estoy
muy seguro de ser un hombre: nunca lo consider
muy difcil. Me pareca que bastaba con dejarse estar.
El Autodidacto re francamente, pero sus ojos
siguen siendo malignos:
Usted es demasiado modesto, seor. Para
soportar su condicin, la condicin humana, necesita
usted, como todo el mundo, mucho coraje. Seor, el
instante prximo quiz sea el de su muerte, usted lo
sabe y puede sonrer; vamos no es admirable? En el
ms insignificante de sus actos aade con acritud
hay una inmensidad de herosmo.
Y de postre, seores?  dice la criada.
El Autodidacto est completamente blanco, sus
prpados cubren a medias sus ojos de piedra. Hace

un movimiento dbil con la mano, para invitarme a elegir.
Queso digo con herosmo..
Y el seor?
Se sobresalta.
Eh? Ah, s, bueno, no tomar nada, he
terminado.
Louise!
Los dos hombres gordos pagan y se van. Uno de
ellos cojea. El patrn los acompaa hasta la puerta:
son clientes de importancia, les han servido una botella
de vino en un cubo de hielo.
Contemplo al Autodidacto con un poco de
remordimiento: se recre toda la semana imaginando
este almuerzo en el que podra participar a otro hombre
su amor a los hombres. Tiene tan pocas ocasiones de
hablar. Y yo le age el placer. En el fondo, est tan
solo como yo; nadie se preocupa de l. Slo que no se
da cuenta de su soledad. Bueno, s; pero no me
corresponda abrirle los ojos. Me siento muy incmodo;
estoy rabioso, es cierto, pero no contra l, sino contra
los Virgan y los dems, todos los que han envenenado
este pobre cerebro. Si pudiera tenerlos aqu delante,
encontrara tanto que decirles. Al Autodidacto no le
dir nada, me inspira simpata; pertenece al tipo de M.
Achille, a mi bando, y ha traicionado por ignorancia,
por buena voluntad.
Una carcajada del Autodidacto me saca de mis
ensueos taciturnos:
Disclpeme, pero cuando pienso en la
profundidad de mi amor a los hombres, en la fuerza

que me impulsa hacia ellos, y me veo aqu, con usted,
razonando, argumentando... me dan ganas de rer.
Me callo, sonro con aire forzado. La criada me
pone delante un plato con un trozo de camembert
gredoso. Recorro la sala con la vista y me invade un
profundo disgusto. Qu hago aqu? Por qu me he
metido a discurrir sobre el humanismo? Por qu estn
ah esas gentes? Por qu comen? Verdad que ellos
no saben que existen. Me dan ganas de marcharme,
de irme a cualquier parte donde estuviera realmente
en mi lugar, donde me encerrara... Pero mi lugar no
se halla en ninguna parte: estoy de ms.
El Autodidacto se suaviza. Haba temido ms
resistencia de mi parte. Quiere pasar la esponja por
todo lo que he dicho. Se inclina hacia m con aire
confidencial:
En el fondo usted los ama, seor, usted los
ama como yo; nos separan las palabras.
Ya no puedo hablar, doblo la cabeza. El rostro del
Autodidacto est pegado al mo. Sonre con aire fatuo,
muy cerca de mi cara, como en las pesadillas. Mastico
penosamente un trozo de pan que no me decido a
tragar. Los hombres. Hay que amar a los hombres.
Los hombres son admirables. Tengo ganas de vomitar,
y de pronto ah est: la Nusea.
Una linda crisis: me sacude de arriba abajo. Hace
una hora que la vea venir, slo que no quera
confesrmelo. Este gusto a queso en la boca... El
Autodidacto charla y su voz zumba en mis odos. Pero
ya no s de qu habla. Apruebo maquinalmente con la

cabeza. Mi mano se ha crispado sobre el mango del
cuchillo de postre. Siento ese mango de madera negra.
Mi mano es la que lo tiene. Mi mano. Personalmente,
ms bien dejara tranquilo ese cuchillo: para qu tocar
algo? Los objetos no estn para tocarlos. Es mucho
mejor deslizarse entre ellos evitndolos en lo posible. A
veces tomamos uno en la mano y nos vemos obligados
a soltarlo cuanto antes. El cuchillo cae en el plato. Al
or el ruido, el seor de pelo blanco se sobresalta y me
mira. Tomo de nuevo el cuchillo, apoyo la hoja contra
la mesa y la doblo.
Entonces esto, esta enceguecedora evidencia
es la Nusea? Si me habr roto la cabeza! Si habr
escrito! Ahora s: existo el mundo existe y s que,
el mundo existe.
Eso es todo. Pero me da lo mismo. Es extrao
que todo me d lo mismo; me espanta. Desde el famoso
da en que quise jugar a las tagitas. Iba a arrojar
aquel guijarro, lo mir y entonces empez todo: sent
que el guijarro exista. Y despus de esto hubo otras
Nuseas; de vez en cuando los objetos se ponen a
existir en la mano. Hubo la Nusea del Rendez-vous
des Cheminots y otra, antes, una noche que estaba
mirando por la ventana; y otra en el Jardn pblico, un
domingo, y otras ms. Pero nunca haba sido tan fuerte
como hoy.
... de la Roma antigua, seor?
Creo que el Autodidacto me interroga. Me vuelvo
hacia l y le sonro. Bueno, qu hay? Por qu se
encoge en la silla? Ahora inspiro miedo? Esto deba

terminar as. Por lo dems, me da lo mismo. No se
equivocan mucho cuando tienen miedo: siento que
podra hacer cualquier cosa. Por ejemplo, hundir este
cuchillo de queso en el ojo del Autodidacto. Despus,
toda esta gente me pisoteara, me rompera los dientes
a puntapis. Pero no es eso lo que me detiene; un
gusto a sangre en la boca en lugar de este gusto a
queso, no es gran diferencia. Slo habra que hacer
un gesto, dar nacimiento a un suceso superfluo; el
grito que lanzara el Autodidacto, y la sangre corriendo
por su mejilla y el sobresalto de toda esta gente, estaran
de ms. Hay bastantes cosas que existen as.
Todo el mundo me mira; los dos representantes
de la juventud han interrumpido su dulce pltica. La
mujer tiene la boca abierta como culo de gallina. Sin
embargo deberan ver que soy inofensivo.
Me levanto, todo da vueltas a mi alrededor. El
Autodidacto me mira con sus grandes ojos que no
reventar.
Ya se marcha murmura.
Estoy un poco fatigado. Ha sido usted muy gentil
invitndome. Hasta la vista.
Al irme advierto que conservo en la mano izquierda
el cuchillo de postre. Lo arrojo sobre el plato, que
empieza a tintinear. Cruzo la sala en medio del silencio.
Ya no comen; me miran, se les ha cortado el apetito.
Si me acercara a la muchacha diciendo Uh! lanzara
un chillido; seguro. No vale la pena.
A pesar de todo, antes de salir me vuelvo y les
hago ver mi rostro para que puedan grabrselo en la

memoria.
Adis, seoras y seores.
No responden. Me voy. Ahora sus mejillas
recobran el color; se pondrn a charlar.
No s a dnde ir, me quedo plantado junto al
cocinero de cartn. No necesito volverme para saber
que me miran a travs de los vidrios; miran mi espalda
con sorpresa y disgusto; crean que era como ellos,
que era un hombre y los he engaado. De pronto perd
mi apariencia de hombre, y vieron un cangrejo que
escapaba a reculones de esa sala tan humana. Ahora
el intruso desenmascarado ha huido: la sesin contina.
Me irrita sentir en mi espalda todo ese hormigueo de
ojos y pensamientos espantados. Cruzo la calzada. La
otra acera corre a lo largo de la playa y de las casetas
de bao.
Hay muchas gentes paseando a la orilla del mar,
contemplando el mar con rostros primaverales,
poticos; es por el sol, estn de fiesta. Mujeres vestidas
de claro, que se han puesto la ropa de la primavera
anterior, pasan largas y blancas como guantes de
cabritilla charolada; tambin hay muchachos altos que
van al liceo, a la escuela de comercio, viejos
condecorados. No se conocen, pero se miran con aire
de connivencia porque el tiempo es tan bueno y son
hombres. Les hombres se besan sin conocerse los
das de declaracin de guerra; se sonren a cada
primavera. Un sacerdote avanza a pasos lentos, leyendo
su breviario. Por momentos levanta la cabeza y mira el
mar con aire aprobador: tambin el mar es un breviario,

habla de Dios. Colores ligeros, ligeros perfumes, almas
de primavera. Hace buen tiempo, el mar es verde,
prefiero este fro seco a la humedad Poetas! Si tomara
a uno por las solapas del abrigo, si le dijera ven en mi
ayuda, pensara: Qu es este cangrejo? y huira
dejndome el abrigo entre las manos.
Les vuelvo la espalda, me apoyo con las dos
manos en la balaustrada. El verdadero mar es fro y
negro, lleno de animales; se arrastra bajo esta delgada
pelcula verde hecha para engaar a las gentes. Los
majaderos que me rodean cayeron en el lazo; slo ven
la delgada pelcula; ella prueba la existencia de Dios.
Yo veo lo que est debajo! Los barnices se derriten,
los brillantes pellejitos aterciopelados, los pellejitos de
durazno del buen Dios estallan por todas partes bajo
mi mirada, se hienden y entreabren. Ah viene el tranva
de Saint-Elmir, giro sobre m mismo y las cosas giran
conmigo, plidas y verdes como ostras.
Intil, era intil saber puesto que no quiero ir a
ninguna parte.
Detrs de los vidrios, desfilan a sacudones objetos
azulados, rgidos y quebradizos. Gentes, paredes; por
sus ventanas abiertas una casa me ofrece su corazn
negro; y los vidrios empalidecen, tien de azul todo lo
que es negro, tien de azul ese gran edificio de ladrillos
amarillos que avanza vacilando, estremecindose, y
se detiene de golpe con la nariz pegada al tranva. Un
seor sube y se sienta frente a m. El edificio amarillo
reanuda la marcha, se desliza de un salto contra los
vidrios, est tan cerca que slo se ve una parte, se ha

oscurecido. Los vidrios tiemblan. La casa se levanta,
aplastante, mucho ms alta de lo que se ve, con cientos
de ventanas abiertas a corazones negros; se desliza a
lo largo del coche, lo roza; la noche ha cado entre los
vidrios trmulos. El edificio se desliza
interminablemente, amarillo como fango y los vidrios
son azul de cielo. Y de golpe ya no est, ha quedado
atrs; una viva claridad gris invade el coche y se
propaga por todas partes como una justicia inexorable:
es el cielo; a travs de los vidrios aparecen an
espesores y espesores de cielo, porque subimos la
cuesta Eliphar y se ve claro de los dos lados, a la
derecha hasta el mar, a la izquierda hasta el campo de
aviacin. Prohibido fumar, aunque sea una gitana.
Apoyo la mano en el asiento pero la retiro
precitadamente: eso existe. Esta cosa en la cual estoy
sentado, en la cual apoyaba mi mano se llama banqueta.
Est hecha a propsito para sentarse; alguien tom
cuero, resortes, estopa y se puso a la tarea con la
idea de hacer un asiento, y al terminar, esto era lo que
haba hecho. Lo trajeron aqu, a este coche, y ahora
el coche rueda y traquetea con sus vidrios temblorosos,
y lleva en sus flancos esta cosa roja. Murmuro: es una
banqueta, un poco a manera de exorcismo. Pero la
palabra permanece en mis labios; se niega a posarse
en la cosa. La cosa sigue como es, con su felpa roja,
y millares de patitas rojas al aire, rgidas, millares de
patitas muertas. Este enorme vientre al aire, sangriento,
inflado, tumefacto, con todas sus patas muertas, vientre
que flota en este coche, en este cielo gris, no es una

banqueta. Lo mismo podra ser un asno muerto, por
ejemplo, hinchado por, el agua, flotando a la deriva,
con el vientre al aire en un gran ro gris, en un ro de
inundacin; y yo estara sentado en el vientre del asno
y mis pies se mojaran en el agua clara. Las cosas se
han desembarazado de sus nombres. Estn ah,
grotescas, obstinadas, gigantes, y parece imbcil
llamarlas banquetas o decir cualquier cosa de ellas;
estoy en medio de las Cosas, las innominables. Solo,
sin palabras, sin defensa, las Cosas me rodean, debajo
de m, detrs de m, sobre m. No exigen nada, no se
imponen; estn ah. Bajo el cojn de la banqueta, en la
tabla, hay una pequea lnea de sombra, una pequea
lnea negra que corre a lo largo de la banqueta con
aire misterioso y travieso, casi una sonrisa. S muy
bien que eso no es una sonrisa y sin embargo existe,
corre bajo los vidrios blanquecinos, bajo la batahola de
los vidrios, se obstina bajo las imgenes azules que
desfilan detrs de los vidries y se detienen y reanudan
la marcha, se obstina como el recuerdo impreciso de
una sonrisa, como una palabra casi olvidada de la cual
slo recordamos la primera slaba, y lo mejor que uno
puede hacer es apartar los ojos y pensar en otra cosa,
en ese hombre semi-acostado en la banqueta, all
enfrente. Su cabeza de terracota y ojos azules. Toda
la parte derecha del cuerpo se ha hundido, el brazo
derecho est pegado al cuerpo, el lado derecho vive
apenas, con esfuerzo, con avaricia, como si estuviera
paralizado. Pero en todo el lado izquierdo hay una
pequea existencia parsita que prolifera, un chancro:

el brazo ce pone a temblar y se levanta, y en la punta
la mano est rgida. Y entonces la mano tambin
empieza a temblar, y cuando llega a la altura del crneo,
un dedo se estira y se pone a rascar el cuero cabelludo
con la ua. Una especie de mueca voluptuosa viene a
alojarse en el lado derecho de la boca y el lado izquierdo
signe muerto. Los vidrios tiemblan, el brazo tiembla, la
ua rasca, rasca, la boca sonre bajo los ojos fijos y el
hombre soporta sin advertirlo esa pequea existencia
que hincha su lado derecho, que ha pedido prestado
su brazo derecho y su mejilla para realizarse. E1 guarda
me obstruye el camino.
Espere la parada.
Pero lo rechazo y salto fuera del tranva. No poda
ms. Ya no poda soportar que las cosas estuvieran
tan cerca. Empujo la puerta de una verja, entro;
existencias ligeras dan un salto y se encaraman en las
cimas. Ahora me recobro, s dnde estoy: estoy en el
Jardn pblico. Me dejo caer en un banco entre los
grandes troncos negros, entre las manos negras y
nudosas que se tienden al cielo. Un rbol rasca la tierra
bajo mis pies con una ua negra. Deseara tanto
abandonarme, olvidarme, dormir. Pero no puedo, me
sofoco: la existencia me penetra por todas partes, por
los ojos, por la nariz, por la boca...
Y de golpe, de un solo golpe el velo se desgarra,
he comprendido, he visto.
Las seis de la tarde.
No puedo decir que me sienta aligerado ni
contento; al contrario, eso me aplasta. Slo que alcanc

mi objetivo: s lo que quera saber; he comprendido
todo lo que me sucedi desde el mes de enero. La
Nusea no me ha abandonado y no creo que me
abandone tan pronto; pero ya no la soporto, ya no es
una enfermedad ni un acceso pasajero: soy yo.
Bueno, hace un rato estaba yo en el Jardn
pblico. La raz del castao se hunda en la tierra,
justo debajo de mi banco. Yo ya no recordaba que era
una raz. Las palabras se haban desvanecido, y con
ellas la significacin de las cosas, sus modos de
empleo, las dbiles marcas que los hombres han trazado
en su superficie. Estaba sentado, un poco encorvado,
baja la cabeza, solo frente a aquella masa negra y
nudosa, enteramente bruta y que me daba miedo. Y
entonces tuve esa iluminacin.
Me cort el aliento. Jams haba presentido, antes
de estos ltimos das, lo que quera decir existir. Era
como los dems, como los que se pasean a la orilla del
mar con sus trajes de primavera. Deca como ellos: el
mar es verde, aquel punto blanco, all arriba, es una
gaviota, pero no senta que aquello exista, que la
gaviota era una gaviota-existente; de ordinario la
existencia se oculta. Est ah, alrededor de nosotros,
en nosotros, ella es nosotros, no es posible decir dos
palabras sin hablar de ella y, finalmente, queda intocada.
Hay que convencerse de que, cuando crea pensar en
ella, no pensaba en nada, tena la cabeza vaca o ms
exactamente una palabra en la cabeza, la palabra ser
O pensaba... cmo decirlo? Pensaba la pertenencia,
me deca que el mar perteneca a la clase de los objetos

verdes o que el verde formaba parte de las cualidades
del mar. Aun mirando las cosas, estaba a cien leguas
de pensar que existan: se me presentaban como un
decorado. Las tomaba en mis manos, me servan como
instrumentos, prevea sus resistencias. Pero todo esto
pasaba en la superficie. Si me hubieran preguntado
qu era la existencia, habra respondido de buena fe
que no era nada, exactamente una forma vaca que se
agrega a las cosas desde afuera, sin modificar su
naturaleza. Y de golpe estaba all, clara como el da: la
existencia se descubri de improviso. Haba perdido
su apariencia inofensiva de categora abstracta; era la
materia misma de las cosas, aquella raz estaba
amasada en existencia. O ms bien la raz, las verjas
del jardn, el csped ralo, todo se haba desvanecido;
la diversidad de las cosas, su individualidad slo eran
una apariencia, un barniz. Ese barniz se haba fundido,
quedaban masas monstruosas y blandas, en desorden,
desnudas, con una desnudez espantosa y obscena.
Me guard de hacer el menor movimiento, pero
no necesitaba moverme para ver, detrs do los rboles,
las columnas azules y el candelabro del quiosco de
msica, y la Vleda en medio de un macizo de laureles.
Todos esos objetos... cmo decirlo? me incomodaban;
yo hubiera deseado que existieran con menos fuerza,
de una manera ms seca, ms abstracta, con ms
moderacin. El castao se apretaba contra mis ojos.
Un moho verde lo cubra hasta media altura; la corteza,
negra e hinchada, pareca cuero hervido. El ruidito de
agua de la fuente Masqueret se deslizaba en mis odos,

anidaba all, llenndolos de suspiros; colmaba mi nariz
un olor verde y ptrido. Todas esas cosas se dejaban
llevar, dulce, tiernamente, por la existencia, como esas
mujeres cansadas que se abandonan a la risa y dicen:
Es bueno rer, con voz hmeda; se desplegaban unas
frente a otras, se confiaban abyectamente su existencia.
Comprend que no haba trmino medio entre la
inexistencia y esa abundancia en xtasis. De existir,
haba que existir hasta eso, hasta el verdn, el
abotagamiento, la obscenidad. En otro mundo, los
crculos, los aires musicales guardan sus lneas puras
y rgidas. Pero la existencia es una sumisin. rboles,
pilares azul nocturno, el estertor feliz de una fuente,
olores vivientes, neblinas de calor suspendidas en el
aire fro, un hombre pelirrojo digiriendo en un banco:
todas estas somnolencias, todas estas digestiones
tomadas en conjunto ofrecan un aspecto vagamente
cmico. Cmico... no: no llegaban a eso, nada de lo
que existe puede ser cmico; eran como una analoga
flotante, casi inasible, con ciertas situaciones de
vaudeville. ramos un montn de existencias
incmodas, embarazadas por nosotros mismos; no
tenamos la menor razn de estar all, ni unos ni otros:
cada ano de los existentes, confuso, vagamente
inquieto, se senta de ms con respecto a los otros.
De ms: fue la nica relacin que pude establecer
entre los rboles, las verjas, los guijarros. En vano
trataba de contar los castaos, de situarlos con
respecto a la Vleda, de comparar su altura con la de
los pltanos: cada uno de ellos hua a las relaciones

en que intentaba encerrarlo, se aislaba, rebosaba. Yo
senta lo arbitrario de estas relaciones (que me
obstinaba en mantener para retardar el derrumbe del
mundo humano, de las medidas, de las cantidades, de
las direcciones); ya no hacan mella en las cosas. De
ms el castao, all, frente a m un poco a la izquierda.
De ms la Vleda ...
Y yo flojo, lnguido, obsceno, digiriendo,
removiendo melanclicos pensamientos, tambin yo
estaba de ms. Afortunadamente no lo senta, ms
bien lo comprenda, pero estaba incmodo porque me
daba miedo sentirlo (todava tengo miedo, miedo de
que me atrape por la nuca y me levante como una ola).
Soaba vagamente en suprimirme, para destruir por lo
menos una de esas existencias superfinas. Pero mi
misma muerte habra estado de ms. De ms mi
cadver, m sangre en esos guijarros, entre esas
plantas, en el fondo de ese jardn sonriente. Y la carne
carcomida hubiera estado de ms en la tierra que la
recibiese, mis huesos, al fin limpios, descortezados,
aseados y netos como dientes, todava hubieran estado
de ms; yo estaba de ms para toda la eternidad.
La palabra Absurdo nace ahora de mi pluma; hace
un tato, en el jardn, no la encontr, pero tampoco la
buscaba, no tena necesidad de ella; pensaba sin
palabras, en las cosas, con las cosas. El absurdo no
era una idea en mi cabeza, ni un hlito de voz, sino
aquella larga serpiente muerta a mis pies, aquella

serpiente de madera. Serpiente o garra o raz o garfas
de buitre, poco importa. Y sin formular nada claramente,
comprenda que haba encontrado la clave de la
Existencia, la clave de mis Nuseas, de mi propia vida.
En realidad, todo lo que pude comprender despus se
reduce a este absurdo fundamental. Absurdo: una
palabra ms; me debato con palabras; all tocaba la
cosa. Pero quisiera fijar aqu el carcter absoluto de
este absurdo. Un gesto, un acontecimiento en el
pequeo mundo coloreado de los hombres nunca es
absurdo sino relativamente: con respecto a las
circunstancias que lo acompaan. Los discursos de
un loco, por ejemplo, son absurdos con respecte a la
situacin en que se encuentra, pero no con respecto a
su delirio. Pero yo, hace un rato, tuve la experiencia
de lo absoluto: lo absoluto o lo absurdo. No haba nada
con respecto a lo cual aquella raz no fuera absurda.
Oh! Cmo podr fijar esto con palabras? Absurdo:
con respecto a la grava, a las matas de csped amarillo,
al barro seco, al rbol, al cielo, a los bancos verdes.
Absurdo, irreductible; nada ni siquiera un delirio
profundo y secreto de la naturaleza poda explicarlo.
Evidentemente, no lo sabia todo; no haba visto
desarrollarse el germen ni crecer el rbol. Pero ante
aquella gran pata rugosa, ni la ignorancia ni el saber
tenan importancia; el mundo de las explicaciones y
razones no es el de la existencia. Un crculo no es
absurdo: se explica por la rotacin de un segmento de
recta en torno a uno de sus extremos. Pero adems un
crculo no existe. Aquella raz, por el contrario, exista

en la medida en que yo no poda explicarla. Nudosa,
inerte, sin nombre, me fascinaba, me llenaba los ojos,
me conduca sin cesar a su propia existencia. Era intil
que me repitiera: Es una raz; ya no daba resultado.
Bien vea que no era posible pasar de su funcin de
raz, de bomba aspirante, a eso a esa piel dura y
compacta de foca, a ese aspecto aceitoso, calloso,
obstinado. La funcin no explicaba nada; permita
comprender en conjunto lo que era una raz, pero de
ningn modo sa. Esa raz, con su color, su forma, su
movimiento detenido, estaba... por debajo de toda
explicacin. Cada una de sus cualidades se le
escapaba un poco, flua fuera de ella, se solidificaba a
medias, se converta casi en una cosa; cada una estaba
de ms en la raz, y ahora tena la impresin de que la
cepa entera rodaba un poco fuera de m misma, se
negaba, se negaba, se perda en un extrao exceso.
Rasp con el tacn aquella garra negra; hubiera querido
descortezarla un poco. Para nada, por desafo, para
que apareciera en el cuero curtido el rosa absurdo de
un rasguo; para jugar con el absurdo del mundo. Pero
cuando retir el pie, vi que la corteza segua negra.
Negra? Sent que la palabra se desinflaba, se
vaciaba de sentido con una rapidez extraordinaria.
Negra? La raz no era negra, no era negro lo que
haba en ese trozo de madera, sino... otra cosa; el
negro, como el crculo, no exista. Yo miraba la raz:
era ms que negra o ms o menos negra? Pero
pronto dej de interrogarme porque tena la impresin
de pisar terreno conocido. S, ya haba escrutado, con

esta inquietud, objetos innominables, ya haba intentado
en vano pensar algo sobre ellos, y ya haba
sentido que sus cualidades fras e inertes se hurtaban,
se deslizaban entre mis dedos. Los tirantes de Adolphe,
la otra noche, en el Rendez-vous des cheminots. No
eran violeta. Volv a ver las dos manchas indefinibles
en la camisa. Y el guijarro, aquel famoso guijarro, origen
de toda esta historia: no era... no recordaba bien, a
punto fijo, qu se negaba a ser. Pero no haba olvidado
su resistencia pasiva. Y la mano del Autodidacto; la
tom y estrech un da, en la biblioteca, y despus
tuve la impresin de que no era una mano. Pens en
un gran gusano blanco, pero tampoco era eso. Y la
turbia transparencia del vaso de vidrio, en el caf Mably.
Turbios: eso es lo que eran los sonidos, los perfumes,
los sabores. Cuando corran rpidamente, como
liebres, delante de las narices, y no se les prestaba
demasiada atencin, poda considerrselos muy
simples y tranquilizadores, poda creerse que haba
en el mundo verdadero azul, verdadero rojo, un
verdadero olor a almendra o a violeta. Peto al retenerlos
un instante, este sentimiento de confort y de seguridad
ceda el sitio a un profundo malestar: los colores, los
olores, los sabores nunca eran verdaderos, nunca
simplemente ellos y nada ms que ellos mismos. La
cualidad ms simple, la ms indescomponible tena de
ms en s misma, con respecto a s misma, en su
corazn. Aquel negro, all, junto a mi pie, no pareca
ser negro sino ms bien el esfuerzo confuso por
imaginar el negro de alguien que nunca lo hubiera visto

ni hubiera sabido detenerse, de alguien que hubiera
imaginado un ser ambiguo, ms all de los colores.
Aquello semejaba un color pero tambin... una
magulladura o ms bien una secrecin, una grasitud
y otra cosa, un, olor por ejemplo; aquello se funda
en olor a tierra mojada, a madera tibia y mojada, el
olor negro extendido como un barniz sobre la madera
nerviosa, un sabor de fibra masticada, azucarada.
Simplemente, yo no vea ese negro; la vista es una
invencin abstracta, una idea limpia, simplificada, una
idea de hombre. Aquel negro, presencia amorfa y floja,
desbordaba de lejos la vista, el olfato, el gusto. Pero
esta riqueza se converta en confusin y al fin ya no
era nada porque era demasiado.
Aquel momento fue extraordinario. Yo estaba all,
inmvil y helado, sumido en un xtasis horrible. Pero
en el seno mismo de ese xtasis, acababa de aparecer
algo nuevo: yo comprenda la Nusea, la posea. A
decir verdad, no me formulaba mis descubrimientos.
Pero creo que ahora me sera fcil expresarlos con
palabras. Lo esencial es la contingencia. Quiero decir
que, por definicin, la existencia no es la necesidad.
Existir es estar ah, simplemente; los existentes
aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible
deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido
esto. Slo que han intentado superar esta contingencia
inventando un ser necesario y causa de s. Pero ningn
ser necesario puede explicar la existencia; la
contingencia no es una mscara, una apariencia que
puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia la

gratuidad perfecta. Todo es gratuito: este jardn, esta
ciudad, yo mismo. Cuando uno llega a comprenderlo,
se le revuelve el estmago y todo empieza a flotar,
como la otra noche en el Rendez-vous des cheminots;
eso es la Nusea; eso es lo que los Cochinos los del
Coteau Vert y los otros tratan de ocultarse con su
idea de derecho. Pero qu pobre mentira: nadie tiene
derecho; ellos son enteramente gratuitos, como los otros
hombres; no logran no sentirse de ms. Y en s mismos,
secretamente, estn de ms, es decir, son amorfos y
vagos, tristes.
Cunto tiempo dur esta fascinacin? Yo era la
raz de castao. O ms bien yo era, por entero,
conciencia de su existencia. Todava separado de ella
puesto que tena conciencia y sin embargo perdido
en ella, nada ms que ella. Una conciencia incmoda
y que no obstante se dejaba llevar con todo su peso,
sin apoyo, por ese trozo de madera inerte. El tiempo
se haba detenido: un charquito negro a mis pies; era
imposible que viniera algo despus de aquel momento.
Hubiera querido arrancarme a aquel goce atroz, pero
ni siquiera imaginaba que tal cosa fuese posible; yo
estaba dentro; la cepa no pasaba, permaneca all en
mis ojos, como se atraviesa en un gaznate un trozo
demasiado grande. No poda ni aceptarla ni rechazarla.
A costa de qu esfuerzo alc los ojos? Y los alc
siquiera? No me aniquil ms bien durante un instante
para renacer en el siguiente con la cabeza echada
hacia atrs, mirando hacia arriba? En realidad, no tuve
conciencia de un paso. Pero de pronto me result

imposible pensar la existencia de la raz. Se haba
borrado, era intil que me repitiera: existe, todava est
ah, bajo el banco, contra mi pie derecho: esto ya no
significaba nada. La existencia no lo algo que se deja
pensar de lejos: es preciso que nos invada
bruscamente, que se detenga sobre nosotros, que pese
sobre nuestro corazn como una gran bestia inmvil;
si no, no hay absolutamente nada.
Ya no haba absolutamente nada, tena los ojos
vacos, y estaba encantado con mi liberacin. Y de
golpe, aquello empez a agitarse delante de mis ojos,
con movimientos ligeros e inciertos: el viento sacuda
la cima del rbol.
No me disgustaba ver algo en movimiento; me
desviaba de todas aquellas existencias inmviles que
me miraban como ojos fijos. Me deca, siguiendo el
balanceo de las ramas: los movimientos nunca existen
del todo, son pasos intermediarios entre dos
existencias, tiempos dbiles. Me dispona a verlos salir
de la nada, madurar progresivamente, abrirse; por fin
iba a sorprender existencias a punto de nacer.
Bastaron tres segundos para barrer con todas
mis esperanzas. En esas ramas vacilantes que
tanteaban a su alrededor como ciegas, no lograba
captar paso a la existencia. Esta idea de paso era
otra invencin de los hombres. Una idea demasiado
clara. Todas esas agitaciones menudas se aislaban,
se asentaban solas. Rebosaban por todas, partes de
las ramas y ramitas. Se arremolinaban alrededor de
esas manos secas, las envolvan con pequeos

ciclones. Claro est, un movimiento era una cosa
distinta de un rbol. Pero a pesar de todo era un
absoluto. Una cosa. Mis ojos no encontraban jams
sino lo lleno. All bullan existencias en las puntas de
las ramas, existencias renovadas sin cesar y nunca
nacidas. El viento existente vena a posarse en el rbol
como una gran mosca; y el rbol se estremeca. Pero
el estremecimiento no era una cualidad naciente, un
paso de la potencia al acto; era una cosa; una cosa
estremecimiento que se escurra en el rbol, se
apoderaba de l, lo sacuda y de improviso lo
abandonaba, se alejaba para girar sobre s misma.
Todo estaba pleno, todo en acto, no haba tiempo dbil;
todo, hasta el sobresalto ms imperceptible, estaba
hecho de existencia. Y todos esos existentes que se
afanaban alrededor del rbol no venan de ninguna
parte ni iban a ninguna parte. De golpe existan y
despus, de golpe, no existan: la existencia no tiene
memoria; no conserva nada de los desaparecidos, ni
siquiera un recuerdo. Existencia en todas partes, al
infinito, de ms siempre y en todas partes; existencia,
siempre limitada slo por la existencia. Me dej estar
en el banco, aturdido, abrumado por esa profusin de
seres sin origen; en todas partes eclosiones,
florecimientos; me zumbaban de existencia los odos,
mi misma carne palpitaba y se entreabra, se
abandonaba a la brotadura universal; era repugnante.
Pero por qu, pensaba yo, por qu tantas existencias,
si todas se parecen? A santo de qu tantos rboles
todos parecidos, tantas existencias frustradas y

obstinadamente recomenzadas y de nuevo frustradas,
como los torpes esfuerzos de un insecto cado de
espaldas? (Yo era uno de esos esfuerzos.) Esa
abundancia no haca el efecto de generosidad, al
contrario.. Era lgubre, miserable, trabada por s
misma. Esos rboles, esos grandes cuerpos
desmaados... Me ech a rer porque pens de golpe
en las primaveras formidables que se describen en los
libros, llenas de crujidos, estallidos, eclosiones
gigantescas. Haba imbciles que venan a hablar de
voluntad de poder y lucha por la vida. No haban
mirado nunca un animal o un rbol? Hubieran querido
hacerme tomar ese pltano con sus placas de
peladera, esa encina medio podrida, por fuerzas
jvenes y speras que brotaban hacia el cielo. Debera
representrmela como una garra voraz que rompiese
la tierra para arrancarle su sustento?
Imposible ver las cosas de esta manera.
Blanduras, debilidades, s. Los rboles flotaban,
mpetu hacia el cielo? Ms bien un derrumbe; a cada
instante esperaba ver arrugarse los troncos como
juncos cansados, encogerse y caer al suelo en un
montn negro y blando con pliegues. No tenan ganas
de existir, pero no podan evitarlo; eso es todo.
Entonces hacan todos sus pequeas cocinas,
despacito, sin entusiasmo; la savia suba lentamente
en los vasos, a contra gusto, y las races se hundan
lentamente en la tierra. Pero a cada instante parecan
a punto de plantarlo todo all y de aniquilarse. Cansados
y viejos, continuaban existiendo de mala gana,

simplemente porque eran demasiado dbiles para morir,
porque la muerte slo poda venirles del exterior: slo
las melodas musicales llevan en s su propia muerte
como una necesidad interna; pero las melodas no
existen. Todo lo que existe nace sin razn, se prolonga
por debilidad y muere por casualidad. Me dej ir hacia
atrs y cerr los prpados. Pero las imgenes, en
seguida vigilantes, saltaron y vinieron a colmar de
existencias mis ojos cerrados: la existencia es un lleno
que el hombre no puede abandonar.
Extraas imgenes. Representaban una multitud
de cosas. No cosas verdaderas, otras que se les
parecan. Objetos de madera que semejaban sillas,
zuecos, otros objetos que semejaban plantas. Y adems
dos rostros: la pareja que almorzaba a mi lado, el otro
domingo, en la cervecera Vzelise. Gordos, calientes,
sensuales, absurdos, con las orejas rojas. Vea los
hombros y el pecho de la mujer. Existencia desnuda.
Aquellos dos bruscamente esto me horroriz
aquellos dos continuaban existiendo en alguna parte
de Bouville; en alguna parteen medio de qu olores?
aquel pecho suave continuaba acaricindose contra
frescas telas, acurrucndose en los encajes, y la mujer
continuaba sintiendo que su pecho exista dentro del
corpio, continuaba pensando: mis senos, mis lindos
frutos, sonriendo misteriosamente, atenta a la
expansin de sus senos que la cosquilleaban y entonces
grit y me encontr con los ojos muy abiertos.
So aquella enorme presencia? Estaba all,
posada en el jardn, volcada en los rboles, toda blanda,

embadurnndolo todo, espesa como una confitura. Y
yo estaba adentro, con todo el jardn? Tena miedo,
pero sobre todo clera; aquello me pareca tan estpido,
tan fuera de lugar; odiaba esa mermelada innoble. S,
s! Aquello suba hasta el cielo, andaba por todas partes,
lo llenaba todo con su cada gelatinosa y yo le vea
profundidades y profundidades, mucho ms lejos que
los lmites del jardn y las casas y Bouville; ya no estaba
en Bouville ni en ninguna parte, flotaba. No me
sorprenda, saba que era el Mundo, el Mundo
completamente desnudo el que se mostraba de golpe,
y me ahogaba de clera contra ese ser gordo y
absurdo. Ni siquiera poda uno preguntarse de dnde
sala aquello, todo aquello, ni cmo era que exista un
mundo ms bien que nada. Aquello no tena sentido, el
mundo estaba presente, en todas partes presente,
adelante, atrs. No haba habido nada antes de l.
Nada. No haba habido momento en que hubiera podido
no existir. Eso era lo que me irritaba: claro que no
haba ninguna razn para que existiera esa larva
resbaladiza. Pero no era posible que no existiera. Era
impensable: para imaginar la nada, era menester
encontrarse all, en pleno mundo, con los ojos bien
abiertos, y viviente; la nada slo era una idea en mi
cabeza, una idea existente que flotaba en esa
inmensidad; esa nada no haba venido antes de la
existencia, era una existencia como cualquier otra, y
aparecida despus de muchas otras. Yo gritaba qu
porquera, qu porquera! y me sacuda para
desembarazarme de esa porquera pegajosa, pero ella

resista y haba tanto, toneladas y toneladas de
existencia, indefinidamente; me ahogaba en el fondo
de ese inmenso asco. Y entonces, de golpe, el jardn
se vaci como por un gran agujero, el mundo
desapareci de la misma manera que haba venido, o
bien me despert; en todo caso, no lo vi ms; a mi
alrededor quedaba tierra amarilla, de donde brotaban
ramas secas, erguidas en el aire.
Me levant, sal. Al llegar a la verja, me volv.
Entonces el jardn me sonri. Me apoy en la verja y
mir largo rato. La sonrisa de los rboles, del macizo
de laurel quera decir algo; aqul era el verdadero
secreto de la existencia. Record que un domingo, no
hace ms de tres semanas, haba captado en las cosas
una especie de aire de complicidad. Se diriga a m?
Sent, fastidiado, que no contaba con ningn medio
para comprender. Ningn medio. Sin embargo estaba
all, a la espera, semejante a una mirada. Estaba all,
en el tronco del castao... era el castao. Pareca como
si las cosas fueran pensamientos que se detenan en
el camino, que se olvidaban, que olvidaban lo que
haban querido pensar, y permanecan as, saltando,
con un sentido pequeo y ridculo que las exceda.
Ese pequeo sentido me irritaba; no poda
comprenderlo aunque me quedara setecientos aos
apoyado en la verja; haba conocido Codo lo que poda
saber de la existencia. Me fui, y de vuelta en el hotel,
escrib esto.
A la noche.
He tomado una decisin: ya no tengo motivo para

quedarme en Bouville si no escribo el libro; ir a vivir a
Pars. El viernes tornar el tren de las cinco, el sbado
ver a Anny; pienso que pasaremos unos das juntos.
Despus regresar para arreglar algunos asuntos y
hacer las valijas. El primero de marzo a ms tardar
estar definitivamente instalado en Pars.
Viernes.
Au Rendez-vous des Cheminots. El tren parte
dentro de veinte minutos. El fongrafo. Fuerte impresin
de aventura.
Sbado.
Anny viene a abrirme con un largo vestido negro.
Naturalmente, no me tiende la mano, no me saluda. Yo
mantuve mi mano derecha en el bolsillo del sobretodo.
Anny dice en tono disgustado y muy rpido, para
librarse de las formalidades:
Entra y sintate donde quieras, salvo en el silln
junto a la ventana.
Es ella, muy ella. Deja colgar los brazos; tiene el
rostro tristn que antes le daba el aire de una chiquilla
en la edad ingrata. Pero ahora ya no parece una
chiquilla. Est gorda, su pecho es fuerte.
Cierra la puerta, se dice a s misma, con aire
meditativo:
No s si voy a sentarme en la cama...
Finalmente se deja caer en una especie de cajn
cubierto con un tapiz. Su andar ya no es el mismo; se
desplaza con una pesadez majestuosa, y no sin gracia;
parece molesta por su precoz corpulencia. Pero a pesar
de todo es muy ella, es Anny.

Anny lanza una carcajada.
Por qu te res?
No responde en seguida, como de costumbre, y
adopta un aire camorrista.
Dime, por qu?
Por la ampla sonrisa que enarbolas desde que
entraste. Pareces un padre que acaba de casar a su
hija. Vamos, no te quedes de pie. Deja el abrigo y
sintate. S, ah si quieres.
Sigue un silencio, que Anny no trata de romper.
Qu desmantelada est la habitacin! En otros tiempos
Anny llevaba en todos sus viajes una inmensa valija
llena de chales, de turbantes, de mantillas, de mscaras
japonesas, de imgenes de Epinal. Apenas paraba en
un hotel aunque tuviera que quedarse una sola
noche su primer cuidado era abrir la valija y sacar
todas sus riquezas, que colgaba de las paredes,
suspenda en las lmparas, extenda sobre las mesas
o en el suelo, segn un orden variable y complicado;
en menos de media hora el cuarto ms vulgar se revesta
de una personalidad pesada y sensual, casi intolerable.
Tal vez la valija se ha perdido, o qued en el depsito...
Esta habitacin fra, con la puerta que se entreabre al
cuarto de bao, tiene algo de siniestro. Se asemeja,
con ms lujo y tristeza, a mi habitacin de Bouville.
Anny sigue riendo. Reconozco muy bien esa risita
muy alta y un poco gangosa.
Bueno, t no has cambiado. Qu buscas con
esa cara enloquecida?
Sonre, pero sus ojos me miran con una curiosidad

casi hostil.
Pensaba solamente que este cuarto no parece
habitado por ti.
Ah s? responde con aire vago.
Nuevo silencio. Ahora est sentada sobre la cama,
muy plida en su vestido negro. No se ha cortado el
pelo. Sigue mirndome con aire de tranquilidad,
levantando un poco las cejas. No tiene nada que
decirme? Por qu me ha hecho venir? Este silencio
es insoportable.
De improviso digo, lastimosamente:
Estoy contento de verte.
La ltima palabra se estrangula en mi garganta;
para salir con eso, hubiera hecho mejor callndome.
Seguramente va a enfadarse. Yo pens que el primer
cuarto de hora sera penoso. Antes, cuando vea a
Anny, aunque fuera despus de una ausencia de
veinticuatro horas, por la maana al despertar, nunca
saba encontrar las palabras que ella esperaba, las
que convenan a su vestido, al tiempo, a las ltimas
palabras que habamos pronunciado la vspera. Pero
qu quiere? No puedo adivinarlo.
Levanta los ojos. Anny me mira con una especie
de ternura.
Entonces no has cambiado nada? Siempre
eres tan tonto?
Su rostro expresa satisfaccin. Pero qu fatigada
parece.
Eres un mojn dice, un mojn al borde de
un camino. Explicas y explicars toda tu vida

imperturbablemente que Melun est a veintisiete
kilmetros y Montargis a cuarenta y dos. Por eso te
necesito tanto.
Me necesitas? Me necesitaste durante estos
cuatro aos que no te vi? Bueno, has estado muy
discreta.
Habl sonriendo; ella podra creer que le guardo
rencor. Siento esta sonrisa muy falsa en mi boca; estoy
incmodo.
Qu tonto eres! Naturalmente, no he necesitado
verte, si es esto lo que quieres decir. Ya sabes que no
tienes nada particularmente regocijante para los ojos.
Necesito que existas y que no cambies. Eres como
ese metro de platino que se conserva en alguna parte,
en Pars o en los alrededores. No creo que nadie haya
tenido nunca deseos de verlo.
En eso te equivocas.
En fin, poco importa, yo no. Bueno, estoy
contenta de saber que existe, que mide exactamente la
diez millonsima parte del cuadrante del meridiano
terrestre. Lo pienso cada vez que toman medidas en
un departamento o que me venden gnero negro por
metros.
Ah s? digo framente.
Pero podra muy bien pensar en ti slo como
en una virtud abstracta, una especie de lmite. Puedes
agradecerme que recuerde cada vez tu cara.
Ya hemos vuelto a las discusiones alejandrinas
que era necesario sostener en otros tiempos, cuando
yo abrigaba deseos simples y vulgares, como decirle

que la quera, tomarla en mis brazos. Hoy no tengo
ningn deseo. Salvo quiz el de callarme y mirarla,
comprender en silencio toda la importancia de este
acontecimiento extraordinario: la presencia de Anny
frente a m. Y para ella, este da es semejante a los
dems? A ella no le tiemblan las manos. Deba de tener
algo que decirme el da que me escribi, o quiz fuera,
simplemente, un capricho. Ahora, lo ha olvidado.
Anny me sonre de golpe con una ternura tan
visible que las lgrimas me asoman a los ojos.
He pensado en ti mucho ms a menudo que en
el metro de platino. No hubo da que no pensara en ti.
Y recordaba claramente hasta el menor detalle de tu
persona.
Se levanta y viene a apoyar sus manos en mis
hombros.
Atrvete a decirme que recordabas mi cara, t
que te quejas.
Es difcil  digo, t sabes muy bien que
tengo mala memoria.
Lo confiesas: me habas olvidado por completo.
Me hubieras reconocido en la calle?
Naturalmente. No se trata de eso.
Recordabas por lo menos el color de mi pelo?
Pues claro! Es rubio.
Anny se echa a rer.
Lo dices con mucho orgullo. Ahora que lo ves
no tiene mucho mrito.
Me revuelve el pelo de un manotn.
Y tu pelo es rojo dice imitndome; la

primera vez que te vi tenas, no lo olvidar nunca un
sombrero blando que tiraba a malva y que bramaba al
verse con tu pelo rojo. Era muy penoso de mirar.
Dnde est tu sombrero? Quiero ver si tienes siempre
tan mal gusto.
Ya no uso.
Silba ligeramente abriendo grandes ojos.
No se te habr ocurrido solo! S? Bueno, te
felicito. Naturalmente! Bastaba pensarlo. Ese pelo no
soporta nada, se da de coces con los sombreros, con
los cojines de los sillones, hasta con el papel de las
paredes que le sirven de fondo. O si no tendras que
encasquetrtelo hasta las orejas, como aquel fieltro
ingls que habas comprado en Londres. Metas las
mechas debajo y ni siquiera se saba si tenas pelo.
Agrega, en el tono decidido con que se terminan
las viejas disputas:
No te quedaba nada bien.
Ya no s qu sombrero era.
Yo deca que me quedaba bien?
Ya lo creo que lo decas! No hablabas de otra
cosa. Y te mirabas solapadamente en los espejos
cuando creas que no te vea.
Este reconocimiento del pasado me abruma. Anny
ni siquiera parece evocar recuerdos; su tono no tiene
el matiz enternecido y lejano que conviene a esta clase
de ocupacin. Es como si hablara de hoy, a lo sumo
de ayer; ha conservado con plena vida sus opiniones,
sus terquedades, sus rencores de otros tiempos. Para
m, por el contrario, lo inunda todo una ola potica;

estoy dispuesto a todas las concesiones.
Ya ves, he engordado, he envejecido, tengo
que cuidarme.
S. Y qu aspecto fatigado el suyo! Cuando quiero
hablar, agrega en seguida:
Hice teatro, en Londres.
Con Candler?
No, hombre, con Candler no. Te reconozco bien
en eso. Se te haba metido en la cabeza que hara
teatro con Candler. Cuntas veces habr que decirte
que Candler es un director de orquesta? No, en un
teatrito, Soho Square. Representamos Emperor Jones,
obras de Sean OCasey, de Synge, y Britannicus.
Britannicus? digo asombrado.
Bueno, s, Britannicus. Por eso lo abandon.
Yo les haba dado la idea de montar Britannicus; y
quisieron hacerme interpretar Junie.
S?
Y naturalmente, slo poda interpretar Agrippine.
Y ahora qu haces?
Ha sido un error preguntarle esto. La vida
desaparece de su rostro. Sin embargo responde
inmediatamente:
Ya no trabajo. Viajo. Me mantiene un tipo.
Sonre:
Oh! No me mires con esa solicitud, no es
trgico. Siempre te dije que me dara lo mismo hacerme
mantener. Adems es un tipo viejo, no molesta.
Un ingls?
Pero qu puede importarte? dice, irritada

. No vamos a hablar de ese infeliz. No tiene ninguna
importancia ni para ti ni para m. Quieres t?
Entra en el cuarto de tocador. La oigo ir y venir,
mover cacerolas y hablar sola; un murmullo agudo e
ininteligible. En la mesa de luz, junto a la cama, hay,
como siempre, un tomo de la Historia de Francia de
Michelet. Ahora observo que encima de la cama ha
colgado una foto, una sola, una reproduccin del retrato
de Emily Bront por su hermano.
Anny vuelve y me dice bruscamente:
Ahora tienes que hablarme de ti.
Luego desaparece de nuevo en el cuarto de
tocador. De esto me acuerdo, a pesar de mi mala
memoria: haca preguntas directas como sta, que me
molestaban mucho porque senta en ellas un inters
sincero y a la vez el deseo de terminar cuanto antes.
En todo caso, despus de esta pregunta, ya no cabe
duda: quiere algo de m. Por el momento slo son
preliminares: desembarazarse de lo que podra
molestar; arreglar definitivamente las cuestiones
secundarias: Ahora tienes que hablarme de ti. Dentro
de un rato me hablar de ella. De golpe, no siento el
menor deseo de contarle nada. Para qu? La Nusea,
el miedo, la existencia... Es preferible que me lo guarde.
Vamos, date prisa grita a travs del tabique.
Vuelve con una tetera.
Qu haces? Vives en Pars?
Vivo en Bouville.
En Bouville? Por qu? Espero que no te
habrs casado.

Casado? digo sobresaltndome.
Me resulta desagradable que Anny haya podido
pensarlo. Se lo digo:
Es absurdo. Muy del tipo de imaginacin
naturalista que me reprochabas en otro tiempo,
recuerdas? cuando te imaginaba viuda y madre de
dos muchachos. Y todas las historias que te contaba
sobre lo que llegaramos a ser. T detestabas aquello.
Y t te complacas responde sin inmutarse.
Lo decas para drtelas de escptico. Adems te
indignas as en la conversacin, pero eres lo bastante
traidor para casarte un da a escondidas. Protestaste
durante un ao, indignado, que no iras a ver Violetas
imperiales. Y un da que yo estaba enferma, fuiste a
verla solo a un pequeo cine del barrio.
Vivo en Bouville dije con dignidad, porque
estoy escribiendo un libro sobre M. de Robelln.
Anny me mira con aplicado inters.
M. de Rollebon? Vivi en el siglo XVIII?
S.
Me habas hablado de l, es cierto dice
vagamente.
Entonces es un libro de historia?
S.
Ah, Ah!
Si me hace otra pregunta le contar todo. Pero
no pregunta nada ms. Aparentemente, juzga que sabe
bastante de m. Anny sabe escuchar muy bien, pero
slo cuando quiere. La miro: ha bajado los prpados,
piensa en lo que va a decirme, en la manera cmo

empezar: Debo interrogarla a mi vez? No creo que
le interese. Hablar cuando lo considere oportuno. El
corazn me late con fuerza.
Bruscamente, dice:
Yo he cambiado.
Este es el comienzo. Pero ahora se calla. Sirve
t en tazas de porcelana blanca. Espera que yo hable;
tengo que decir algo. No cualquier cosa, justo lo que
ella espera. Estoy en el tormento. Ha cambiado de
veras. Est gorda, parece fatigada; seguramente no
es esto lo que quiere decir.
No s, no me parece. Ya he encontrado tu risa,
tu manera de levantarte y poner las manos en mis
hombres, tu mana de hablar sola. Sigues leyendo la
Historia de Michelet. Y un montn de cosas ms...
Y ese inters profundo por mi esencia eterna y
su indiferencia total hacia todo lo que pueda sucederme
en la vida, y esa extraa afectacin pedante y
encantadora a la vez, y esa manera de suprimir antes
que nada las frmulas mecnicas de cortesa, de
amistad, todo lo que facilita las relaciones de los
hombres entre s, esa manera de obligar a los
interlocutores a una perpetua invencin. Se encoge
de hombros:
S, hombre he cambiado dice secamente,
he cambiado del todo. Ya no soy la misma persona.
Pens que te daras cuenta a la primera ojeada. Y
vienes a hablarme de la Historia de Michelet.
Se me planta delante:
Vamos a ver si este hombre es tan inteligente

como lo asegura. Busca: en qu he cambiado?
Vacilo; Anny golpea con el pie, todava sonriente
pero sinceramente irritada.
En otro tiempo haba algo que te resultaba un
suplicio. Por lo menos t lo afirmabas. Y ahora se
acab, ha desaparecido. Deberas notarlo. Acaso no
te sientes ms cmodo?
No me atrevo a responderle que no; estoy, como
antes, sentado en la punta de la silla, cuidando de evitar
emboscadas, de conjurar inexplicables cleras. Ella ha
vuelto a sentarse.
Bueno dice meneando la cabeza, si no
comprendes es que has olvidado muchas cosas.
Todava ms de lo que yo pensaba. Vamos a ver:
recuerdas tus fechoras de antes? Venas, hablabas,
te ibas: todo a destiempo. Imagina que nada hubiera
cambiado: t entraras, habra mscaras y chales en
la pared, yo estara sentada en la cama y te dira:
(echa la cabeza hacia atrs, dilata la nariz y habla con
voz teatral, como burlndose de s misma) Bueno,
qu esperas? Sintate. Y naturalmente, evitara
cuidadosamente decirte: salvo en el silln junto a la
ventana.
Me tendas trampas.
No eran trampas... Entonces, naturalmente,
hubieras ido derecho a sentarte all.
Y qu me hubiera sucedido? digo
volvindome y mirando el silln con curiosidad. Es de
apariencia ordinaria, tiene un aire paternal y
confortable.

Slo cosas malas responde Anny
brevemente.
No insisto; Anny siempre se ha rodeado de objetos
tab.
Creo le digo de golpe que adivino algo.
Pero sera tan extraordinario. Espera, djame buscar:
s, este cuarto est desmantelado. Me hars la justicia
de reconocer que lo observ en seguida. Bueno, hubiera
entrado, habra visto las mscaras en las paredes, y
los chales y todo eso. El hotel se detena siempre en tu
puerta. Tu cuarto era otra cosa... No hubieras venido a
abrirme. Te hubiera descubierto agazapada en un
rincn, quiz sentada en el suelo sobre aquella moqueta
roja que llevabas siempre contigo, mirndome sin
indulgencia, aguardando... Apenas pronunciara yo una
palabra, apenas hiciera un gesto y recobrara la
respiracin, t frunciras las cejas y yo me sentira
profundamente culpable sin saber por qu. Despus
habra acumulado una torpeza tras otra, me hubiera
hundido en mi falta...
Cuntas veces sucedi eso?
Cien veces.
Por lo menos! Eres ms hbil, ms fino
ahora?
No!
Me gusta orte decirlo. Entonces?
Entonces es que ya no hay...
Ah, ah! exclama con voz teatral Apenas
se atreve a creerlo!
Prosigue dulcemente:

Bueno, puedes crermelo: ya no hay ms.
No ms momentos perfectos?
No.
Estoy estupefacto. Insisto.
En fin, t no... Se acabaron aquellas...
tragedias, aquellas tragedias instantneas en que las
mscaras, los chales, los muebles y yo mismo tenamos
cada uno nuestro pequeo papel, y t uno grande?
Sonre.
Ingrato! A veces le di papeles ms importantes
que el mo, pero l no se lo sospech. Bueno, s, se
acabaron. Te sorprende mucho?
Ah, s, estoy sorprendido! Cre que eso
formaba parte de ti misma, que si te lo quitaban sera
como si te arrancaran el corazn.
Yo tambin lo cre dice como si no lamentara
nada. Agrega con una especie de irona que me hace
una impresin muy desagradable:  Pero ya ves que
puedo vivir sin eso.
Ha entrecruzado los dedos y sujeta una de las
rodillas con sus manos. Mira al aire con una vaga
sonrisa que le rejuvenece todo el rostro. Parece una
chiquilla gorda, misteriosa y satisfecha.
S, estoy contenta de que sigas siendo el mismo.
Si te hubieran mudado de sitio, pintado de nuevo,
clavado al borde de otro camino, no tendra nada fijo
para orientarme. Me eres indispensable; yo cambio,
queda convenido que t permaneces inmutable y mido
mis cambios en comparacin contigo.
A pesar de todo me siento un poco mortificado.

Bueno, es muy inexacto digo con vivacidad
, al contrario, he evolucionado totalmente los ltimos
tiempos, y en el fondo...
Oh dice con un desprecio aplastante,
cambios intelectuales! Yo he cambiado hasta el blanco
de los ojos.
Hasta el blanco de los ojos... Qu hay en su
voz, que me trastorna? De todos modos doy un salto
brusco! Dejo de mirar a una Anny desaparecida. Es
esta mujer, esta mujer gorda de aspecto arruinado la
que me conmueve y a quien amo.
Tengo una especie de certeza... fsica. Siento
que no hay momentos perfectos. Lo siento hasta en
las piernas cuando camino. Lo siento todo el tiempo,
hasta cuando duermo. No puedo olvidarlo. Nunca hubo
nada que fuera como una revelacin; no puedo decir:
a partir de tal da de tal hora, mi vida se ha transformado.
Pero en la actualidad estoy siempre un poco como si
aquello me hubiera sido revelado la vspera. Estoy
deslumbrada, incmoda, no me acostumbro. Dice estas
palabras con una voz calmosa donde queda un atisbo
de orgullo por haber cambiado tanto. Se balancea en
el cajn con una gracia extraordinaria. Ni una vez desde
que entr se ha parecido tanto a la Anny de antes, de
Marsella. Me ha atrapado de nuevo, he vuelto a
sumergirme en su extrao universo, ms all del ridculo,
de la afectacin, de la sutileza. Hasta he recuperado
aquella ligera fiebre que me agitaba siempre en su
presencia y aquel gusto amargo en el fondo de la boca.
Anny desanuda las manos y suelta la rodilla. Se

calla. Es un silencio concertado, como cuando en la
pera la escena permanece vaca exactamente durante
siete compases de orquesta. Bebe el t. Despus deja
la taza y se mantiene rgida apoyando las manos
cerradas en el borde del cajn. -
De improviso hace aparecer en su cara el
soberbio rostro de Medusa que yo amaba tanto,
hinchado de odio, torcido, venenoso. Anny no cambia
de expresin, cambia de rostro, como los actores
antiguos cambiaban de mscara; de golpe. Y cada
una de estas mscaras est destinada a crear la
atmsfera, a dar el tono de lo que seguir. Aparece y
se mantiene sin modificarse mientras Anny habla.
Despus cae, se desprende de ella.
Me mira fijo sin demostrar verme. Hablar. Espero
un discurso trgico, a la altura de la dignidad de su
mscara, un canto fnebre.
Dice una sola palabra;
Me sobrevivo..
E1 acento no corresponde para nada al rostro.
No es trgico, es... horrible; expresa una desesperacin
seca, sin lgrimas, sin piedad. S, hay en ella algo
irremediablemente agostado.
La mscara cae, Anny sonre.
No estoy nada triste. A menudo sent asombro,
pero me equivocaba: por qu haba de estar triste?
En otros tiempos fui capaz de pasiones bastante
hermosas. Odi apasionadamente a mi madre. Adems
a ti dice con desafo te am apasionadamente.
Espera una rplica. No digo nada.

Todo eso se acab, por supuesto.
Cmo puedes saberlo?
Lo s. S que nunca ms encontrar nada ni
nadie que me inspire pasin. T sabes que ponerse a
querer a alguien es una hazaa. Se necesita una
energa, una generosidad, una ceguera... Hasta hay
un momento, al principio mismo; en que es preciso
saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace. S
que nunca ms saltar.
Por qu?
Me echa una mirada irnica y no responde.
Ahora dice vivo rodeada por mis pasiones
difuntas. Trato de recuperar aquel esplndido furor que
me precipit desde el tercer piso, a los doce aos, un
da que mi madre me azot.
Agrega, sin relacin aparente, con aire lejano:
Tampoco es bueno mirar demasiado tiempo los
objetos. Los miro para saber qu son y tengo que
apartar rpidamente los ojos.
Pero por qu?
Me desagradan.
No se dira?... En todo caso, seguramente hay
semejanzas. Ya una vez, en Londres sucedi esto;
habamos pensado separadamente las mismas cosas
sobre los mismos temas, casi en el mismo momento.
Me gustara tanto que... Pero el pensamiento de Anny
da numerosos rodeos; nunca se est seguro de haberla
comprendido del todo. Necesito estar seguro.
Escucha, quera decirte que jams supe muy
bien lo que eran los momentos perfectos; nunca me lo

has explicado.
S, lo s, no hacas ningn esfuerzo. Eras una
estaca a mi lado.
Ay! Yo s lo que me cost.
Mereciste todo lo que te ha sucedido, eras muy
culpable; me irritabas con tu aire slido. Parecas
decirme: yo soy normal; y te empeabas en respirar
salud, chorreabas salud moral.
Sin embargo te ped ms de cien veces que
me explicaras lo que era un...
S, pero en qu tono dice colrica,
condescendas a informarte, sa es la verdad. Lo
preguntabas con una amabilidad distrada, como las
seoras de edad me preguntaban a qu estaba jugando
cuando era chica. En el fondo contina soadora
, me pregunto si no ha sido a ti a quien ms he odiado.
Hace un esfuerzo, se recobra y sonre con las
mejillas encendidas todava. Est muy bella.
Con mucho gusto te lo explicar. Ahora soy
bastante vieja para hablar sin clera, a las seoras de
edad como t, de los juegos de mi infancia. Vamos,
habla, qu es lo que quieres saber?
Qu era aquello.
Te he hablado de las situaciones privilegiadas?
No lo creo!
S dice con seguridad. Fue en Aix, en
aquella plaza cuyo nombre ya no recuerdo. Estbamos
en el jardn de un caf, a pleno sol, bajo sombrillas
anaranjadas. No te acuerdas?, bebimos limonada y
yo encontr moscas muertas en el azcar en polvo.

Ah, s, tal vez...
Bueno, te habl de eso en aquel caf. A
propsito de la gran edicin de la Historia de Michelet,
la que yo posea cuando era chica. Era mucho ms
grande que sta y las hojas tenan un color desvado
como el interior de un hongo, y olan a hongo. A la
muerte de mi padre, mi to Joseph les ech mano y se
llev todos los volmenes. Fue aquel da cuando lo llam
viejo cochino, y mi madre me azot y salt por la
ventana.
S, s... has de haberme hablado de esa Historia
de Francia... No la leas en un desvn? Mira, me
acuerdo. Ya ves que eras injusta hace un momento
cuando me acusabas de haberlo olvidado todo.
Calla. Me llevaba, como muy bien has
recordado, esos enormes libros al desvn. Tenan muy
pocas figuras, quiz tres o cuatro por volumen. Pero
cada una ocupaba, sola, una gran pgina, una pgina
con el reverso en blanco. Esto me haca mucho efecto
porque en las otras hojas el texto estaba distribuido en
dos columnas para ganar espacio. Mi amor por esos
grabados era extraordinario; los conoca todos de
memoria, y cuando relea un libro de Michelet los
esperaba con cincuenta pginas de anticipacin;
siempre me pareca un milagro encontrarlos. Y adems
haba un refinamiento: la escena representada nunca
se relacionaba con el texto de las pginas vecinas;
haba que buscar el acontecimiento treinta pginas ms
lejos.
Te lo suplico, hblame de los momentos

perfectos.
Te hablo de las situaciones privilegiadas. Eran
aqullas representadas en los grabados. Yo las llamaba
privilegiadas; me deca que deban de tener una
importancia muy grande para que hubieran accedido
a ponerlas como tema de aquellas imgenes tan
escasas. Las haban escogido entre todas,
comprendes?, y sin embargo, muchos episodios
tenan un valor plstico ms grande, otros ms inters
histrico. Por ejemplo, para todo el siglo diecisis haba
slo tres imgenes: una para la muerte de Enrique II,
otra para el asesinato del duque de Guisa y otra para
la entrada de Enrique IV en Pars. Entonces me imagin
que estos acontecimientos tenan un carcter particular.
Adems, los grabados me confirmaban en esta idea:
el dibujo era rstico, los brazos y las piernas nunca
estaban bien unidos al tronco. Pero era algo lleno de
grandeza. En el asesinato del duque de Guisa, por
ejemplo, los espectadores manifiestan su estupor y su
indignacin tendiendo todos las palmas hacia adelante
y apartando la cabeza: es muy hermoso, parece un
coro. Y no creas que haban olvidado los detalles
divertidos o anecdticos. Se vean pajes cayendo al
suelo, perritos que huan, bufones sentados en los
peldaos del trono. Pero todos esos detalles estaban
tratados con tanta grandeza e inhabilidad, que
armonizaban perfectamente con el resto de la imagen;
no creo haber visto cuadros con una unidad tan
rigurosa. Bueno, de ah procedieron.
Las situaciones privilegiadas?

En fin, la idea que me haca de ellas. Eran
situaciones que tenan una calidad rara y preciosa,
estilo si quieres. Ser rey, por ejemplo, cuando yo tena
ocho aos me pareca una situacin privilegiada. O
morir. Te res, pero haba tanta gente dibujada en el
momento de su muerte, hay tantos que han
pronunciado palabras sublimes en ese momento, que
yo crea de buena fe... en fin, pensaba que al entrar
en agona uno se vea trasportado sobre s mismo.
Adems, bastaba estar en el aposento de un muerto:
como la muerte era una situacin privilegiada, algo
emanaba de ella y se comunicaba a todas las personas
presentes. Una especie de grandeza. Cuando mi padre
muri, me hicieron subir a su cuarto para verlo por
ltima vez. Al subir la escalera era muy desdichada,
pero tambin estaba como ebria de una especie de
alegra religiosa; al fin entraba en una situacin
privilegiada. Me apoy en la pared, intent hacer los
gestos que correspondan. Pero mi ta y mi madre,
arrodilladas al borde del lecho, lo estropeaban todo
con sus sollozos.
Dice estas palabras de mal humor, como si el
recuerdo fuera punzante todava. Se interrumpe; con
la mirada fija, las cejas levantadas, aprovecha la ocasin
para revivir la escena una vez ms.
Ms tarde ampli todo esto; le agregu primero
una situacin nueva: el amor (quiero decir el acto del
amor). Mira, si nunca comprendiste por qu me negaba
a... a algunas de tus peticiones, es una ocasin para
comprenderlo: para m haba algo que salvar. Y me

dije que deba de haber muchas ms situaciones
privilegiadas; finalmente admit una infinidad.
S, pero al fin, qu eran?
Bueno, ya te lo he dicho dice con asombro
, hace un cuarto de hora que te lo estoy explicando.
Pero era preciso sobre todo que la gente fuera
muy apasionada, que sintiera arrebatos de odio o amor,
por ejemplo; o el aspecto exterior del acontecimiento
tena que ser grande, quiero decir, lo que se puede
ver... ?
Las dos cosas... segn responde de mala
gana.
Y los momentos perfectos? Qu vienen a
hacer aqu?
Llegan despus. Primero estn los signos
anunciadores. Despus, la situacin privilegiada, lenta,
majestuosamente entra en la vida de las personas.
Entonces se plantea la cuestin de saber si uno quiere
convertirla en momento perfecto.
S digo, he comprendido. En cada una de
las situaciones privilegiadas hay que realizar ciertos
actos, adoptar ciertas actitudes, decir ciertas palabras,
y otras actitudes, otras palabras estn estrictamente
prohibidas. Es as?
Si t quieres...
En suma, la situacin es la materia; sta exige
un tratamiento.
As es dice Anny; ante todo era preciso
estar sumido en algo excepcional y sentir que uno
impona orden all. Si se hubieran realizado todas esas

condiciones, el momento habra sido perfecto.
En suma, era una especie de obra de arte.
Ya me lo has dicho replica irritada. Pero
no: era un... deber. Haba que transformar las
situaciones privilegiadas en momentos perfectos. Era
una cuestin moral. S, puedes rerte: moral.
No me ro.
Escucha le digo espontneamente,
tambin yo voy a reconocer mis errores. Nunca te
comprend bien, nunca intent sinceramente ayudarte.
Si hubiera sabido...
Gracias, muchas gracias dice, irnica.
Creo que no esperars gratitud por estos
remordimientos tardos. Adems no te lo reprocho;
nunca te expliqu nada claramente, estaba atada, no
poda hablar de esto con nadie, ni siquiera contigo,
sobre todo contigo. Siempre haba algo que sonaba
falso en aquellos momentos. Yo estaba como extraviada.
Sin embargo, tena la impresin de hacer todo lo que
poda.
Pero qu era lo que haba que hacer? Qu
actos?
Qu tonto eres, no se pueden dar ejemplos;
depende.
Pero cuntame lo que intentabas hacer.
No, no tengo inters en hablar de eso. Pero si
quieres, hay una historia que me llam mucho la
atencin cuando iba a la escuela. Era un rey que haba
perdido una batalla y haba cado prisionero. Estaba
en un rincn, en el campo del vencedor. Ve pasar a su

hijo y a su hija encadenados. No llora, no dice nada.
Despus ve pasar, encadenado tambin, a uno de sus
servidores. Entonces empieza a gemir y a arrancarse
los cabellos. T mismo puedes inventar ejemplos. Ves:
hay casos en que no se debe llorar, si no, uno es
inmundo. Pero si dejas caer un leo en tu pie, puedes
hacer lo que quieras: gimotear, llorar, saltar sobre el
otro pie. Lo estpido sera mantenerse todo el tiempo
estoico; sera agotarse para nada.
Sonre:
Otras veces era preciso ser ms que estoico.
No recuerdas, naturalmente, la primera vez que te
bes?
S, muy bien digo triunfante, fue en los
jardines de Kiew, a orillas del Tmesis.
Pero lo que nunca supiste es que estaba
sentada sobre unas ortigas; se me haba levantado el
vestido, tena los muslos llenos de pinchazos y al menor
movimiento, nuevos pinchazos. Bueno, all no hubiera
bastado el estoicismo. T no me turbabas nada, no
senta un deseo particular de tus labios; el beso que
iba a darte era de una importancia mucho mayor, era
un compromiso, un pacto. Entonces, comprendes?,
el dolor resultaba impertinente, no me era permitido
pensar en mis muslos en un momento como aqul. No
bastaba ocultar mi padecimiento; era preciso no
padecerlo.
Me mira con orgullo, muy sorprendida an por lo
que hizo:
Durante ms de veinte minutos, todo el tiempo

que insistas para conseguir ese beso que estaba
decidida a darte, durante todo el tiempo en que me
hice rogar porque era preciso drtelo segn los
cnones llegu a anestesiarme por completo. Dios
sabe, sin embargo, que tengo la piel sensible: no sent
nada hasta que nos levantamos.
Es eso, exactamente eso. No hay aventuras, no
hay momentos perfectos... hemos perdido las mismas
ilusiones, hemos seguido los mismos caminos. Adivino
el resto, hasta puedo tomar la palabra en su lugar y
decir yo mismo lo que le falta decir:
Y entonces te diste cuenta de que siempre
haba buenas mujeres llorando, o un tipo pelirrojo, o
cualquier otro para estropear tus efectos?
S, naturalmente dice sin entusiasmo.
No es eso?
Oh, a la larga hubiera podido resignarme a las
torpezas de un pelirrojo. Despus de todo era bondad
ma interesarme en la manera de representar los otros
su papel... No, es ms bien...
Qu no hay situaciones privilegiadas?
Eso es. Yo crea que el odio, el amor o la muerte
bajaban sobre nosotros como las lenguas de fuego del
Viernes Santo. Crea que era posible resplandecer de
odio o de muerte. Qu error! S, realmente, pensaba
que exista el Odio, que vena a posarse en la gente
y a elevarla sobre s misma. Naturalmente, slo existo
yo, yo que odio, yo que amo, Y entonces soy siempre
la misma cosa, una pasta que se estira, se estira... y
es siempre tan igual que uno se pregunta cmo se le

ha ocurrido a la gente inventar nombres, hacer
distinciones.
Piensa como yo. Tengo la impresin de no haberla
dejado nunca.
Escucha bien le digo, desde hace un
momento pienso en una cosa que me gusta mucho
ms que el papel de mojn que tan generosamente me
has concedido, y es que hemos cambiado al mismo
tiempo y de la misma manera. Prefiero esto, sabes?,
a ver que te alejas cada vez ms y estar condenado a
sealar eternamente tu punto de partida. Yo haba
venido a contarte todo lo que me has contado, con
otras palabras, es cierto. Nos encontramos a la llegada.
No puedo decirte cunto placer me causa.
S?me dice dulcemente pero con aire
terco; bueno, con todo yo hubiera preferido que no
cambiaras; era ms cmodo. No soy como t; ms
bien me desagrada saber que alguien ha pensado las
mismas cosas que yo. Adems, has de equivocarte.
Le cuento mis aventuras, le hablo de la existencia,
acaso demasiado tiempo. Escucha con aplicacin;
tiene los ojos muy abiertos, las cejas altas
Cuando termino, parece aliviada.
Bueno, pero no piensas lo mismo que yo. Te
quejas porque las cosas no se disponen a tu alrededor
como un ramillete de flores, sin tomarte la molestia de
hacer nada. Pero yo nunca he pedido tanto: quera
obrar. Cuando representbamos el aventurero y la
aventurera, t eras aqul a quien suceden aventuras,
yo la que las hace suceder. Deca: Soy un hombre de

accin. Recuerdas: Bueno, ahora digo simplemente:
no se puede ser un hombre de accin.
Es preciso admitir que no la he convencido, pues
se anima y prosigue con ms fuerza:
Y adems hay un montn de cosas que no te
he dicho porque seran demasiado largas de explicar.
Por ejemplo: hubiera sido necesario que, en el momento
mismo de obrar, pudiera decirme que mi acto tendra
consecuencias... fatales. No logro explicarte bien...
Pero es completamente intil digo con un aire
bastante pedante, eso tambin lo he pensado.
Me mira con desconfianza.
De creerte, lo habras pensado todo de la misma
manera que yo; me asombras mucho.
No puedo convencerla, slo conseguira irritarla.
Me callo. Tengo ganas de tomarla en mis brazos.
De pronto me mira con aire ansioso:
Y entonces, si has pensado en todo esto, qu
puede hacerse?
Bajo la cabeza.
Yo me... yo me sobrevivo repite
pesadamente.
Qu puedo decirle? Acaso conozco motivos
para vivir? No estoy desesperado como ella, porque
no esperaba gran cosa. Estoy ms bien... asombrado
frente a esta vida que he recibido para nada. Mantengo
baja la cabeza, no quiero ver el rostro de Anny en este
momento.
Viajo prosigue con voz lgubre; vengo de
Suecia. Me detuve ocho das en Berln. Est ese tipo

que me mantiene....
Tomarla en mis brazos... Para qu? No puedo
nada por ella? Est sola como yo.
Me dice, con voz un poco ms alegre:
Qu ests refunfuando?
Levanto los ojos. Anny me mira con ternura.
Nada. Pensaba solamente en algo.
Oh, misterioso personaje! Bueno, habla o
cllate, pero elige.
Le hablo del Rendez-vous des Cheminots, del
viejo rag-time que hago poner en el fongrafo, de la
extraa felicidad que me proporciona.
Me preguntaba si por ese lado no se podra
encontrar o buscar...
No responde nada, creo que no se ha interesado
mocho en lo que le dije.
Sin embargo, contina, al cabo de un instante, y
no s si prosigue sus pensamientos o si es una
respuesta a lo que acabo de decirle.
Los cuadros, las estatuas son inutilizables:
hermosas frente a m. La msica...
Pero en el teatro...
Bueno, en el teatro qu? Quieres enumerar
todas las bellas artes?
En otros tiempos decas que deseabas hacer
teatro porque en escena deban realizarse momentos
perfectos!
S, los he realizado, para los dems. Yo estaba
en el polvo, en la corriente de aire, bajo luces crudas,
entre telones de cartn. En general tena por

compaero a Thorndyke. Creo que lo has visto
representar en Covent Garden. Siempre tena miedo
de soltarle una carcajada en las narices.
Pero nunca te posesionabas del papel?
Un poco, por momentos; jams con mucha
fuerza. Lo esencial para todos nosotros era el agujero
negro, exactamente adelante, en cuyo fondo haba gente
a la que no veamos; a aquellos, evidentemente, se les
presentaba un momento perfecto. Pero no vivan dentro;
se desenvolva delante de ellos. Y piensas que
nosotros, los actores, vivamos dentro? Al final no estaba
en ninguna parte, ni de un lado ni del otro de las
candilejas, no exista; y sin embargo todo el mundo
pensaba en l. Entonces, comprendes?, lo mand
todo a pasear.
Yo intent escribir aquel libro...
Me interrumpe.
Vivo en el pasado. Vuelvo a tomar todo lo que
me ha sucedido y lo arreglo. De lejos, as, no est mal,
uno casi se dejara posesionar. Toda nuestra historia
es bastante buena. Le doy unos toques y sale una
serie de momentos perfectos. Entonces cierro los ojos
y trato de imaginarme que vivo todava dentro. Tambin
tengo otros personajes... Hay que saber concentrarse.
Sabes qu he ledo? Los Ejercicios espirituales de
Loyola. Me ha sido muy til. Tiene una manera de
colocar primero el decorado, y de presentar luego los
personajes. Una llega a ver agrega con aire maniaco.
Bueno, eso no me satisfara nada digo.
Crees que me satisface?

Permanecimos un momento silenciosos. Cae la
noche; distingo apenas la mancha plida de su rostro.
Su vestido negro se confunde con la sombra que invade
la habitacin. Maquinalmente tomo la taza donde queda
todava un poco de t y la llevo a los labios. El t est
fro. Tengo ganas de fumar, pero no me atrevo. Siento
la impresin penosa de que no tenemos ms nada que
decirnos. Todava ayer pensaba hacerle tantas
preguntas: dnde haba estado, qu haba hecho, a
quin haba conocido? Pero esto me interesaba slo
en la medida en que Anny se hubiera entregado con
toda el alma. Ahora perd la curiosidad: todos los pases,
todas las ciudades por donde ha pasado, todos los
hombres que le han hecho la corte y que quiz ella ha
amado, todo eso no importa, todo eso le es en el fondo
tan indiferente: pequeos destellos de sol en la
superficie de un mar oscuro y fro. Anny est frente a
m, haca cuatro aos que no nos veamos, y no
tenemos nada ms que decirnos.
Ahora dice Anny de golpe debes
marcharte. Espero a alguien.
Esperas?...
No, espero a un alemn, un pintor.
Se echa a rer. Esa risa suena extraamente en
la habitacin oscura.
Mira, ah tienes a uno que no es como nosotros,
todava. Obra, se gasta.
Me levanto de mala gana.
Cundo volver a verte?
No s, salgo maana a la noche para Londres.

Por Dieppe?
S, y creo que despus ir a Egipto. Quiz
pasar por Pars el prximo invierno; te escribir.
Maana estoy libre todo el da le digo
tmidamente.
S, pero yo tengo mucho que hacer responde
con voz seca. No, no puedo verte. Te escribir desde
Egipto. Slo tienes que darme tu direccin.
Es sta.
Garabateo mi direccin en la penumbra, en un
trozo de sobre. Tendr que avisar en el hotel Printania
que me enven las cartas, cuando me vaya de Bouville.
En el fondo, s que no escribir. Tal vez la ver dentro
de diez aos. Tal vez sea la ltima vez que la veo. No
estoy simplemente abrumado porque la dejo; tengo un
miedo horrible de volver a mi soledad.
Anny se levanta; en la puerta me besa ligeramente
en la boca.
Para acordarme de tus labios dice
sonriendo. Tengo que rejuvenecer mis recuerdos
para mis Ejercicios espirituales.
La tomo del brazo y la acerco a m. No resiste,
pero dice que no con la cabeza.
No. Ya no hay inters. No es posible empezar
de nuevo... Y adems, para lo que se puede hacer
con la gente, el primer recin llegado un poco buen
mozo vale tanto como t.
Pero entonces, qu vas a hacer?
Ya te lo he dicho, voy a Inglaterra.
No, quiero decir...

Bueno, nada!
No he soltado sus brazos, le digo dulcemente;
Y tengo que dejarte despus de haberte
encontrado.
Ahora distingo claramente su rostro. De pronto
se pone plido y descompuesto. Un rostro de vieja,
absolutamente horrible; estoy bien seguro de que no lo
ha buscado; est ah, sin que lo sepa, acaso a pesar
suyo.
No dice lentamente, no. No me has
encontrado.
Desprende sus brazos. Abre la puerta. El corredor
est baado de luz.
Anny se echa a rer.
Pobre! No tiene suerte. La primera vez que
interpreta bien su papel, nadie se lo agradece. Vamos,
vete.
Oigo cerrarse la puerta a mis espaldas.
Domingo.
Esta maana consult la gua de ferrocarriles;
suponiendo que no me haya mentido, partir en el tren
de Dieppe a las cinco y treinta y ocho. Pero y si el
tipo la llevara en auto? Vagu toda la maana por las
calles de Menilmontant y a la tarde por los muelles.
Unos pasos, unas paredes me separaban de ella. A las
seis y treinta y ocho nuestra conversacin de ayer se
convertira en un recuerdo, la mujer opulenta cuyos
labios haban rozado mi boca, se unira en el pasado a
la chiquilla delgada de Meknes, de Londres. Pero an
no era pasado, puesto que todava estaba all, todava

era posible volver a verla, convencerla, llevarla conmigo
para siempre. An no me senta solo.
Quise apartar de mi pensamiento a Anny porque,
a fuerza de imaginar su cuerpo y su rostro, haba cado
en una extremada nerviosidad; me temblaban las manos
y senta por todo el cuerpo estremecimientos helados.
Me puse a hojear los libros en los escaparates de los
revendedores y muy especialmente las publicaciones
obscenas, porque a pesar de todo, entretienen la
mente.
Cuando dieron las cinco en el reloj de la estacin
de Orsay, estaba mirando las figuras de una obra
titulada El doctor del ltigo. Eran poco variadas: en la
mayor parte un barbudo alto blanda una fusta sobre
monstruosas grupas desnudas. Cuando me di cuenta
de que eran las cinco, arroj el libro entre los dems y
salte a un taxi que me condujo a la estacin Saint-
Lazare.
Me pase unos veinte minutos por el andn y al
fin los vi. Ella llevaba un grueso abrigo de piel que le
daba el aire de una dama. Y un velo. El tipo tena un
abrigo de pelo de camello. Era bronceado, joven an,
muy alto, muy guapo. Extranjero seguramente, pero
no ingls; quiz egipcio. Subieron al tren sin verme.
No se hablaban. Despus el tipo se ape y compr
diarios. Anny baj el vidrio de su compartimiento; me
vio. Me mir largo rato, sin clera, con ojos inexpresivos.
Despus el individuo volvi a subir al vagn y el tren
parti. En ese momento vi claramente el restaurante
de Piccadilly donde almorzbamos en otros tiempos;

luego todo desapareci. Camin. Cuando me sent
fatigado, entr en este caf y me qued dormido. El
mozo acaba de despertarme, y escrib esto en un
semisueo.
Regresar maana a Bouville con el tren de
medioda. Me bastar quedarme dos das, para hacer
las valijas y arreglar mis asuntos en el banco. Pienso
que en el hotel Printania querrn que les pague una
quincena ms porque no les avis. Tambin tendr que
devolver a la biblioteca los libros que he sacado. De
todos nodos estar de vuelta en Pars al fin de la
semana. Y qu ganar con el cambio? Siempre en
una ciudad; sta est cortada por un ro, la otra
bordeada por el mar; salvo en esto son parecidas. Se
escoge una tierra pelada, estril; all se llevan grandes
piedras huecas. En esas piedras hay olores cautivos,
olores ms pesados que el aire. A veces los arrojan
por las ventanas a las calles y all se quedan hasta que
los vientos los hayan desgarrado. Cuando el tiempo es
despejado, los ruidos entran por una punta de la ciudad
y salen por la otra, despus de atravesar todos los
muros; otras veces giran entre esas piedras que cocina
el sol, que raja la helada.
Las ciudades me dan miedo. Pero no hay que
salir de ellas. Si uno se aventura demasiado lejos,
encuentra el crculo de la Vegetacin. La Vegetacin
se ha arrastrado kilmetros enteros en direccin a las
ciudades. Aguarda. Cuando la ciudad est muerta, la
Vegetacin la invadir, trepar por las piedras, las
estrechar, las escudriar, las har estallar con sus

largas pinzas negras; cegar los agujeros y dejar
colgar por todas partes sus patas verdes. Hay que
quedarse en las ciudades mientras estn vivas, no se
debe penetrar solo bajo la gran cabellera que est a
sus puertas; es preciso dejarla ondular y crujir sin
testigos. En las ciudades, si uno sabe arreglarse,
escoger las horas en que los animales digieren o
duermen en sus agujeros, detrs de los montones de
detritos orgnicos, slo se encuentran minerales, los
existentes menos horrorosos.
Regresar a Bouville. La Vegetacin sitia a
Bouville por tres lados solamente. En el cuarto hay un
gran agujero lleno de un agua negra que se mueve
sola. El viento silba entre las casas. Los olores duran
menos que en otras partes; arrojados al mar por el
viento, corren al ras del agua negra como juguetones
copitos de bruma. Llueve. Se ha permitido que las
plantas crecieran entre cuatro verjas. Plantas castradas,
domesticadas, inofensivas, tan carnosas son. Tienen
enormes hojas blancuzcas que cuelgan como orejas.
Al tacto parecen cartlagos. Todo es gordo y blanco en
Bouville, por toda el agua que cae del cielo. Regresar
a Bouville. Qu horror!
Me despierto sobresaltado. Es medianoche. Hace
seis horas que Anny sali de Pars. El barco se ha
hecho a la mar. Anny duerme en un camarote, y en el
puente, el tipo guapo, bronceado, fuma cigarrillos.
Martes, en Bouville.
Es esto la libertad? A mis pies los jardines
descienden blandamente hacia la ciudad, y en cada

jardn se levanta una casa. Veo el mar, pesado, inmvil;
veo a Bouville. Hace buen tiempo.
Soy libre: no me queda ninguna razn para vivir,
todas las que prob aflojaron y ya no puedo imaginar
otras. Todava soy bastante joven, todava tengo fuerzas
bastantes para volver a empezar. Pero qu es lo que
hay que empezar? Slo ahora comprendo cunto haba
contado con Anny para salvarme, en lo ms fuerte de
mis terrores, de mis nuseas. Mi pasado ha muerto,
M. de Rollebon ha muerto, Anny volvi para quitarme
toda esperanza. Estoy solo en esta calle blanca
bordeada de jardines. Slo y libre. Pero esta libertad
se parece un poco a la muerte.
Hoy mi vida llega a su fin. Maana habr dejado
esta ciudad que se extiende a mis pies, donde viv
tanto tiempo. Ya no sers ms que un nombre,
rechoncho, burgus, muy francs, un nombre en mi
memoria, menos rico que los de Florencia o Bagdad.
Llegar una poca en que me pregunte: Pero cuando
estaba en Bouville, qu poda hacer durante todo el
da? Y de este sol, de esta tarde, no quedar nada, ni
siquiera un recuerdo.
Toda mi vida est detrs de m. La veo entera,
veo su forma, veo los lentos movimientos que me han
trado hasta aqu. Hay pocas cosas que decir de ella:
una partida perdida, eso es todo. Hace tres aos que
entr en Bouville, solemnemente. Haba perdido la
primera vuelta. Quise jugar la segunda y tambin perd;
perd la partida. Al mismo tiempo, supe que siempre se
pierde. Slo los cochinos creen ganar. Ahora voy a

hacer como Anny, me sobrevivir. Comer, dormir.
Dormir, comer. Existir lentamente, dulcemente, como
esos rboles, como un charco de agua, como el asiento
rojo del tranva.
La Nusea me concede una corta tregua. Pero
s que volver; es mi estado normal. Slo que hoy mi
cuerpo est demasiado agotado para soportarla,
Tambin los enfermos tienen afortunadas debilidades
que les quitan, por algunas horas, la conciencia de su
mal. Me aburro, eso es todo. De vez en cuando bostezo
tan fuerte que las lgrimas me ruedan por las mejillas.
Es un aburrimiento profundo, profundo, el corazn
profundo de la existencia, la materia misma de que
estoy hecho. No me descuido, por el contrario; esta
maana tom un bao, me afeit. Slo que cuando
pienso en todos esos pequeos actos cuidadosos, no
comprendo cmo pude ejecutarlos; son tan vanos. Sin
duda el hbito los ejecuta por m. Los hbitos no estn
muertos, continan afanndose, tejiendo muy despacito,
insidiosamente, sus tramas; me lavan, me secan, me
visten, como nodrizas. Habrn sido ellos, tambin,
los que me trajeron a esta colina? Ya no recuerdo cmo
vine. Por la escalera Dautry, sin duda; pero sub
realmente, uno por uno, sus ciento diez peldaos? Lo
que quiz sea an ms difcil de imaginar, es que
despus voy a bajarlos. Sin embargo, lo s; dentro de
un rato me encontrar al pie del Cotean Vert; alzando
la cabeza podr ver iluminarse a lo lejos las ventanas
de estas casas que estn tan cerca. A lo lejos. Sobre
mi cabeza; y este instante, del que no puedo salir, que

me encierra y me limita por todos lados, este instante
del que estoy hecho, ser un sueo borroso.
Miro, a mis pies, el centelleo gris de Bouville. Bajo
el sol, es como montones de conchas, escamas, huesos
astillados, casquijo. Perdidos entre esos restos,
minsculos resplandores de vidrio o de mica lanzan
con intermitencias luces ligeras. Los arroyuelos, las
zanjas, los delgados surcos que corren entre las
conchas sern calles dentro de una hora; caminar
por esas calles, entre muros. Dentro de una hora ser
uno de esos hombrecitos negros que distingo en la
calle Boulibet.
Qu lejos de ellos me siento, desde lo alto de esta
colina. Me parece que pertenecen a otra especie. Salen
de las oficinas, despus de la jornada de trabajo, miran
las cosas y las plazoletas con aire satisfecho, piensan
que es su ciudad, una hermosa ciudad burguesa.
No tienen miedo, se sienten en su casa. Nunca han
visto otra cosa que el agua domeada que sale por los
grifos, la luz que surge de las bombitas cuando se
hace presin en el interruptor, los rboles mestizos,
bastardos, sostenidos con horquetas. Cien veces por
da tienen la prueba de que todo se hace
mecnicamente, que el mundo obedece a leyes fijas e
inmutables. Los cuerpos abandonados en el vaco caen
todos a la misma velocidad, el jardn pblico se cierra
todos los das a las diecisis en invierno, a las dieciocho
en verano, el plomo se funde a 335, el ltimo tranva
sale del Ayuntamiento a las veintitrs y cinco. Son
apacibles, un poco taciturnos, piensan en Maana, es

decir, simplemente, en un nuevo hoy; las ciudades slo
disponen de una sola jornada que se repite, muy
parecida, todas las maanas. Apenas la adornan un
poco los domingos. Imbciles. Me repugna pensar que
volver a ver sus caras gruesas y tranquilas. Legislan,
escriben novelas populistas, se casan, cometen la
extrema estupidez de tener hijos. Entre tanto, la gran
naturaleza vaga se ha deslizado en la ciudad, se ha
infiltrado en todas partes, en sus casas, en sus oficinas,
en ellos mismos. No se mueve, permanece tranquila, y
los hombres estn bien metidos dentro, la respiran y
no la ven, se imaginan que est afuera, a veinte leguas
de la ciudad. Yo veo esa naturaleza, yo la veo... S
que su sumisin es pereza, s que no tiene leyes: lo
que ellos toman por constancia... Slo tiene hbitos y
puede cambiarlos maana.
Y si sucediera algo? Si de golpe se pusiera a
palpitar? Entonces comprenderan que est aqu y les
parecera que el corazn iba a estallarles. Entonces
de qu les serviran sus diques y sus murallas, y sus
centrales elctricas, sus altos hornos, sus prensas
hidrulicas? Puede suceder en cualquier momento,
quiz en seguida; stos son los presagios. Por ejemplo,
un padre de familia de paseo vera acercrsele, por la
calle, un guiapo rojo como empujado por el viento. Y
cuando el guiapo est muy cerca, ver que es un
trozo de carne podrida, manchada de polvo, que se
arrastra reptando, brincando, un pedazo de carne
torturada que rueda por las alcantarillas proyectando
espasmdicos chorros de sangre. O una madre mirar

la mejilla de su hijo y le preguntar: Qu tienes ah?
Un grano? y ver que la carne se hincha, se
resquebraja un poco, se entreabre, y en el fondo de la
grieta aparecer un tercer ojo, un ojo risueo. O sentirn
suaves roces en todo el cuerpo, como las caricias que
los juncos hacen a los nadadores en la ribera. Y sabrn
que sus ropas se han convertido en cosas vivas. Y
otro encontrar que algo le raspa en la boca. Y se
acercar a un espejo, abrir la boca; y su lengua se
habr convertido en un enorme ciempis vivo, que
agitar las patas y le araar el paladar. Querr
escupirlo, pero el ciempis ser una parte de s mismo
y tendr que arrancrselo con las manos. Y aparecern
multitud de cosas para las cuales habr que buscar
nombres nuevos: el ojo de piedra, el gran brazo
tricornio, el pulgar-muleta, la araa-muleta. Y aqul que
est dormido en su buena cama, en su dulce cuarto
caliente, se despertar desnudo en un piso azulado,
en un bosque de vergas zumbantes, erguidas, rojas y
blancas, hacia el cielo, como las chimeneas de
Jouxtebouville, con grandes testculos medio salidos
de tierra, velludos y bulbosos, como cebollas. Y
revolotearn pjaros alrededor de estas vergas y las
picotearn y las harn sangrar. El esperma correr
lenta, dulcemente, de esas heridas, esperma con
sangre, vidrioso y tibio, con burbujitas. O no suceder
nada de todo esto, no se producir ningn cambio
apreciable, pero una maana, al abrir las celosas, las
gentes quedarn sorprendidas porque las cosas estarn
pesadamente rasgadas de una especie de sentido

horrible, como si esperaran. Nada ms que esto; pero
por poco que dure, habr cientos de suicidios. Bueno,
s! Que esto cambie un poco, para ver; no pido otra
cosa. Entonces veremos a otros bruscamente sumidos
en la soledad. Hombres solos, completamente solos,
con horribles monstruosidades, corrern por las calles,
pasarn pesadamente delante de m, con los ojos fijos,
huyendo de sus males y llevndolos consigo, con la
boca abierta y su lengua-insecto batiendo las alas.
Entonces lanzar una carcajada, aunque mi cuerpo
est cubierto de sucias costras opacas que se abrirn
en flores de carne, en violetas, en rannculos. Me
apoyar en una pared y les gritar al pasar: Qu
habis hecho de vuestra ciencia? Qu habis hecho
de vuestro humanismo? Dnde est vuestra dignidad
de caas pensantes? No tendr miedo, o por lo menos
no ms que en este momento. Acaso no ser siempre
existencia, variaciones sobre la existencia? Todos esos
ojos que devorarn lentamente un rostro, estarn de
ms, sin duda, pero no ms que los dos primeros. La
existencia es lo que temo.
Cae la noche, las primeras lmparas se encienden
en la ciudad. Dios mo! Qu natural parece la ciudad
a pesar de todas sus geometras, qu aplastada por la
noche. Es tan... evidente, desde aqu: es posible que
yo sea el nico en verlo? No hay en ninguna parte
otra Casandra, en la cima de una colina, mirando a
sus pies una ciudad sumergida en el fondo de la
naturaleza? Por lo dems, qu me importa? Qu
podra decirle?

Muy despacito mi cuerpo se vuelve hacia el este,
oscila un poco y echa a andar.
Mircoles: mi ltimo da en Bouville.
He recorrido la ciudad entera en busca del
Autodidacto. Seguramente no ha regresado a su casa.
Ha de caminar sin rumbo, abrumado de vergenza y
de horror ese pobre humanista de quien los hombres
no quieren saber ya nada. A decir verdad, no me
sorprend cuando sucedi la cosa, senta desde hace
mucho tiempo que su cabeza dulce y temerosa llamaba
sobre s el escndalo. Era tan poco culpable; su humilde
amor contemplativo por los muchachos jvenes es
apenas sensualidad, ms bien una forma de
humanismo. Pero algn da tena que encontrarse solo.
Como M. Achille, como yo: es de mi raza, tiene buena
voluntad. Ahora ha entrado en la soledad, y para
siempre. Todo se ha desmoronado de golpe: sus sueos
de cultura, sus sueos de armona con los hombres.
Primero vendr el miedo, el horror y las noches sin
sueo; despus de esto, la larga serie de das de exilio.
Ir a vagabundear, de noche, por el patio de las
Hipotecas; mirar de lejos las ventanas resplandecientes
de la biblioteca, y se le oprimir el corazn cuando
recuerde las largas hileras de libros, sus
encuadernaciones en cuero, el olor de sus pginas.
Lamento no haberlo acompaado, pero no quiso; fue
l quien me suplic que lo dejara solo; comenzaba el
aprendizaje de la soledad. Estoy escribiendo esto en
el caf Mably. Entr ceremoniosamente; quera
contemplar al encargado, a la cajera y sentir con fuerza

que los vea por ltima vez. Pero no puedo apartar mi
pensamiento del Autodidacto, tengo siempre delante
de los ojos su rostro descompuesto, cargado de
reproche y su cuello alto con manchas de sangre.
Entonces ped papel y ahora voy a contar lo que le
sucedi.
Me dirig a la biblioteca a eso de las dos de la
tarde. Pensaba: La biblioteca. Entro aqu por ltima
vez.
La sala estaba casi desierta. Me costaba
reconocerla porque saba que no volvera nunca ms.
Estaba ligera como vapor, casi irreal, toda rojiza; el sol
poniente tea de rojo la mesa reservada a las lectoras,
la puerta, los lomos de los libros. Por un segundo tuve
la impresin encantadora de penetrar en un bosque
lleno de hojas doradas; sonre. Pens: Cunto tiempo
que no sonro. El corso miraba por la ventana, con las
manos atrs. Qu vea? El crneo de Imptraz? Yo
ya no ver el crneo de Imptraz, ni su chistera, ni su
levita. Dentro de seis horas, habr salido de Bouville.
Dej en el escritorio del sub-bibliotecario los dos
volmenes que haba pedido el mes pasado. El subbibliotecario
rompi una ficha verde y me tendi los
pedazos:
Srvase, M. Roquentin.
Gracias.
Pens: Ahora, no les debo ya nada. No debo ya
nada a nadie de aqu. Dentro de un rato ir a
despedirme de la patrona del Rendez-vous des
Cheminots. Soy libre. Vacil unos instantes:

empleara esos ltimos momentos en hacer un largo
paseo por Bouville, en ver de nuevo el bulevar Victor-
Noir, la avenida Galvani, la calle Tournebride? Pero
aquel bosque era tan tranquilo, tan puro; me daba la
impresin de que apenas exista, y de que la Nusea
lo haba pasado por alto. Fui a sentarme cerca de la
estufa. Sobre la mesa estaba el Journal de Bouville.
Estir la mano, lo tom.
Salvado por su perro.
M. Dubosc, propietario de Remiredon, regresaba
anoche en bicicleta de la feria de Naugis...
Una seora gorda vino a sentarse a mi derecha.
Dej el sombrero de fieltro a su lado. Tena la nariz
plantada en la cara como un cuchillo en una manzana.
Bajo la nariz, un agujerito obsceno se frunca
desdeosamente. Sac de su bolso un libro
encuadernado, se acodo en la mesa apoyando la
cabeza en sus manos gordas. En frente de m dorma
un seor viejo. Lo conoca: estaba en la biblioteca la
noche que tuve tanto miedo. Creo que l tambin tuvo
miedo. Pens: Qu lejos qued todo aquello
A las cuatro y media entr el Autodidacto. Me
hubiera gustado estrecharle la mano y despedirme de
l. Pero hay que convencerse de que nuestra ltima
entrevista le dej un mal recuerdo: me hizo un saludo
distante y fue a depositar, bastante lejos de m, un
paquetito blanco que deba de contener, como de
costumbre, una rebanada de pan y una tableta de

chocolate. Al cabo de un momento volvi con un libro
ilustrado que puso junto al paquete. Pens: Lo veo
por ltima vez Maana a la noche, pasado maana a
la noche, todas las noches que sigan, vendr a leer a
esta mesa comiendo su pan y su chocolate, proseguir
con paciencia su roer de rata, leer las obras de
Nadaud, Naudeau, Nodier, Nys, interrumpindose de
vez en cuando para anotar una frase en su libretita. Y
yo caminar por Pars, por las calles de Pars, ver
nuevas caras. Qu me sucedera, mientras l estuviera
aqu, mientras la lmpara iluminara su rostro gordo y
reflexivo? Sent justo a tiempo que iba a dejarme atrapar
de nuevo por el espejismo de la aventura. Me encog
de hombros y reanud la lectura.
Bouville y sus contornos.
Monistiers.
Actividad de la brigada de gendarmera durante
el ao 1932. El sargento de caballera Gaspard, al
frente de la brigada de Monistiers, y sus cuatro
gendarmes: Lagoutte, Nizan, Pierpont y Ghil, no han
descansado durante el ao 1932. En efecto, nuestros
gendarmes han podido comprobar 7 crmenes, 82
delitos, 159 contravenciones, 6 suicidios y 15
accidentes de automvil, 3 de ellos mortales.
Jouxtebouville.
Grupo amistoso de Trompetas de Jouxtebouville.
Hoy ensayo general, entrega de entradas para
el concierto anual.
Compostel.

Entrega de la Legin de Honor al Alcalde.
El turista bouvills (Fundacin Scout bouvills,
1924):
Esta noche a las 20 y 45, reunin mensual en la
sede social, calle Ferdinand Byron 10, sala A. Orden
del da: lectura de la ltima acta. Correspondencia;
banquete anual, cotizacin 1932, programa de las
salidas en marzo; cuestiones diversas; adhesiones.
Protectora de animales (Sociedad bouvillesa):
El jueves prximo, de 15 a 17 horas, sala C, calle
Ferdinand Byron 10, Bouville, permanencia pblica.
Dirigir la correspondencia al presidente, a la sede o a
la avenida Galvani 154.
Club bouvills del perro de defensa... Asociacin
bouvillesa de enfermos de guerra... Cmara sindical
de patrones de taxis... Comit bouvills de Amigos
de las Escuelas Normales...
Entraron dos muchachos con valijas. Alumnos del
liceo. Al corso le gustan mucho los alumnos del liceo,
porque puede ejercer sobre ellos una vigilancia paternal.
A menudo los deja, por gusto, charlar y agitarse en las
sillas; de pronto va con paso furtivo, se detiene detrs
de ellos y los reprende: Es ste el comportamiento
de muchachos grande? Si no prometen cambiar, el
seor bibliotecario est decidido a quejarse al seor
Provisor. Y si protestan, los mira con sus ojos terribles:
Denme sus nombres. Tambin dirige sus lecturas: en
la biblioteca ciertos volmenes estn marcados con
una cruz roja; es el Infierno: obras de Gide, de Diderot,

de Baudelaire, tratados de medicina. Cuando un alumno
del liceo pide en consulta uno de esos libros, el corso
le hace una sea, lo lleva a un rincn y lo interroga. Al
cabo de un momento estalla, y su voz llena la sala de
lectura: Sin embargo hay libros ms interesantes,
cuando se tiene su edad. Libros instructivos. En primer
lugar, termin usted sus deberes? En qu clase est
usted? En segundo? Y no tiene nada que hacer
despus de las cuatro? Su profesor viene aqu a
menudo; le hablar de usted.
Los dos muchachos permanecan plantados
cerca de la estufa. El ms joven tena un hermoso pelo
castao, la piel casi demasiado fina y una boquita
maligna y orgullosa. Su compaero, un gordo fornido
con una sombra de bigote, le toc el codo y murmur
unas palabras. El morenito no respondi, pero esboz
una sonrisa imperceptible, llena de altivez y suficiencia.
Despus los dos eligieron al descuido un diccionario
de uno de los estantes y se acercaron al Autodidacto
que los miraba con ojos fatigados. Los muchachos
parecan ignorar su existencia, pero se sentaron junto
a l, el morenito a su izquierda y el rubio a la izquierda
del morenito. En seguida comenzaron a hojear el
diccionario. El Autodidacto dej errar su mirada por la
sala y volvi a su lectura. Jams sala alguna de
biblioteca ofreci espectculo ms tranquilizador; yo
no oa un ruido, salvo el aliento corto de la seora
gorda; slo vea cabezas inclinadas sobre volmenes
en octavo. Sin embargo, en ese momento tuve la
impresin de que iba a producirse un acontecimiento

desagradable. Todas esas gentes que bajaban los ojos
con aire aplicado, estaban como representando una
comedia; yo haba sentido pasar, momentos antes,
sobre nosotros, algo como un hlito de crueldad.
Haba terminado mi lectura y no me decida a
irme; aguardaba, fingiendo leer el peridico. Lo que
acreca mi curiosidad y mi turbacin era que los dems
tambin aguardaban. Me pareca que mi vecina volva
con ms rapidez las pginas del libro. Pasaron unos
minutos, y o cuchicheos. Alc prudentemente la
cabeza. Los dos chicos haban cerrado el diccionario.
El morenito no hablaba, volva hacia la derecha un rostro
lleno de deferencia e inters. Medio oculto detrs de
su hombro, el rubio aguzaba el odo y se regodeaba
en silencio. Pero quin habla? pens.
Era el Autodidacto. Se haba inclinado hacia su
joven vecino, mirndolo a los ojos, y le sonrea; yo le
vea mover los labios; de vez en cuando palpitaban sus
largas pestaas. No le conoca ese aire de juventud;
estaba casi encantador. Pero por momentos se
interrumpa y echaba hacia atrs una mirada inquieta.
El muchachito pareca beber sus palabras. Esta
escenita no tena nada de extraordinario y ya me
aprestaba a proseguir mi lectura, cuando vi que el
muchacho deslizaba lentamente su mano detrs de la
espalda sobre el borde de la mesa. As oculta a los
ojos del Autodidacto, anduvo un instante y se puso a
tantear a su alrededor; luego, habiendo hallado el brazo
del rubio gordo, lo pellizc violentamente. El otro,
demasiado absorbido gozando de las palabras del

Autodidacto, no la haba visto venir. Dio un salto y su
boca se abri desmesuradamente bajo el efecto de la
sorpresa y de la admiracin. El morenito haba
conservado su expresin de inters respetuoso. Hubiera
podido dudarse de si le perteneca esa mano traviesa.
Qu va a hacer? pens. Comprend que algo innoble
iba a producirse, tambin vea que an era tiempo de
impedir que aquello se produjera. Pero no lograba
adivinar qu era lo que haba que impedir. Por un
segundo se me ocurri levantarme, dar un golpecito
en el hombro del Autodidacto y entablar una
conversacin con l. Pero en el mismo momento, el
Autodidacto sorprendi mi mirada. Ces bruscamente
de hablar y frunci los labios con aire de irritacin.
Desalentado, apart rpidamente los ojos y volv al
peridico, fingiendo naturalidad. Entre tanto, la seora
gorda dej el libro y levant la cabeza. Pareca
fascinada. Sent con claridad que iba a estallar el
drama: todos queran que estallara. Qu poda hacer
yo? Ech ana ojeada haca el corso; ya no miraba por
la ventana, se haba vuelto a medias hacia nosotros.
Pas un cuarto de hora. El Autodidacto haba reanudado
su cuchicheo. Ya no me atreva a mirarlo, pero
imaginaba tan bien su aire juvenil y tierno y las pesadas
miradas que gravitaban sobre l sin que lo supiera. En
un momento o su risa, una risita aflautada e infantil.
Esto me oprimi el corazn; era como si unos chicuelos
sucios fueran a ahogar un gato. De pronto los
cuchicheos cesaron. Aquel silencio me pareci trgico:
era el fin, la muerte. Yo bajaba la cabeza hacia el

peridico y finga leer, pero no lea; alzaba el entrecejo
y levantaba los ojos todo lo posible para sorprender lo
que suceda en aquel silencio, frente a m. Volviendo
ligeramente la cabeza, logr pescar algo con el rabillo
del ojo: era una mano, la pequea mano blanca que
haca un rato se deslizara a lo largo de la mesa. Ahora
reposaba sobre el dorso, floja, suave y sensual, con la
indolente desnudez de una baista calentndose al sol.
Un objeto moreno y velludo se acerc, vacilante. Era
un gran dedo amarillento de tabaco; tena, junto a esa
mano, toda la falta de gracia del sexo masculino. Se
detuvo un instante, rgido, apuntando hacia la palma
frgil, y de pronto, tmidamente, comenz a acariciarla.
Yo no estaba asombrado sino furioso contra el
Autodidacto; no poda contenerse, el imbcil?; no
comprenda el peligro que corra? Le quedaba una
posibilidad, una pequea posibilidad: si apoyaba las
dos manos sobre la mesa, a cada lado del libro, si
permaneca absolutamente tranquilo, quiz escapara
por esta vez a su destino. Pero yo saba que iba a
perder esa posibilidad; el dedo pasaba suave,
humildemente, por la carne inerte, la rozaba apenas
sin atreverse a hacer presin; se hubiera dicho que
era consciente de su fealdad. Alc de golpe la cabeza,
no poda soportar ese pequeo vaivn obstinado;
buscaba los ojos del Autodidacto y tosa con fuerza
para avisarle. Pero l haba cerrado los prpados,
sonrea. Su otra mano haba desaparecido bajo la
mesa. Los muchachitos ya no rean, estaban muy
plidos. El morenito frunca los labios, tena miedo,

como si se sintiera abrumado por los acontecimientos.
Sin embargo no retiraba la mano, la dejaba sobre la
mesa, inmvil, apenas un poco crispada. Su camarada
abra la boca, con aire estpido y horrorizado.
Fue entonces cuando el corso empez a aullar.
Se haba situado, sin que lo oyeran, detrs de la silla
del Autodidacto. Estaba carmes y pareca rer, pero
sus ojos centelleaban. Salt de mi silla, pero me sent
casi aliviado: la espera era demasiado penosa. Deseaba
que aquello terminara lo antes posible, que lo echaran
si queran, pero que terminara. Los dos muchachos,
blancos como el papel, tomaron sus valijas en un abrir
y cerrar de ojos, y desaparecieron.
Lo he visto gritaba el corso ebrio de furor,
esta vez lo be visto, no ir usted a decir que no es
cierto. Ir a decirme, que esta vez no es cierto?.
Cree que no vi su manejo? No soy ciego, buen
hombre. Paciencia, me deca yo, paciencia! Cuando
lo pesque le costar caro. Oh, si, le costar caro.
Conozco su nombre, conozco su direccin, me he
informado, comprende? Tambin conozco a su patrn,
M. Chuillier. Ser l el sorprendido maana por la
maana, cuando reciba una carta del seor
bibliotecario. Eh? Cllese le dice, revolviendo los
ojos. Ante todo, no hay por qu imaginar que esto
se detendr aqu. En Francia hay tribunales para gente
de su clase. El seor se instrua! El seor completaba
su cultura! El seor, me molestaba todo el tiempo por
informes o libros. Nunca me la hizo tragar, sabe?
El Autodidacto no demostraba sorpresa. Haca

aos que esperaba este desenlace Cien veces se
habra imaginado lo que sucedera cuando el corso se
deslizara con paso furtivo detrs de l y una voz furiosa
resonara de golpe en sus odos. Y sin embargo, volva
todas las tardes, continuaba febrilmente sus lecturas
y, de vez en cuando, como un ladrn, acariciaba la
mano blanca, o tal vez la pierna de un muchachito. Era
ms bien resignacin lo que yo lea en su rostro.
No s que quiere usted decir balbuce,
hace aos que vengo aqu.
Finga indignacin, sorpresa, pero sin
convencimiento. Saba perfectamente que el hecho
estaba all, y que ya nada podra detenerlo, que era
preciso vivir sus minutos uno por uno.
No le haga caso, yo lo he visto dijo mi vecina.
Se haba levantado pesadamente: Ah, no! No es la
primera vez que lo veo; el lunes pasado, sin ir ms
lejos, lo vi y no quise decir nada porque no di crdito a
mis ojos, y no hubiera pensado que en una biblioteca,
un lugar serio donde la gente viene a instruirse, pasaran
cosas que hacen sonrojar. No tengo hijos, pero
compadezco a las madres que envan a los suyos a
trabajar aqu y creen que estn bien tranquilos, al
abrigo, cuando hay monstruos que no respetan nada
y les impiden hacer los deberes.
El corso se acerc al Autodidacto.
Oye lo que dice la seora? le grit a la
cara. No necesita usted representar una comedia.
Lo han visto, cochino infeliz!
Seor, le ordeno que sea educado dijo el

Autodidacto con dignidad. Estaba en su papel. Acaso
hubiera querido confesar, huir, pero tena que
desempear su papel basta el fin. No miraba al corso,
haba cerrado casi los ojos. Le colgaban los brazos;
estaba horriblemente plido. Y entonces, de golpe, una
ola de sangre le subi al rostro.
El corso se ahogaba de furor.
Educado? Porquera! Quiz crea usted qu
no lo he visto. Lo espiaba, ya le digo. Hace meses que
lo espo. El Autodidacto se encogi de hombros y fingi
sumirse de nuevo en la lectura. Escarlata, con los ojos
llenos de lgrimas, haba adoptado un aire de extremo
inters y miraba atentamente una reproduccin de
mosaico bizantino.
Tiene el tup de seguir leyendo dijo la seora
mirando al corso.
ste estaba indeciso. Al mismo tiempo, el subbibliotecario,
un joven tmido y bien pensado, a quien
el corso aterroriza, se haba levantado lentamente por
encima del escritorio, y gritaba: Paoli, qu pasa?.
Hubo un segundo de indecisin y pude esperar que el
asunto quedara ah. Pero el corso debi de pensar en
s mismo y sentirse ridculo. Enervado, sin saber ya
qu decir a esa vctima muda, se irgui en toda su talla
y lanz un gran puetazo al vaco. El Autodidacto se
volvi espantado. Miraba al corso con la boca abierta;
haba un miedo horrible en sus ojos.
Si usted me golpea, me quejar dijo
penosamente; quiero irme por mi propia voluntad.
Yo me haba levantado tambin, pero era

demasiado tarde; el torso emiti un pequeo gemido
voluptuoso y de improviso aplast el puo en la nariz
del Autodidacto. Por un segundo slo vi los ojos de
ste, sus magnficos ojos abiertos de dolor y vergenza
sobre una manga y un puo moreno. Cuando el corso
retir el puo, la nariz del Autodidacto comenzaba a
chorrear sangre. Quiso llevarse las manos a la cara,
pero el corso le dio otro golpe en la comisura de los
labios. El Autodidacto se desplom sobre la silla y mir
hacia adelante con ojos tmidos y dulces. La sangre le
corra de la nariz a, la ropa. Tante con la mano
derecha en busca del paquete mientras con la
izquierda, obstinadamente, trataba de enjugar sus
nances empapadas.
Me voy dijo como para s.
La mujer, a mi lado, estaba plida y le brillaban
los ojos.
Tipo cochino, bien hecho.
Yo temblaba de clera. Rode la mesa, tom al
pequeo corso por el cuello y lo levant pataleando: de
buena gana lo hubiera aplastado contra la mesa. Se
haba puesto azul, se debata, trataba de araarme;
pero sus brazos cortos no alcanzaban mi cara. Yo no
deca nada, pero quera golpearlo en la nariz y
desfigurarlo. El corso lo comprendi, alz el codo para
protegerse el rostro; me alegraba ver, que tena miedo.
De pronto se puso a hipar:
Sulteme, bruto. Tambin usted es un marica?
Todava me pregunto por qu lo solt. Tem las
complicaciones? Me han enmohecido estos aos

perezosos en Bouville? En otro tiempo no lo hubiera
dejado sin haberle roto los dientes. Me volv hacia el
Autodidacto que al fin se haba levantado. Pero evitaba
mi mirada; con la cabeza baja, fue a descolgar su
abrigo. Se pasaba constantemente la mano izquierda
por debajo de la nariz, como si siquiera detener la
sangre. Pero la sangre segua salpicando y tem que
se descompusiera. Mascull, sin mirar a nadie:
Hace aos que vengo aqu...
Pero apenas estuvo sobre sus pies, el hombrecito
recuper el dominio de la situacin...
Lrguese dijo al Autodidacto, y no vuelva
a poner los pies aqu o lo har salir con la polica.
Alcanc al Autodidacto al pie de la escalera. Me
senta incmodo, avergonzado de su vergenza; no
saba qu decirle. No pareci advenir mi presencia.
Por fin sac el pauelo y escupi algo. La nariz le
sangraba un poco menos.
Venga conmigo a una farmacia  le dije
desmaadamente.
No respondi. Un inerte rumor sala de la sala de
lectura. Toda aquella gente deba de hablar al mismo
tiempo. La mujer lanz una carcajada aguda.
Nunca ms podr volver dijo el Autodidacto.
Se volvi y mir con aire perplejo la escalera, la entrada
de la sala de lectura. Este movimiento le hizo correr la
sangre entre el cuello postizo y el pescuezo. Tena la
boca y las mejillas embadurnadas de sangre.
Venga le dije tomndolo del brazo.
Tembl y se desprendi violentamente.

Djeme!
Pero no puede quedarse solo. Hay que lavarle
la cara, hay que curarlo.
El Autodidacto repeta:
Djeme, se lo ruego, seor, djeme.
Estaba al borde de una crisis nerviosa; lo dej
alejarse. El sol poniente ilumin un momento su espalda
encorvada; despus desapareci. En el umbral de la
puerta haba una mancha de sangre, estrellada.
Una hora ms tarde.
El tiempo est gris, se pone el sol; dentro de dos
horas parte el tren. Cruc por ltima vez el jardn pblico
y me paseo por la calle Boulibet. S que es la calle
Boulibet, pero no la reconozco. Por lo general, cuando
me meta en ella, me pareca atravesar una profunda
capa de buen sentido; tosca y cuadrada, la calle
Boulibet se asemejaba, con su seriedad sin gracia
alguna, su calzada comba y embreada, a las rutas
nacionales cuando atraviesan las villas ricas,
flanqueadas, durante ms de un kilmetro, por
voluminosas casas de dos pisos; yo la llamaba calle de
paisanos y me encantaba por estar tan fuera de sitio,
tan paradjica en un puerto comercial. Hoy las casas
estn ah, pero han perdido su aspecto rural; son
inmuebles, nada ms. En el jardn pblico tuve, hace
un rato, una impresin del mismo tipo; las plantas, el
csped, la fuente de Olivier Masqueret parecan
obstinadas a fuerza de ser inexpresivas. Comprendo:
la ciudad es la primera en abandonarme. No he salido
de Bouville y ya no estoy. Bouville guarda silencio. Me

parece extrao tener que quedarme dos horas todava
en esta ciudad que sin preocuparse ya de m ordena
sus muebles y los enfunda para descubrirlos en toda
su frescura esta noche, maana, a los recin llegados.
Me siento ms olvidado que nunca.
Doy unos pasos y me detengo. Saboreo el olvido
total en que he cado. Estoy entre dos ciudades: una
me ignora, la otra ya no me conoce. Quin se acuerda
de m? Quiz una mujer joven y pesada, en Londres...
Y acaso piensa en m? Adems est ese tipo, ese
egipcio. Tal vez acaba de entrar en su cuarto, tal vez la
ha tomado en sus brazos. No soy celoso; bien s que
ella se sobrevive. Aunque me quisiera con toda el alma,
sera un amor de muerta. Yo he tenido su ltimo amor
vivo. Pero con todo, l puede darle esto: placer. Y si
est a punto de desfallecer y de hundirse en lo turbio,
entonces ya no hay nada en ella que la una a m.
Goza, y para Anny no soy ms que si nunca la hubiera
conocido; de golpe se ha vaciado de m, y todas las
otras conciencias del mundo tambin estn vacas de
m. Esto me hace gracia. Sin embargo s que existo,
que yo estoy aqu.
Ahora, cuando digo yo, me suena a hueco. Ya
no consigo muy bien sentirme, tan olvidado estoy. Todo
lo que me queda de real es existencia que se siente
existir. Bostezo dulce, largamente. Nadie. Antoine
Roquentin no existe para nadie. Qu es eso: Antoine
Roquentin? Es algo abstracto. Un plido y pequeo
recuerdo de m vacila en mi conciencia. Antoine
Roquentin... Y de improviso el Yo palidece, palidece, y

ya est, se extingue.
Lcida, inmvil, desierta, la conciencia est entre
paredes; se perpeta. Nadie la habita ya. Todava hace
un instante alguien deca yo, alguien deca mi
conciencia. Quin? Afuera haba calles parlantes, con
colores y olores conocidos. Quedan paredes annimas,
una conciencia annima. Esto es lo que hay: paredes
y entre las paredes, una pequea transparencia viviente
e impersonal. La conciencia existe como un rbol, como
una brizna de hierba. Dormita, se aburre. La pueblan
pequeas existencias fugitivas, como pjaros en las
ramas. La pueblan y desaparecen. Conciencia
olvidada, abandonada entre estas paredes, bajo el cielo
gris. Y ste es el sentido de su existencia: que es
conciencia de estar de ms. Se diluye, se desparrama,
trata de perderse sobre la pared parda, a lo largo del
farol o all en el humo del atardecer. Pero no se olvida
jams; tiene conciencia de ser una conciencia que se
olvida. Es su suerte. Hay una voz sofocada que dice:
El tren parte dentro de dos horas y hay conciencia
de esta voz. Hay tambin conciencia de un rostro. Pasa
lentamente. Lleno de sangre, embadurnado, y sus
grandes ojos lagrimean. No est entre las paredes, no
est en ninguna parte. Se desvanece: lo reemplaza un
cuerpo agobiado con una cabeza ensangrentada, se
aleja a pasos lentos, a cada paso parece detenerse,
no se detiene nunca. Hay conciencia de ese cuerpo
que camina lentamente por una calle oscura. Camina,
pero no se aleja. La calle oscura no acaba, se pierde
en la nada. No est entre los muros, no est en ninguna

parte. Y hay conciencia de una voz sofocada que dice:
El Autodidacto vaga por la ciudad.
No en la misma ciudad, no entre estos muros
inexpresivos; el Autodidacto camina por una ciudad
feroz, que no lo olvida. Hay gentes que piensan en l:
el corso, la seora gorda; quizs todo el mundo, en la
ciudad. An no ha perdido, no puede perder su yo,
ese yo ajusticiado, sangriento que no han querido
ultimar. Le duelen la nariz, los labios; piensa: Me duele.
Camina, tiene que caminar. Si se detuviera un solo
instante, los altos muros de la biblioteca se erguiran
bruscamente a su alrededor, lo encerraran; el corso
surgira a su lado, y la escena volvera a empezar,
exactamente igual en todos sus detalles, y la mujer se
mofara: Estas basuras deberan estar en la crcel
Camina, no quiere volver a su casa: el corso lo espera
en el cuarto, y la mujer, y los dos muchachos: No vale
la pena negarlo, lo he visto. Y la escena empezara de
nuevo. Piensa: Dios mo, si no lo hubiese hecho, si
pudiera no haberlo hecho, si pudiera no ser cierto!
El rostro inquieto pasa una y otra vez delante de
la conciencia: Puede que se mate. Pero no; esa alma
dulce y acosada no puede pensar en la muerte.
Hay conocimiento de la conciencia. Ella se ve de
parte a parte, apacible y vaca entre los muros, libre
del hombre que la habitaba, monstruosa porque no es
nadie. La voz dice: Las valijas estn registradas. El
tren parte dentro de dos horas. Los muros se deslizan
a derecha e izquierda. Hay conciencia del macadam.
Conciencia de la ferretera, de las aspilleras del cuartel,

y la voz dice: Por ltima vez.
Conciencia de Anny, de Anny la gorda, de la vieja
Anny en su cuarto de hotel; hay conciencia del dolor,
el dolor es consciente entre los largos muros que se
van y no volvern nunca: Pero no terminar esto?
la voz canta entre los muros una meloda de jazz, some
of these days; pero no terminar? y la meloda vuelve
despacito, por detrs, a recobrar la voz, y la voz canta
sin poder detenerse, y el cuerpo camina y hay
conciencia de todo esto y conciencia ay! de la
conciencia. Pero no hay nadie para padecer y
retorcerse las manos y compadecerse de s mismo.
Nadie; es un puro padecimiento de las encrucijadas,
un padecimiento olvidado, que no puede olvidarse. Y
la voz dice: Ah est el Rendez-vous des cheminots
y el Yo surge en la conciencia, soy yo, Antoine
Roquetin, salgo para Pars dentro de un rato; vengo a
despedirme de la patrona.
Vengo a despedirme de usted.
S marcha, seor Antoine?
Me instalar en Pars, para cambiar.
Afortunado!
Cmo pude oprimir mis labios contra ese amplio
rostro? Su cuerpo ya no me pertenece. Todava ayer
hubiera sabido adivinarlo bajo el vestido de lana negra.
Hoy el vestido es impenetrable. Ese cuerpo blanco,
con las venas a flor de piel, era un sueo?
Lo echaremos de menos dice la patrona.
No quiere tomar algo? Convido yo.
Nos instalamos, brindamos. Ella baja un poco la

voz.
Me haba acostumbrado a usted dice con un
pesar corts, nos entendamos bien.
Vendr a verla.
Eso es, seor Antoine. Cuando pase por
Bouville, vendr usted a hacernos una visita. Se dir:
voy a saludar a Mme. Jeanne, ser un gusto para
ella. Es cierto, a uno le gusta saber qu es de la gente.
Adems, aqu siempre vuelven. Tenemos marinos,
empleados de la Transat; a veces me paso dos aos
sin verlos; unas veces estn en Brasil o en Nueva York
o hacen el servicio en Burdeos en un barco mercante.
Y un buen da vuelvo a verlos. Buenos das, Mme.
Jeanny. Tomamos un vaso juntos. No me crea si quiere,
pero recuerdo lo que suelen beber. A dos aos de
distancia! Digo a Madeleine: Srvale un vermut seco a
M. Pierre, un Noilly Cinzano a M. Len. Me dicen:
Cmo se acuerda, patrona? Es mi oficio, les
contesto.
En el fondo de la sala hay un hombre gordo que
se acuesta con ella desde hace poco. La llama.
Patronita!
La patrona se levanta:
Disclpeme, seor Antoine.
La criada se me acerca:
As que nos deja usted?
Voy a Pars.
He vivido en Pars dice con orgullo. Dos
aos. Trabaj en el Simen. Pero senta nostalgia de
esto.

Vacila un poco, y se da cuenta de que no tiene
nada ms que decirme:
Bueno, adis seor Antoine.
Se limpia la mano en el delantal y me la tiende.
Adis, Madeleine.
Se va. Acerco el Diario de Bouville y luego lo
rechazo; hace un rato, en la biblioteca, lo le de la
primera a la ltima lnea.
La patrona no vuelve; abandona a su amigo sus
manos regordetas que l oprime con pasin.
El tren parte dentro de tres cuartos de hora.
Hago mis cuentas, para distraerme.
Mil doscientos francos por mes no son gran cosa.
Sin embargo, reducindome un poco, deberan bastar.
Una habitacin de trescientos francos, quince francos
por da para la comida; quedarn cuatrocientos
cincuenta francos para la lavandera, los gastos
menudos y el cine. No necesitar ropa interior, ni trajes
por mucho tiempo. Los dos que tengo estn limpios
aunque un poco brillantes en los codos; me durarn
tres o cuatro aos ms si los cuido.
Dios mo! Yo voy a llevar esta vida de hongo?
Qu har de mis das? Pasear. Ir a las Tulleras a
sentarme en una silla de hierro, o ms bien en un banco,
por economa. Ir a leer a las bibliotecas. Y despus?
Una vez por semana, cine. Y despus? Un Voltigeur,
los domingos? Ir a jugar al croquet con los jubilados
del Luxemburgo? A los treinta aos! Me doy lstima.
Hay momentos en que me pregunto si no me valdra
ms gastar en un ao los trescientos mil francos que

me quedan, y despus... Pero qu conseguira con
eso? Trajes nuevos? Mujeres? Viajes? Lo he tenido
todo y ahora se acab, ya no me tienta; para lo que
queda! Dentro de un ao me encontrara tan vaco
como hoy, sin un recuerdo siquiera y cobarde frente a
la muerte.
Treinta aos! Y 14.400 francos de renta. Cupones
a cobrar todos los meses. Sin embargo no soy un
anciano! Que me den algo a hacer, lo que sea! Sera
preferible que pensara en otra cosa, porque en este
momento estoy por representarme la comedia. S muy
bien que no quiero hacer nada; hacer algo es crear
existencia, y ya hay bastante existencia.
La verdad es que no puedo soltar la pluma; creo
que voy a tener la Nusea y mi impresin es que la
retardo escribiendo. Entonces escribo lo que me pasa
por la cabeza. Madeleine, que quiere agradarme, me
grita de lejos, mostrndome un disco:
Su disco, tenor Antoine, el que a usted le gusta;
quiere escucharlo, por ltima vez?
Si le parece.
Lo dije por cortesa pero no me siento en muy
buena disposicin para escuchar una meloda de jazz.
Con todo, prestar atencin porque, como dice
Madeleine, escucho este disco por ltima vez; es muy
viejo, demasiado viejo aun para la provincia; en vano lo
buscar en Pars. Madeleine va a ponerlo en el platillo
del fongrafo, girar; en las ranuras, la aguja de acero
se pondr a saltar y a rechinar, y cuando la hayan
guiado en espiral hasta el centro del disco, habr

terminado; la voz ronca que canta Some of these duys
callar para siempre.
Comienza.
Decir que hay imbciles que obtienen consuelo
con las bellas artes. Como mi ta Bigeois: Los Preludios
de Chopin me ayudaron tanto a la muerte de tu pobre
to. Y las salas de concierto rebosan de humillados,
de ofendidos que, con los ojos, cerrados, tratan de
transformar sus rostros plidos en antenas receptoras.
Se figuran que los sonidos captados corren en ellos,
dulces y nutritivos, y que sus padecimientos se
convierten en msica, como los del joven Werther;
creen que la belleza se compadece de ellos. Basuras.
Quisiera que me dijesen si consideran compasiva
esta msica. Hace un rato yo estaba, por cierto, muy
lejos de nadar en la beatitud. En la superficie baca
mis cuentas, mecnicamente. Debajo, se estancaban
todos esos pensamientos desagradables que han
tomado la forma de interrogaciones no formuladas, de
asombros mudos, y que no me dejan ya ni de da ni de
noche. Pensamientos sobre Anny, sobre mi vida
frangollada. Y ms abajo todava, la Nusea, tmida
como una aurora. Pero en aquel momento no haba
msica, yo estaba taciturno y tranquilo. A mi alrededor
todos los objetos estaban hechos de la misma materia
que yo, de una especie de sufrimiento fofo. El mundo
era tan feo, afuera, tan feos esos vasos sucios sobre
las mesas, y las manchas pardas en el espejo y el
delantal de Madeleine y el aire amable del gordo
enamorado de la patrona, tan fea la existencia misma

del mundo, que me senta cmodo, en familia.
Ahora est el canto del saxofn. Y me avergenzo.
Acaba de nacer un pequeo padecimiento glorioso,
un padecimiento modelo. Cuatro notas de saxofn. Van
y vienen como si dijeran: hay que hacer como
nosotras, padecer con ritmo. Bueno, s! Naturalmente,
bien quisiera padecer de este modo, con ritmo, sin
complacencia, sin piedad para m mismo, con rida
pureza. Pero es ma la culpa si la cerveza est tibia
en el fondo del vaso, si hay manchas pardas en el
espejo, si estoy de ms, si el ms sincero de mis
padecimientos, el ms seco, se arrastra y se pone
pesado, con demasiada carne y la piel demasiado
grande a la vez, como el elefante de mar, con grandes
ojos hmedos y conmovedores, pero tan feos? No, no
puede decirse que este pequeo dolor de diamante
que gira sobre el disco y me deslumbra, sea compasivo.
Ni siquiera irnico; gira alegremente, ocupado de s
mismo; ha tronchado como una hoz la insulsa intimidad
del mundo y ahora gira y a todos nosotros, a Madeleine,
al hombre gordo, a la patrona, a m mismo y a las
mesas, a las banquetas, al espejo manchado, a los
vasos, a todos los que nos abandonbamos a la
existencia porque estbamos entre nosotros, nos ha
sorprendido en el desalie, en el dejarse estar cotidiano;
me avergenzo por m mismo y por todo lo que existe
en su presencia.
l no existe. Hasta es irritante; aunque me levantara
y arrancara el disco del platillo que lo sostiene y lo
rompiera en dos, no lo alcanzara. Est ms all,

siempre ms all de algo, de una voz, de una nota de
violn. A travs de espesores y espesores de existencia,
se descubre, delgado y flexible, y cuando uno quiere
atraparlo, slo encuentra existentes, tropieza con
existentes desprovistos de sentido. Est detrs de ellos;
ni siquiera lo oigo; oigo sonidos, vibraciones del aire
que lo descubren. No existe, puesto que no tiene nada
de ms; todo el resto es lo que est de ms con respecto
a l. l es.
Y yo tambin quise ser. Fue lo nico que quise;
sta es la clave del asunto. Veo claro en el aparente
desorden de mi vida: en el fondo de todas esas tentativas
que parecan sin relacin, encuentro el mismo deseo:
arrojar fuera de m la existencia, vaciar los instantes
de su grasa, torcerlos, desecarlos, purificarme,
endurecerme, para dar al fin el sonido neto y preciso
de una nota de saxofn Hasta podra constituir un
aplogo: era una vez un pobre tipo que se haba
equivocado de mundo. Exista, como la otra gente, en
el mundo de los jardines pblicos, de los cafs, de las
ciudades comerciales, y quera persuadirse de que
viva en otra parte, detrs de la tela de los cuadros,
con los dux del Tintoreto, con los graves florentinos de
Gozzoli, detrs de las pginas de los libros, con Fabricio
del Dongo y Julin Sorel, detrs de los discos de
fongrafo, con las largas quejas secas del jazz. Y
despus de hacer el imbcil, comprendi, abri los
ojos, vio que haba sido un error; estaba en una
taberna, justamente, frente a un vaso de cerveza tibia.
Permaneci abrumado en el asiento; pens: soy un

imbcil. Y en ese preciso momento, del otro lado de la
existencia, en aquel otro mundo que puede verse de
lejos, pero sin alcanzarlo nunca, una pequea meloda
se puso  danzar, a cantar: Hay que ser como yo,
hay que padecer con ritmo
La voz canta:
Some of these days
Youll miss me honey.
El disco ha de estar rayado en ese sitio, porque
hace un ruido raro. Y hay algo que aprieta el corazn:
que esa tosecita de la aguja en el disco no afecta en
absoluto a la meloda. Est tan lejos, tan lejos, atrs.
Tambin lo comprendo: el disco se raya y se gasta,
quiz la cantante haya muerto; me ir, voy a tomar el
tren. Pero detrs de lo existente que cae de un presente
a otro, sin pasado, sin porvenir, detrs de esos sonidos
que da a da se descomponen, se descascaran y se
deslizan hacia la muerte, la meloda sigue siendo la
misma, joven y firme, como un testigo despiadado.
La voz calla. El disco raspa un poco y se detiene.
Libre de un sueo inoportuno, el caf rumia, mastica
de nuevo el placer de existir. A la patrona le ha subido
la sangre a la cara, da palmadas en las gordas mejillas
blancas de su nuevo amigo, pero sin conseguir
colorearlas. Mejillas de muerto. Yo me estanco, me
duermo a medias. Dentro de un cuarto de hora estar
en el tren, pero no lo pienso. Pienso en un americano
afeitado, de espesas cejas negras, que se ahoga de

calor en el piso veinte de un inmueble de Nueva York.
Encima de Nueva York, el azul del cielo se ha inflamado;
enormes llamas amarillas vienen a lamer los techos;
los chicos de Brooklyn se ponen, en pantalones de
bao, bajo las mangueras. El cuarto oscuro, en el piso
veinte, se cocina a fuego vivo. El americano de las
cejas negras suspira, jadea y el sudor le corre por las
mejillas. Est sentado, en mangas de camisa, delante
del piano; tiene un gusto a humo en la boca, y
vagamente, vagamente, el fantasma de una meloda
en la cabeza, Some of these days. Tom vendr dentro
de una hora con su frasco chato sobre la nalga;
entonces se desplomarn los dos en los sillones de
cuero y bebern grandes vasos de alcohol y el fuego
del cielo inflamar sus gargantas, sentirn el peso de
un inmenso sueo trrido. Pero primero hay que anotar
esta meloda. Some of these days. La mano hmeda
toma un lpiz sobre el piano. Some of these days
youll miss me honey.
Sucedi as. As o de otro modo, poco importa.
As naci. Escogi para nacer el cuerpo gastado de
ese judo de cejas como carbn. Sujetaba blandamente
el lpiz y gotas de sudor caan de sus dedos enjoyados
al papel. Y por qu no yo? Por qu se necesitaba
precisamente ese gordo estpido lleno de cerveza sucia
y de alcohol para que se cumpliera el milagro?
Madeleine, quiere poner de nuevo el disco?
Una vez ms, antes de que me vaya.
Madeleine se echa a rer. Hace girar la manivela
y la cosa empieza de nuevo. Pero ya no pienso en m.

Pienso en aquel tipo que compuso esta meloda, un
da de julio, en el calor negro de su cuarto. Trato de
pensar en l a travs de la meloda, a travs de los
sonidos blancos y acidulados del saxofn. Hizo esto.
Tena dificultades, no todo le iba como Dios manda:
cuentas que pagar y adems deba de haber por
ah alguna mujer que no pensaba en l como lo hubiera
deseado, y adems haba esa terrible ola de calor
que transformaba a los hombres en charcos de grasa
derretida. Todo aquello no tena nada de muy lindo ni
de muy glorioso. Pero cuando oigo la cancin y pienso
que la hizo aquel tipo, considero... conmovedores su
sufrimiento y su transpiracin. Tuvo suerte. Por lo
dems, no se habr dado cuenta. Debi de pensar:
con un poco de suerte, sacar unos cincuenta dlares!
Es la primera vez desde hace aos, que un hombre
me parece conmovedor. Quisiera saber algo sobre ese
tipo. Me interesara conocer sus dificultades, si tena
una mujer o si viva solo. No por humanismo; al
contrario. Porque hizo todo esto. No tengo ganas de
conocerlo; adems quiz haya muerto. Obtener slo
algunos informes sobre l y poder pensar en l, de vez
en cuando, al escuchar este disco Eso es. Supongo
que a aquel tipo no le hara ni fu ni fa si le dijeran que
en la sptima ciudad de Francia, en los alrededores
de la estacin, hay alguien que piensa en l. Pero yo
sera feliz si estuviera en su lugar; lo envidio. Tengo
que irme. Me levanto, pero vacilo un instante, quisiera
or cantar a la negra. Por ltima vez.
Canta. Dos que se han salvado: el judo y la negra.

Salvado. Quiz hasta el fin, se hayan credo perdidos,
ahogadas en la existencia. Y sin embargo, nadie podra
pensar en m como yo pienso en ellos, con est dulzura.
Nadie, ni siquiera Anny. Para m son un poco como
muertos, un poco como hroes de novela; se han lavado
del pecado de existir. No por completo, claro, pero tanto
como puede hacerlo un hombre. Esta idea me trastorna
de golpe, porque ni siquiera la esperaba ya. Siento
que algo me roza tmidamente y no me atrevo a
moverme por temor de que se vaya. Algo que ya no
conoca, una especie de alegra.
La negra canta. Entonces es posible justificar la
propia existencia? Un poquitito? Me siento
extraordinariamente intimidado. No es que tenga mucha
esperanza. Pero soy como un tipo completamente
helado que despus de un viaje por la nieve, entrara
de pronto en un cuarto tibio. Pienso que se quedara
inmvil cerca de la puerta, fro an, y lentos temblores
recorreran todo su cuerpo.
Some of these days
Youll miss me honey.
No podra yo intentar...? Naturalmente, no se
tratara de una msica... pero no podra, en otro
orden?... Tendra que ser un libro; no s hacer otra
cosa. Pero no un libro de historia; la historia habla de
lo que ha existido, un existente jams puede justificar
la existencia de otro existente. Mi error era querer
resucitar a M. de Rollebon. Otra clase de libro. No s

muy bien cul, pero habra que adivinar, detrs de las
palabras impresas, detrs de las pginas, algo que no
existiera, que estuviera por encima de la existencia.
Por ejemplo, una historia que no pueda suceder, una
aventura. Tendra que ser bella y dura como el acero,
y que avergonzara a la gente de su existencia.
Me voy, me siento vago. No me atrevo a tomar
una decisin Si estuviera seguro de tener talento... Pero
nunca, nunca he escrito nada de este tipo; artculos
histricos, s. Un libro. Una novela. Y la gente leera
esa novela y dira: la escribi Antoine Roquentin, era
un individuo pelirrojo que se arrastraba por los cafs;
y pensaran en mi vida como yo pienso en la de esa
negra: como en algo precioso y semilegendario. Un
libro. Naturalmente, al principio slo sera un trabajo
aburrido y fatigoso; no me impedira existir ni sentir
que existo. Pero llegara un momento en que el libro
estara escrito, estara detrs de m y pienso que un
poco de su claridad caera sobre mi pasado. Entonces
quiz pudiera, a travs de l, recordar mi vida sin
repugnancia. Quiz un da, pensando precisamente
en esta hora, en esta hora lgubre en que espero, con
la espalda agobiada, que llegue el momento de subir al
tren, quiz sienta que el corazn me late ms
rpidamente, y me diga: fue aquel da, aquella hora
cuando comenz todo. Y llegar en el pasado, slo
en el pasado a aceptarme.
Cae la noche. En el primer piso del hotel Printania
acaban de iluminarse dos ventanas. El depsito de la
Nueva Estacin huele fuertemente a madera hmeda;

maana llover en Bouville.